La «fiestuqui» de Black Eyed Peas desborda Mallorca Live

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La «fiestuqui» de Black Eyed Peas desborda Mallorca Live

Más afónico que Natos acudo a la segunda jornada de Mallorca Live para no perderme un minuto del bolo de Jimena Amarillo. La valenciana dedica todas y cada una de sus canciones a “sus lesbianas” porque por fin “la música para lesbianas tiene cabida en los festivales”.

Sobre todo, Jimena se muestra divertida y deslenguada: cuando toca una versión de ‘Tu sangre de la mía’ se pone a bailar “como Diego de Carolina Durante”, cuando toca un tema house apunta que “Aitana ha hecho muy bien” este género y, en el mejor más inenarrable del show, saca un violín y se pone a tocar Pachelbel mientras su corista canta el estribillo de ‘Get Lucky’ con deje aflamencado. Y todavía no ha interpretado su versión “fea, porque chica” de ‘I Follow Rivers’. Cuando canta ‘Jugando a Los Sims’ afirma que “por fin tocamos una canción indie, manda huevos”, y aún le queda por hacer un popurrí inexplicable de ‘Cómo quieres que te quiera’, ‘Nueva York (Toto)’ e ‘Hija de la luna’.

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El concierto de Amarillo aún admite un pequeño momento emotivo cuando la artista agradece poder tocar en Mallorca Live y en un escenario “tan grande” que escuchar sus propias canciones a un volumen tan alto le abruma. Dice estar “a punto de llorar porque este año me han pasado muchas cosas”.

En el escenario pequeño -que acomoda DJ sets- ocurre un momento mágico cuando empieza a llover mientras La Calor pincha sus agradables cumbias electrónicas. Da gusto verle mezclar en vivo y en directo, tras los platos, poniendo la mejor banda sonora a un día gris.

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Javier Bragado

Si atraviesas el espejo de Natos y Waor aparecen al otro lado Ayax y Prok. De alguna manera son dos caras de la misma moneda: ambos son dúos de raperos salidos de aquello que se llama “la calle” y ninguno de ellos renuncia a meter bases bailables de house en sus conciertos festivaleros. Sin embargo, Natos y Waor son comedidos y Ayax y Prok… no. En absoluto. Los gemelos granadinos aparecen sobre el escenario agitados y sobreestimulados, saltando de un lado a otro, berreándole al micrófono y dotando a su show de cierto componente cómico gracias a su gracejo natural (“qué mareo, la virgen”, dice uno de ellos en un momento de descanso), no se sabe si intencionado o no. En lo musical, cuando no se ponen a recitar sus versos sobre bases de hip-hop, directamente traen un show de EDM, y especialmente Ayax exhibe una pasión desbordante sobre las tablas o debajo de ellas: en un momento del show baja a la pista e incluso agarra de la mano a un fan de la primera fila. Por poco le cruje los dedos.

La «fiestuqui» de Black Eyed Peas

Lo peor de la sociedad mallorquina puede reunirse en la zona VIP viendo a Black Eyed Peas, fácilmente. Ya lo dice Juan Sanguino: Black Eyed Peas gusta a la gente que dice “fiestuqui”. Lo compruebo en Mallorca Live. Aquí hay influencers de medio pelo, pijos con pinta de tener yates y clínicas de cirugía estética, jovencitas con los morros de Carmen de Mairena, muchachos repeinados que gritan “let’s go, motherfuckeeers!” cuando Will.I.Am. dice algo.

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Ver a Black Eyed Peas en acción es surcar el tiempo a través de la historia del pop de los últimos 20 años. Con el hip-pop de ‘Let’s Get Started’ viajas a 2003, con el electro de ‘Boom Boom Pow’ a 2009, con la EDM de ‘Don’t You Worry’ a 2010 aunque sea de 2022. Su repertorio contiene tantos macrohits que algunos los habías olvidado necesariamente por falta de espacio en el cerebro.

