La euforia de The Blaze y el desfile de Róisín Murphy reinan en Bilbao BBK Live

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La euforia de The Blaze y el desfile de Róisín Murphy reinan en Bilbao BBK Live

La segunda jornada de Bilbao BBK Live se diferencia de la primera por la afluencia de gente, mucho mayor ya desde primera hora de la tarde, y también por el calor que el primer día solo había asomado tímidamente. La temperatura es de 30 grados a la sombra al mediodía y, entrada la tarde, el calor aún quema a cuchillo durante el concierto de La Plazuela en el escenario Txiki, por lo que buena parte del público opta por atender el set de lejos, bajo la arboleda; aunque aún hay valientes que prefieren quedarse bajo el sol disfrutando de la divertida mezcla de calorro y electrónica del dúo granadino.

Igualmente el público se dispersa en varios puntos del escenario Beefeater (cubierto por una carpa) para no perderse el concierto de Ben Yart, un anarca musical cuya propuesta camina la fina línea entre la seriedad y la coña, sobre todo cuando lo que emite su micrófono parecen más improvisaciones engoriladas que melodías. Probablemente ambas opciones son correctas. Como correcto es también que al vasco, que cuando llego ya actúa descamisado, no le faltan seguidores que vocean sus canciones.

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Oscar L. Tejeda

Empieza a ser multitudinaria la asistencia en el set de Duki, algo desubicado por horario, pues es uno de esos espectáculos que se apoyan en el truco de los chorros de fuego, uno que funciona mejor a la noche. Duki, venido de Argentina, ofrece el típico show de trap actual, en el que ocasionalmente emerge el beat house de rigor para levantar el ambiente, pero es un despropósito la presencia de guitarras pseudometaleras en casi todas las canciones, enlatadas a más no poder, y la alta dosis de autotune llega a resultar indigesta, tanto como el exagerado volumen de los altavoces, un abuso de los decibelios que no hace sonar mejor la música, sino todo lo contrario.

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En otra galaxia, Róisín Murphy ofrece un concierto realmente fascinante, un regalo por varias razones. Róisín no se conforma con cantar por encima de las bases -ella tiene más gusto que eso- y ofrece al público un auténtico concierto de música tocada en directo, mezclando electrónica viva con guitarras eléctricas o teclados, en canciones que se alargan cómodamente hasta los 10 minutos, elásticas y expansivas, apoyándose sobre todo en los ritmos de la música disco pero tomando diferentes formas y versiones. Róisín no solo canta sus canciones, habita dentro de ellas, algo que se hace evidente por ejemplo en su interpretación de ‘Incapable’, inmensa.

Luego está el componente cómico del concierto, pues es conocido el gusto de Róisín por los cambios de vestuario y por hacer el bobo en el escenario. Del gorro de cono de ‘Can’t Replicate’ pasamos al muñeco de ‘Overpowered’ y de ahí al sombrero de pluma de ‘CooCool’ o a la pistola de cartón (o lo que fuera eso) de ‘Incapable’. Las maletas que debe empacar Róisín cada vez que sale de gira deben ser loquísimas. Pero lo mejor es que el humor de los vestuarios de Róisín, y el de su propia presencia escénica, consiguen que su música entre por los ojos, restándole esa seriedad que se le presupone.

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Una seriedad que puede venir de la experimentación, porque si algo puede decir Róisín es que su música es realmente innovadora, algo que se va a volver a constatar con el lanzamiento de su nuevo disco, pero que ya era evidente por ejemplo en ‘Ramalama’, uno de los clásicos genialmente recuperados (aunque el micro se corta al final, no sé si a propósito). Y el público por fin le está siguiendo el ritmo, de ahí que su popularidad haya dado un salto considerable en los últimos años. Róisín no necesita recuperar ‘Sing it Back’ o ‘The Time is Now’ (y lo hace) para meterse al público en el bolsillo, pues muchos de sus fans actuales son de nueva hornada.

Oscar L. Tejeda

Entrada la noche el público en Bilbao BBK Live ya es realmente masivo y con el turno de Phoenix entra una oleada de gente considerable. El grupo francés ofrece su típico show de indie correcto, limpio y elegante, como lo son todas sus canciones. El repertorio está tan nutrido de hits que se atreve a empezar con ‘Lizstomania’ y no se despeina en ningún momento. Especialmente favorecido sale su último disco, pues ‘Alpha Zulu’ parece de repente un hit de Phoenix que siempre ha estado ahí, y lo mismo se puede decir de ‘Tonight’ o ‘After Midnight’. Thomas Mars se muestra agradecido por que el público se sepa las letras de sus canciones, pero más agradecido es asistir a un concierto tan masificado y, a la vez, tan cómodo de ver, al menos desde las filas de atrás.

Oscar L. Tejeda

Sin embargo, el verdadero plato fuerte de la jornada es The Blaze. El dúo -también francés- demuestra el porqué de su popularidad en un espectáculo de electrónica que te hace viajar y volar sin volarte los sesos. Las canciones de ‘Jungle’, su último disco, y también las de su debut, se apoyan en el desarrollo de una euforia tranquila que busca ser bella sobre todo, nunca trallera de más, a la vez que los visuales de acompañamiento te hacen reflexionar sobre las desigualdades que existen en el mundo.

El secreto de The Blaze, en mi opinión, es que sus producciones son eminentemente simples: un beat 4×4, un teclado boreal, una melodía que derrapa… Los elementos de sus canciones son perfectamente visibles en un sentido literal, sin necesidad de aplicar una mirada sinestésica. Pero ya sea metiendo teclados acid o más cercanos a lo cósmico, la música de The Blaze se mantiene en todo momento agradecida, humilde y capaz de emocionar sin perder sutileza y gusto. Otro de esos grupos que se crecen en directo un 200%.

Como se crecen también La Élite en la carpa de Beefeater poco después. Es un acierto decirle adiós a Jamie xx en esta ocasión, pues su show ya nos lo sabemos de memoria. El de La Élite es una especie de consagración, pues el dúo catalán está realmente desbordante y el público se sabe todas sus canciones, no solo el hit de ‘Bailando’. En otras palabras, La Élite hacen honor al título de su disco, ‘Nuevo punk’, pues sus canciones son auténticos himnos que ya suenan a clásico. Digamos que David Burgués y Nil Roig consiguen que un simple “lololo” suene a nuevo, y eso es un mérito. Divertidísimos.

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