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Bobby Gillespie explica el paso del punk al acid house en ‘Un chaval de barrio’

En ‘More Light’ de Primal Scream había una canción que se llamaba ‘Tenement Kid’. Hablaba sobre un chico de familia disfuncional, que no entiende el porqué de las cosas, que no sabe expresar sus sentimientos. Esta canción de 2013 ha dado título en inglés a la autobiografía de Bobby Gillespie, al menos a su primera parte, que va desde su nacimiento a la publicación de uno de sus álbumes más importantes, ‘Screamadelica’.

En España la editorial Contra publica el libro en la traducción de Ibon Errazkin (Single, Le Mans), con el nombre de ‘Un chaval del barrio’. Un acertado título que nos advierte de que lo que vamos a encontrarnos a lo largo de estas 430 páginas es un relato humilde de un chico cualquiera nacido en Glasgow. Criado en un entorno de izquierdas debido a la implicación política de su padre, asfixiado por las políticas económicas de Margaret Thatcher, y en consecuencia sufriendo una constante oleada de furia, ira y violencia, donde las palizas y las humillaciones públicas dentro y fuera del aula son el verdadero pan nuestro de cada día.

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Sólo que ese «chaval de barrio» será una de las personalidades más importantes de la historia del rock durante varias décadas. Bobby Gillespie explica en el libro el flechazo que sufrió la primera vez que vio un cartel de Sex Pistols, en unos tiempos olvidados en que una fotografía o una portada en un póster o en una revista te entraban por los ojos, obsesionándote hasta que finalmente podías descubrir qué había detrás. Días, semanas o meses pasaban hasta que pudieras descubrir cómo sonaban tras haber ahorrado para comprarte el vinilo o pudiera prestártelo un amigo.

La melomanía extrema de Bobby Gillespie es lo que más fascina de ‘Un chaval de barrio’. El cantante de Primal Scream relaciona la violencia en los campos de fútbol con el desencanto político y a su vez con el desarrollo de la música punk. Gillespie se integra en esa escena a finales de los años 70, pero de un modo muy particular. Él también escucha funk, cosas como Chic, se interesa por las contribuciones femeninas, muestra una androginia ahijada del glam. Le interesa tantísimo la moda que se explaya hablando sobre lo que llevaba puesto en numerosas situaciones de hace 30 o 35 años, como cuando conoció a Noel Gallagher. Tiene una sensibilidad especial. Lo que parecerá definitivo en su desarrollo como artista.

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En un primer momento, él vive con una ilusión desmedida su acercamiento y posterior pertenencia como batería a The Jesus & Mary Chain. La violencia insoportable de sus primeros conciertos -los botellazos, las peleas, los ríos de sangre, la locura total de Jim- le parecen parte del juego. Los fracasos de su banda Primal Scream durante los años 80 y la falta de interés por parte de la prensa hacia su segundo disco no le achantan, sino que le empujan más lejos. Es así -y con la ayuda de un montón de drogas- como se deja seducir por los sonidos balearic y acid house, llevándole a su gran obra maestra.

‘Un chaval de barrio’ contiene un sinfín de anécdotas en su narración de lo que fueron musicalmente Glasgow, Brighton, Manchester y Londres desde 1962 a 1991. Y van desde lo personal -un ligue en Valencia, un grave accidente de coche en UK- a lo musical, con un claro predominio de esto último. A excepción de una ruptura esbozada por allí y alguna anécdota de su hermano por allá, ‘Un chaval de barrio’ es más una enciclopedia musical que una autobiografía.

Algo frío porque, como él mismo explica, a la gente de su generación no le han enseñado a expresar sus sentimientos, «y menos a los chicos», y sin terminar de suplir esa carencia con humor como la brillante e inigualable Autobiografía de Morrissey, este libro es ante todo una muestra de cómo el carismático Bobby Gillespie ha construido una de las carreras más regulares, versátiles y apasionantes de las últimas décadas: escuchando mucha, mucha, mucha música.

Bobby Gillespie presenta ‘Un chaval de barrio’ hoy en Barcelona como parte de la programación de SubSol.

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