Black Eyed Peas es el ejemplo de grupo pop capitalista por antonomasia, una franquicia musical que básicamente hace su trabajo, esto es, fagocitar modas y escupirlas masticadas, reciclar hits clásicos como hace Hollywood con todos sus “blockbusters”, colaborar con distintas marcas (véase Shakira o Daddy Yankee) o abrir filiales como la carrera de Will.I.Am. en solitario a la que se asocian otros marcas (véase Justin Bieber o Britney Spears). Black Eyed Peas es un universo pop comprimido en tres raperos y una cantante -J. Rey Soul- cuyo parecido a Fergie no es disimulado. Todo parecido con la (antigua) realidad es buscado e intencionado.

El público recibe desbordado, eufórico, fuera de cuerpo, el remix reggaetonero de ‘Let’s Get Started’, el tobogán surfero de ‘Pump It’, los breakdance random de apl.de.ap, las referencias de Will.I.Am. a las “mamacitas” y a “mis chicas latinas”, el “Britney bitch”. La pista se viene abajo con el house sísmico de ‘This Time (Dirty Bit)’ y directamente implosiona en ‘I Gotta Feeling’. Mientras, en el escenario, la energía es caótica, los cuatro integrantes actúan sin orden ni concierto (al final son MCs, no una boyband) y la energía navega entre la pachorra extrema de Will.I.Am. que coge el micrófono como quien agarra el mando de la tele mientras se está quedando dormido, la pose pseudo-heroica de Taboo, la vibra adolescente de apl.de.ap. y la presencia de J. Rey Soul, simplemente agradecida de estar ahí, existiendo. Le ha tocado el gordo cantando para un grupo que se mantiene imparable, pese a quien pese.

Para recuperarnos del chute ultrapop de los BEP nos pasamos brevemente por el show de Black Rebel Motorcycle Club, una exhibición de virtuosismo rock que resulta fascinante en su búsqueda de diferentes ángulos y texturas. Me habría quedado de no ser porque tocaba descubrir otro de los platos fuertes de la jornada.

Xavi Torrent

Me muero de curiosidad por ver a Quevedo en directo. Su show, supuestamente donde quiere estar, no se sostiene demasiado: las canciones son disfrutonas, su disco no está mal entero, pero es evidente el apoyo del directo en los efectos escénicos, en los chorros de humo constantes, más pesados que la alarma del “soundsystem” jamaicano en un concierto de Bad Gyal (con la que ha colaborado), mientras el canario actúa con más o menos energía, evidentemente encantado de estar allí, pero sin ofrecer mucho más que su mera presencia. El show de Quevedo es una “listening party” de su disco llevada al contexto de macroconcierto festivalero.

Pero al César lo que es del César: como dice Lola Indigo, Quevedo es un “hitmaker” y de hits su show va sobrado, aunque ‘Playa del Inglés’ o ‘Vista al mar’ son meros peajes para llegar a LA CANCIÓN. Después de un intento de bis que dura lo mismo que un audio de TikTok, es momento de que la pista colapse con la sesión de Bizarrap. Presenciarla en directo es presenciar el fenómeno -porque no tiene otro nombre- en su envergadura real. Es impresionante la comunión que crea el estribillo de “Quéeedateee” y a Quevedo se le dibuja media sonrisa en la cara, como atónito por semejante éxito. La verdad es que no me parece la mejor sesión de Bizarrap, pero a Quevedo hay que hacerle la ola por todo lo que está consiguiendo: ahora mismo sus cifras superan las de Rosalía.

Poco después de la madrugada Moderat ofrecen su concierto en Mallorca Live. Su propuesta es tan atípica que ni viendo el show cinco veces te deja de sorprender el éxito que ha alcanzado: no todos los grupos que hacen electrónica «fina» son tan masivos, pero claro, ellos han sabido respetar la seriedad de su música sin renunciar a los subidones populistas que requiere una presentación festivalera. Apparat sigue desempeñando con gran habilidad ese papel de «frontman» a lo Dave Gahan del siglo XXI que le ha caído del cielo casi sin quererlo, y la magia que crean él y Modeselektor sobre el escenario sigue siendo incuestionable: pura brujería electrónica que no renuncia a las grandes emociones.

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