Damon Albarn no es el mismo desde que en el año 2000 Oxfam le invitara a Mali para un intercambio cultural de consecuencias impredecibles. El líder de Blur aceptó porque estaba harto de la cultura de la celebridad de los 90 y lo que se encontró fue un montón de músicos con los que enriquecer su discurso. «El diálogo con Mali no termina aquí, sólo es el principio, el principio es lo más difícil», declaraba a El País durante la presentación del disco ‘Mali Music’ (2002).
Unos 25 años después, ya no nos sorprendemos de que un álbum de Gorillaz, a la postre su proyecto más exitoso, sea un crisol de todas las músicas posibles. Esta vez no ha sido Malí, sino India, el país que más ha determinado su sonido, al ser visitado tanto por Damon Albarn como por su compañero Jamie Hewlett, en una época en que los padres de ambos fallecieron, con 10 días de diferencia.
De ahí que ‘The Mountain’ suene como un álbum espiritual desde su apertura cuasi instrumental. El sitar de Anoushka Shankar y la flauta de Ajay Prasanna, así como los vientos de corte hindú, marcan unas canciones que juegan peligrosamente con el cliché, casi 60 años después de la conocida visita de los Beatles a la India en 1968. Tópicos como el de una cobra siendo encantada no han gustado mucho a la prensa local, de la misma manera que la anticuada visión de África de Beyoncé lastró la campaña de su banda sonora para ‘El Rey León’.
La mayor victoria de ‘The Mountain’ es que es un álbum muy sentido, cuando se pone a ello. Cuenta Damon Albarn que «a los británicos no se les da muy bien lidiar con la muerte», por lo que este viaje ha sido una liberación. El paso de ‘The Hardest Thing’ a ‘Orange County’ con Bizarrap, que habla sobre «lo duro que resulta decir adiós», es uno de los momentos más bonitos que nos ha dejado la discografía de Gorillaz, entre silbidos llenos de melancolía y una preciosa sección de trompetas. ‘The Sweet Prince’ es otro buen tema que trata la estancia de su padre en el hospital.
Esta reflexión sobre el más allá se ve alimentada por un montón de voces traídas efectivamente desde el otro mundo. Damon Albarn ha recuperado viejas grabaciones que tenía junto a Lou Reed y se ha hecho con los derechos de tantos samples de grabaciones como para que por aquí se asomen su buen amigo -y artista esencial en su carrera- Tony Allen, un furioso Mark E. Smith en ‘Delirium’, Bobby Womack, y raperos como Trugoy the Dove de De La Soul o Proof de D12.
La aparición de este en la segunda mitad de ‘The Manifiesto’, cuando la primera estaba siendo dominada por todo el flow del argentino Trueno, es un shock. Pasamos de oír frases buenrolleras como «Descansa, como cuando estabas en la panza» a oír a Proof a hablar de balas y disparos. Y de ahí a escuchar a Damon Albarn repetir hasta la saciedad algo así como que todo es «automático hoy en día».
Todo es automático excepto este disco en el que caben el synth-pop de los 70 junto a Sparks, en un single lanzado hace 6 meses que se olvidó demasiado pronto, ‘The Happy Dictator‘; el banger lleno de ritmazo ‘Damascus’ junto a Omar Souleyman; o su respuesta baladesca junto a la leyenda de Bollywood Asha Bhosle, 92 años de emoción y experiencia en una maravilla llamada ‘The Shadowy Light’.
De ‘The Moon Cave’ (2ª pista) a ‘Casablanca’ (antepenúltima), a veces el sinfín de «featurings» y músicos invitados, que incluye a Johnny Marr, Kara Jackson, IDLES o Gruff Rhys, hace sonar ‘The Mountain’ como «un poco demasiado». Desde ‘Plastic Beach’ los discos de Gorillaz no se quitan de la boca cierto sabor a «álbum de rarezas». Necesitan un nuevo hit claro en lugar de 57 ideas juntas. Sin embargo, hay algo muy poético en escuchar a tantos artistas fallecidos aparecer en un álbum que habla sobre despedirnos de nuestros padres.
Mejor aún, en 1999 nacía la primera hija de Damon, Missy (llamada así por Missy Elliott). Desde que cumplió 18 años, acompaña a su padre en viajes tan improbables como Corea del Norte o Turkmenistán, una de las dictaduras más restrictivas del mundo. Ese es el origen de ‘The Happy Dictator’. A Damon le horrorizó y le maravilló a partes iguales, que en dicho país estuvieran prohibidas las malas noticias. De esa concienciación de lo que ocurre ahí fuera, traspasada de abuelo a padre, de padre a hija, es que se podría abrir un pequeño halo de esperanza.