Charlie Puth siempre ha sido el empollón del pop, la estrella masculina que hace pop “de músico”. Por eso no extraña que su personaje de “profesor Puth” haya ganado cierta notoriedad en TikTok. Más misterioso es que sus canciones -por no decir su figura- no generen debate en absoluto, en ningún lado. Aunque esto tiene una posible explicación: son demasiado pulidas, demasiado precisas, demasiado perfectas. En un mercado pop que premia la inmediatez y la crudeza, la música de Puth suena desubicada, incluso anacrónica.
Véase ‘Whatever’s Clever!’, su cuarto álbum de estudio. Ninguno de sus singles ha entrado en listas y, sin embargo, son difíciles de cuestionar en lo artístico. Este fenómeno se extiende al disco al completo: Puth escribe y produce canciones técnicamente impecables, pero opera en un mercado que pide otra cosa. Aun así, mantiene un público fiel que le llevará de gira mundial por primera vez en su carrera. Y sí, pasará por España.
Este nuevo disco muestra a Puth en su versión más cómoda, dando rienda suelta a ese “nerd” musical que siempre ha sido y que, a sus 35 años y tras varios macrohits a sus espaldas, ya no necesita ir de lo que no es. ‘Whatever’s Clever!’ es el disco de “profesor Puth” dando una clase magistral de pop, en concreto de historia del pop, con un temario lleno de referencias y hallazgos ajenos, pero siempre bien articulados.
Como tantas veces ocurre en el pop, los singles son lo mejor que ofrece ‘Whatever’s Clever’. ‘Changes’, el primer avance, es la máxima expresión de ese Puth treintañero que canta sobre su propia madurez, tras aceptar que ciertas relaciones no duran para siempre. La canción, con sus teclados ochenteros, su crescendo y una brillante resolución góspel, es sencillamente espectacular y reúne una ambición musical que no se mantiene en el resto de pistas.
Su reverso ligero -y necesario- es ‘Beat Yourself Up’, la típica historia de autoayuda (“no te castigues”) contada hasta la saciedad, pero que en manos de Puth suena renovada gracias a su talento para el estribillo efectivo. ‘Cry’, dedicada a su padre, es una balada reconfortante que ofrece un espacio seguro para llorar, e incluye un gran solo de saxofón de Kenny G, uno de los varios artistas invitados. Su presencia es simbólica dentro de la estética nostálgica y “cheesy” de esta era, con un Puth casi haciendo cosplay de ‘Doctor en Alaska‘ en las imágenes promocionales.
El pop de los 80 y 90 es el centro de este proyecto que cuenta con BloodPop co-produciendo. Podríamos situarlo, en concreto, en 1989, dado que Taylor Swift se encuentra entre las más notables fans del artista. Puth recrea toda la música que le gusta, sin mucha personalidad aparente, como quien calca un dibujo poniendo otro debajo, pero lo hace bien, y por eso una canción como ‘Until It Happens to You’, en todo su pastiche retro, resulta tan tierna como un éxito que Phil Collins habría firmado en su época.
También hay que aplaudir lo inusual de algunas influencias y estéticas, como el sunshine pop acústico de ‘Washed Up’, que remite tanto a Lighthouse Family como al ‘Stop’ de las Spice Girls. Otras veces la nostalgia no da resultados tan sólidos como los singles. Puth no es tan buen compositor de R&B: ‘New Jersey’, junto a Ravyn Lenae, es inofensiva hasta como relleno de evento deportivo, y el principal tropiezo llega con la pastelosa ‘Sideways’, con Coco Jones, que recuerda al peor descarte de la Mariah Carey de los 90.
La perfección técnica puede ser una cárcel para Charlie Puth, ya que sus versiones de la música del pasado en ocasiones suenan poco inspiradas. ‘Hey Brother’, dedicada a su hermano Stephen -también artista-, es una recreación soul-pop mona pero olvidable, la acústica ‘I Used to Be Cringe’ irónicamente da cringe, y el single ‘Home’ es un digno homenaje al pop teñido de trip-hop de finales de los 90 y principios de los 2000, pero Hikaru Utada, como invitada (recordemos: la artista japonesa que más discos ha vendido), merecía una canción a la altura de ‘Changes’, no una con tanto sabor a derivado.
Los fans de lo que se llamó “sophisti-pop” tienen aquí material que degustar, con toda la complejidad de armonías y arreglos, y canciones como el yacht-pop de ‘Love in Exile’, junto a Michael McDonald y Kenny Loggins, confirman que Charlie Puth aspira a ocupar un lugar similar al de estos. Sobre todo, este cuarto álbum es una celebración -clara, aunque desigual- del pop nerd, ese que busca la inmediatez sin renunciar a la sofisticación, aunque los «charts» vayan por otro lado. Al menos ‘Changes’ ya es un clásico, aunque eso los fans del “profesor Puth” ya lo sabían.
