La revolución de La Casa Azul

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La revolución de La Casa Azul

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«¿Qué hago? ¿Compro entradas para el viernes o para el sábado?» Quizá esa es la pregunta que más fans de La Casa Azul se hicieron durante las semanas previas al concierto. Dos días diferentes en la sala El Sol para disfrutar de la gira de presentación del nuevo disco de uno de nuestros grupos solistas favoritos. Nosotros escogimos el sábado. Ya en la cola el estado de nervios era máximo. Nos gustaría comentar también que es muy fuerte que en la era de Internet, la ADSL y los ordenadores, Ticktackticket te obligue a retirar las entradas del concierto tres días antes o recogerlas en la taquilla, lugar en el que tienes que esperar dos colas diferentes (la de recogida y la de entrar) con el frío que hace ya en Madrid. Sin embargo, una vez dentro, se te olvida absolutamente todo.

Cinco pantallas presidían el escenario en el que, bastante puntual, apareció Guille. Muy animado (increíblemente animado, diría yo), más hablador que de costumbre e incluso interactuando con el público, respondiendo a sus gritos y haciendo bromas al respecto. El show comenzó con ‘La Revolución Sexual’, que todos disfrutamos hasta que al final del todo, ¡pum! se fueron los visuales, la música y todo. Nos quedamos, de hecho, bastante temerosos de no poder seguir disfrutando del concierto, pero Guille terminó la canción entre cientos de aplausos y las pantallas volvieron a encenderse de nuevo, dejando paso a un suspiro aliviado por parte de todo el público.

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Una a una fue desgranando casi todas las canciones del nuevo álbum y algunas de los anteriores (‘Cerca de Shibuya’ -donde, qué horror, se volvieron a cortar el sonido y las pantallas-, ‘Chicle cosmos’, ‘Hoy me has dicho hola por primera vez’, ‘Superguay’, ‘En noches como la de hoy’) y una versión, ‘Love is in the air’, que el viernes fue ‘Aire’, de Pedro Marín. El público bailaba enfervorecido y en la sala se respiraba un ambiente estupendo, en el que los fans coreaban las canciones a lo bestia, en especial las que hacía sentado al piano. Y si había algo que contribuía a la emoción eran las videoproyecciones, que no hemos visto en España nada comparable a ese trabajazo. Diseños de gran calidad y -sobre todo- una compenetración entre sonidos y la proyección de los 5 chicos tocando, que contribuían a que el concierto resultase más plástico todavía. Entre tanta emoción y tanto temón, ni los cortes importaron porque todo parecía maravilloso. Un conciertazo que, muy probablemente, no olvidaremos jamás. 10.

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