James Murphy, bandera principal de ese cruce entre punk y funk que ha dado lugar a una de las etiquetas que más vergüenza da pronunciar en voz alta, pero no por ello menos interesante, ha definido uno de los mejores «revivals» de los últimos años. Ese que mete ingredientes ya conocidos en una Thermomix para crear algo con un sabor nunca antes experimentado. Y lo peor, es que lo suyo es puro pop de lo más digestivo. Como resultado, las producciones del grupo en su sello, el ya antológico DFA, representan el sonido de la electrónica de esta década.
En Nueva York, en 2002, después de hacerse famosillo pinchando una mezcla atípica de disco y krautrock, entre otros, a James Murphy un buen día le pareció que lo que hacía era una bobada y creó su primer single, sobre «horrorizarse a partir de lo tonto que había sido». En otras palabras, decidió pasar él a ser el autor de las canciones y no el DJ y de su amor por la música es de lo que habla, en tono irónico, el primero de sus himnos, ‘Losing My Edge’, en el que menciona a Can, Suicide, Joy Division, Todd Terry y un larguísimo etcétera.