“El cielo es un lugar en la Tierra y sé que va a doler si llego yo primero”, dice Kevin Morby en ‘Badlands’, la emocionante apertura de su octavo álbum, ‘Little Wide Open’, producido por Aaron Dessner. El cantautor cierra su trilogía sobre el centro de Estados Unidos (compuesta por ‘Sundowner’ y ‘This Is a Photograph’) habiendo alcanzado un estado de paz, de tranquilidad con el mundo, aceptando que nuestro tiempo es limitado, y por ello, hay que disfrutar de la belleza del momento y de lo inmaterial; del amor, de la naturaleza, de las personas.
La máxima inspiración de Morby para este proyecto son precisamente esos espacios abiertos en el Medio Oeste americano, las vidas de la gente en poblaciones minúsculas devoradas por la inmensidad de un paisaje que ya de por sí tiene mucho de musical para él (el sonido de las cigarras, los trenes pasando, las sirenas avisando de un posible tornado). Mediante su fascinación por esta tierra, intenta desenmarañar lo que significa ser un artista estadounidense ahora mismo, mientras reflexiona sobre su propio momento vital, a punto de ser padre. Ser músico es también ser un poco nómada, y en todas esas idas y venidas, de viajar de un lado al otro del mundo, hay algo muy especial en regresar a casa.
Esto se refleja en la fantástica ‘Javelin’, en la que Morby, al llegar por fin a su hogar, se compara con una jabalina que ha viajado por el aire y por la carretera. A través de una luminosa melodía, habla sobre el inmisericorde paso del tiempo y sobre una posible boda con su pareja de hace años y futura madre de su hijo, Katie Crutchfield (de Waxahatchee). En ‘Die Young’ se dirige a ella, comentando lo mucho que han crecido desde que empezaron y lo lejos que han llegado en sus respectivas carreras. Sobre un precioso violín, el artista canta “Si morimos jóvenes, yo viviré a través de ti y tú a través de mí”.
En ‘Badlands’ ese retrato de la fugacidad de la vida adquiere un tono más grave, pero igualmente poético (“Bienvenido a las malas tierras, donde el cielo se expande y tú y yo caducamos”) con la ayuda en los coros de Justin Vernon. El folk rock de ‘All Sinners’ es otra extraordinaria exhibición del talento de Morby como letrista (“Que todos los pecadores sean perdonados, porque sería muy bonito volver a ver a todos mis amigos en algún cielo privado, en algún Idaho privado…”). La mismísima Lucinda Williams es la invitada de honor en ‘Natural Disaster’, una balada de guitarra acústica durante sus cinco primeros minutos que acaba con una gran coda de guitarra eléctrica y percusión.
Otro de los cortes más largos del proyecto es el que da nombre al álbum. Ocho minutos de emoción sosegada, acompañada de un magnífico toque de banjo en segundo plano, aportando una tonalidad country que nos traslada directamente a esos espacios abiertos rodeados de naturaleza salvaje. No es el único momento en el que uno se siente pequeñito escuchando a Morby, convertido aquí más que nunca en todo un trovador moderno americano. En ‘100,000’ su voz viaja tan cálida como un abrazo hasta acabar envuelta en una nube de batería; y los punteos de guitarra de ‘Cowtown’ evocan un sentimiento de devastación y soledad que encoge el corazón. Mucho más animada es la mandolina de ‘I Ride Passenger’, aunque su temática continúa siendo agridulce (“La casa huele a canela y al triste paso del tiempo”).
‘Dandelion’ se apoya sobre una melodía nostálgica y encuentra belleza en el cambio de las estaciones, en los altibajos de la vida. Por muchas inundaciones que lleguen, los dientes de león siempre sobreviven. ‘Field Guide for the Butterflies’ culmina el disco con la belleza y calidez de un riff de guitarra. Morby canta sobre la importancia de salir adelante frente a las dificultades, refiriéndose de nuevo a esa incertidumbre que sobrevuela constante e inevitablemente nuestras vidas. En ‘Little Wide Open’, el cantautor texano firma su mejor trabajo hasta la fecha reflexionando sobre la mortalidad y el tiempo con una poesía conmovedora.
