Santander Music deja la mejor actuación vista a M Ward a pelo

Por | 04 Ago 17, 13:39

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Acostumbrada a los festivales que asemejan gincanas, el Santander Music es de lo más confortable. Un solo escenario, tiempo para merodear entre canciones… y, tópico-pero-cierto, enclavado en un marco incomparable. Foto: Enrique Santiago, Santander Music.

M. Ward inauguraba la jornada solo, simplemente acompañado de su guitarra y sus gafas de sol. Se le veía diminuto en la inmensidad del escenario. Se olvidó prácticamente de su último disco (sólo cayó ‘Time Won’t Wait’) y se dedicó a los clásicos, como convertir la inicial ‘Duet for Guitars #2’ en la hermosa ‘For Beginners’. El público, poco abundante antes de empezar, se empezó a congregar. Pero Matt no parecía necesitar a nadie ni a nada, sólo rasguear su guitarra de manera casi mística. Sólo la soltó para beber agua mientras dejaba sonar loops grabados. Así fue desarrollando una ‘Rollercoaster’ aún más pausada y blues. Nos habló, risueño, largo y tendido de su viaje por el norte de España en su castellano regular. “¡Muy bonita!”, remataba la descripción de cada ciudad. Compensó el soliloquio con una ‘Chinese Translation’ que transformaba a placer, ahora perezosa, ahora briosa hasta rematarla con su hermoso final. Homenajeó a Johnny Cash con un fragmento de ‘Rock Island Line’ y pareció dejarnos solos con el loop enchufado… pero regresó para rematar con su relectura de ‘Let’s Dance’ y una ‘Primitive Girl’ en versión melancólica. Definitivamente, la de anoche fue la mejor actuación que le he visto a pelo.

Deltonos jugaban en casa. Suena justo antes de empezar la banda sonora de ‘Lo que el viento se llevó’, como un irónico recordatorio de la longevidad del grupo, sin duda la banda de Hendrick Röver son los más veteranos de la jornada. Clásicos y efectivos, impartieron su particular magisterio de blues rock. Y, aunque caigan en la manida visión de rock-guitarra-cerveza, como símbolo de lo auténtico, especialmente en ‘Discoteque Breakdown’, un himno de country trotón contra las discotecas y la música electrónica, saben esquivar sabiamente cualquier atisbo de topicazo o aburrimiento, gracias a su chulería y lo engrasadísimo de su maquinaria. También hicieron gala de su corazoncito, brindando un hermoso homenaje a Sam Shepard dedicándole ‘Brindemos’.

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La multitud de la noche se la llevó Sidonie. De hecho, en ese momento entendí por qué había tantísimas pulseras de día. Ya se han convertido en uno de esos grupos que glosan en ‘Carreteras Secundarias’, gracias a su robusto pop de corte británico-hispánico de tinte sentimental. Ellos, convertidos en quinteto para la ocasión, ofrecieron todo su arsenal de aspavientos, alegría y hermandad pop entre la banda, en un directo disfrazado de espontáneo pero realmente profesional. Nada es dejado al azar; llevan muchos tiros pegados ya y saben lo que al público le gusta. Su set se centró en ‘El peor grupo del mundo’, cuyas canciones la gente se sabe de pe a pa, desde la inicial ‘Os queremos’. Marc Ros suplió una voz un tanto tomada con su efectivo despliegue de pop-star. Se puso a hacer el mimo o a lanzar guiños a la escena (“¡soy López!”, soltó cuando empieza a entonar “Que no, que no” en mitad de ‘Sierra y Canadá’). Se contoneó a lo Jarvis Cocker en ‘Siglo XX’, el mejor tema de su disco, se puso sexy… La escenografía se completaba con unos cubos iluminados por leds, pero la gente solo seguía las evoluciones de Marc. También hubo karaoke “A la Dylan” (armónica incluida) en ‘No sé dibujar un perro’. ‘El peor grupo del mundo’, tras una intro espiritual, cayó como ya un clásico de la banda, rematado por un solo de batería de Axel. Aunque, claro, la palma se la llevó ‘Carreteras infinitas’, a pesar de que la voz le jugó alguna mala pasada a Marc. Con bien de recuerdos a toda clase de bandas, especialmente a Supersubmarina y Lori Meyers, comprobé que sí; sirve para levantar a todo un festival. Aunque la traca llegó a los bises con ‘Un día de mierda’, con Marc haciendo crowdsurfing por casi todo el recinto y ofreciendo su micro al público, en un auténtico baño de multitudes. Las riadas de gente que se dirigieron hacia la salida en cuanto terminaron certificó que, efectivamente, Sidonie era el grupo al que la gente venía a ver.

A Nothing but Thieves los recibió la mitad del aforo tras la desbandada post-Sidonie. La sobriedad de la banda quedó contrastada con los espasmos y muestras de poderío vocal de Conor Mason. Su voz, poderosa y andrógina, entre Matt Bellamy y Amy Lee de Evanescence, se erigió en protagonista absoluta -no en vano su música toma prestada también muchos elementos de esa épica dramática de trazo grueso-. La pega es que en el concierto de anoche se generaba un efecto raro. No sé si por fallo de micro o errores de cálculo de Conor en el momento de cantar, la voz sonaba fluctuante, con repentinas caídas de intensidad en los momentos más insospechados, a lo que hubo que sumar que a ratos parecía también engullida por el magma de las guitarras. Esos defectos fueron especialmente patentes en ‘Wake Up Call’. Pero Conor lo compensaba con arrojo, mientras la banda lanzaba a piñón fijo sus riffs duros-pero-contenidos. Hubo algún respiro, como la casi soul ‘Hanging’ y momentos de ternura y contención, como ‘Sorry’, su último single. ‘Amsterdam’, con la banda ya suelta y animada, y ya sin atisbos de fallos de sonido, marcó el cierre de un set de domesticada intensidad.

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