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‘Fue la mano de Dios’: la autobiografía de Sorrentino que emocionó a C. Tangana

“Si olvido lo divino, llamad a Sorrentino”, canta Rigoberta Bandini en ‘Julio Iglesias‘, su último tema. Hay un par de cosas que se pueden comentar de aquí: por un lado, el estilo tan personal de Paolo Sorrentino, del que más adelante hablaremos, y por otro, la fascinación que despierta entre distintas personalidades del mundo cultural de nuestro país. Sin ir más lejos, el propio C. Tangana estuvo presente en la proyección de la película que se hizo en el pasado Festival de San Sebastián: admirador declarado del italiano, Antón no quiso perderse la oportunidad de charlar con él tras ver su nueva película. Y podemos parafrasear aquel anuncio de Antena 3 sobre ‘Pulseras Rojas’ de “la serie que emocionó a Spielberg”, pero invirtiendo el significado, a la hora de hablar de una película que, como este titular, no se toma demasiado en serio. Salvo cuando sí lo hace.

‘Fue la mano de Dios’ supone el regreso triunfal de Paolo Sorrentino a los cines -aunque un poco a medias, porque a Netflix llega una semana después- desde 2015, si obviamos el discreto impacto mundial de ‘Loro (Silvio y los demás)’ por su naturaleza a medio camino entre miniserie y bilogía. Y en esta ocasión, la historia que cuenta no es la de un Papa, ni la de Berlusconi, ni la de exclusivas esferas, sino la suya propia: cómo decidió dedicarse al cine y de qué manera estuvo eso relacionado con una tragedia familiar que hasta ahora había preferido no explorar y que puede sorprender si tenemos en cuenta el nivel de humor, exceso y surrealismo presente en su cine.

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O quizás no. Quizás precisamente lo explique. Porque, como queda claro en la secuencia con Antonio Capuano, el cine se convierte en una alternativa a esa vida aburrida o directamente cruel que el joven Fabietto (álter ego de Paolo) es incapaz de disfrutar –en contraste con la fiesta y alegría constante que era la vida antes. “Durante muchos años hablaba conmigo mismo sobre mis dolores y he mejorado muy poco en estos 17 años”, contaba el director italiano a Irene Crespo recientemente, “pensé que si lo intentaba de otra manera, si lo compartía… cuando se hace una película sobre uno mismo ocurre esto, tienes que hablar de ella durante muchos meses y, en un momento determinado, te acabas aburriendo. Espero que, al final, después de todas estas entrevistas, acabe aburriéndome de mis dolores, y así olvidarlos”.

La mención a los dolores puede recordaros a algo que la película en sí agita: el fantasma de ‘Dolor y Gloria‘. Aunque a ambas se les pueda sacar el precedente de ‘Ocho y medio’ de Fellini, está claro que la película de Almodóvar está más cercana en el tiempo, y probablemente en la mente de los espectadores. Por tanto, puede que haya quienes vean ‘Fue la mano de Dios’ como un “’Dolor y Gloria’ hetero”, y en cierto modo tienen razón; aunque son muy distintos, ambos cineastas comparten muchas inquietudes, y el deseo está muy presente en las dos películas, seguramente de forma menos sutil y más obvia en ésta – muy comentados los (¿gratuitos?) pezones para rayar cristales de la primera secuencia. Personalmente, ‘Dolor y Gloria’ me parece superior, pero hay campos en los que sale ganando una, en otros la otra, y en otros sencillamente no tiene sentido la comparación. Desde luego es más arriesgado el no tener a un Banderas de protagonista, sino situar el relato en la adolescencia del director… y, a pesar de ello, Sorrentino acierta porque el desconocido Filippo Scotti está fenomenal, haciéndonos sentir su personaje risas, lástima, rabia, alegría e incluso morbo (no funcionaría cierta escena si no) a lo largo de su viaje.

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El mencionado estilo tan particular de Sorrentino se puede encontrar también en ‘Fue la mano de Dios’, pero es probablemente su cinta más contenida al respecto, especialmente a partir del punto de inflexión de la historia. Porque aquí ya no sirve como estilo marca de la casa, sino además como recurso estilístico; es a esa primera mitad de su vida, a esos recuerdos tan felices (y probablemente salpicados de idealización melancólica), a los que Fabietto, AKA Paolo, querrá volver una y otra vez a través del exceso, la fiesta y los personajes caricaturescos pero entrañables de su cine. Sorrentino parece reconocer esa idealización incluyendo detalles que su memoria podría anular en pos de esa fiesta perfecta, pero que están ahí, como las infidelidades o incluso el maltrato hacia su tía.

“Los hechos no son todos reales. Las emociones, sí”, aclaraba el director de ‘La Gran Belleza‘ sobre esta película, y es interesante ese comentario. Porque, aunque no conectes nada con los símiles futboleros (y a pesar de lo awkward de Maradona como salvador), la historia te llega, el personaje te llega, ese “¡fue la mano de Dios!” te llega, y desde luego también te llega ese plano final que inevitablemente recuerda a ‘Call Me by Your Name‘ (la combinación twink melancólico reflexionando + Italia pasada e idealizada + música evocadora, que hace mucho). Y quizás te llega porque, como dice él, las emociones son reales. Una de las claves del cine, realmente.

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