La catarsis Raphael

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La catarsis Raphael

El Metro de Madrid (informa) de que ha decidido que Raphael toque en la estación de Chamartín dos noches seguidas… y gratis. Así que claro, la que se ha formado es gorda. Ayer tuvo lugar el primero de los conciertos, y aunque empezaba a las diez de la noche, había señoras haciendo cola para conseguir su invitación (sólo se podía entrar si te daban una) desde las 2 de la tarde. Para que luego digan que talifanes sólo tienen la Madonna, la Kylie y cuatro más. ¡Qué valor! ¿Es que no saben ya que Raphael es la mayor diva de todas? Caricatura de lo que fue, todo hay que decirlo, pero uno no puede morirse sin ver al de Linares en concierto. A su lado, ‘Jesus Camp’, esa película documental de niños en un campamento evangélico a los que les enseñan a rechazar la evolución a favor de la teoría del creacionismo, se queda en mera reunión informativa. ¡Qué fervor! ¡Qué catarsis! Amén. A continuación, diez verdades irrebatibles pensadas a raíz de su recital.

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1. Raphael es un Dios y como tal hay que adorarlo. Sólo él es capaz de conseguir que señoras de 60 años hagan cola todo un día sabiendo para qué hacen cola. Una novedad. Y oye, no una cola cualquiera, sino una que daba la vuelta entera a la estación madrileña. Y mira que es grande.

2. Raphael es salud. Sólo él, y el Corte Inglés, hacen que abuelas con perlas y cardados bajen escaleras corriendo y se den empujones para estar en primera fila. Aunque hay una cosa que los grandes almacenes no consiguen: levantar y volver a sentar como cien veces en dos horas a las señoras de sus sillas una vez que han cogido sitio. Todos sabemos que si una abuela se apodera de un asiento no hay Cristo que la levante. Pero aquí no hay rodillas hinchadas ni artritis que valgan. Por Raphael, una mueve lo que haga falta.

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3. Raphael es fuente de juventud. Solo él transforma a las señoras de avanzada edad en adolescentes histéricas que aprovechan cualquier descuido del personal de seguridad para correr por el pasillo central al escenario para hacer una foto de cerca a su ídolo, sentir su saliva cantada en toda la cara o, simplemente, colarse por el placer de colarse cual Thelmas y Louises castizas. Fantásticas. Esto por no hablar de los piropos y gritos que interrumpían cada minuto en la sala. Raphael protagonista de ‘Sin tetas no hay paraíso’ ya.

4. Raphael es Ministro de Fomento y nuevas tecnologías. A alguien que tenga más de 60 años no le expliques cómo funciona un móvil porque nunca lo entenderá. Pero basta que esté Raphael en la sala para que todos sepan cómo encender las cámaras del teléfono para grabar las canciones. Ríete tú de un recital de ECDL. Con tanto cacharro funcionando, anoche Chamartín parecía el MediaMarkt.

5. Raphael es un Braintraining. A determinadas edades, la memoria falla. Pero el cantante demostró que bastaba un silencio en sus canciones para que todo el público asistente cantara a coro las letras de éxitos como ‘Maravilloso corazón’, ‘Cuando tú no estás’ o ‘Provocación’. Incluso hizo un karaoke de ‘Mi gran noche’. Esto sí que es acercar culturas y no el Instituto Cervantes.

6. Raphael es integrador. Sólo hay un grupo de población más fan de Raphael que las señoras de peluquería y los homosexuales eurovisivos. Me refiero, cómo no, a los inmigrantes latinos. Ayer en Chamartín no había abuelas con chicas peruanas que las sacaban de paseo. Ayer, las mujeres de los empresarios no asistieron con sus chicas de servicio. Ayer nadie se miraba raro mientras fingía leer un periódico. Ayer no había razas. Ayer todos éramos fans de un mismo fenómeno, y aunque la ilusión duró algo más de dos horas, mereció la pena.

7. Raphael es el Señor del Tiempo. O cómo un simple cantante es capaz de hacer que dos horas y media parezcan un suspiro para las seguidoras de ‘Cine de Barrio’, más de cuatro para el resto de mortales (mira que soy fan, pero tal y como canta hoy día este señor, con oír una canción ya las has oído todas), diez para los que han ido de acompañantes arrastrados, y veinte si contamos los aplausos. Porque ese es otro de sus dones, lo que nos lleva a….

8. Raphael es Cristo. Si hay que multiplicar, se multiplica. Pero nada de peces y panes. Y es que temas que duran cuatro minutos se pueden alargar hasta la extenuidad con un simple truco: parar entre estribillo y estribillo, encender las luces de la platea siempre y dejar que los fieles se levanten para aplaudirte antes de continuar. Para que el truco no canse, de vez en cuando hacía el paripé de irse fuera unos segundos para volver a entrar y conseguir un aplauso más largo que con el otro método. Vamos, que un concierto de Raphael es un BIS de principio a fin. En bucle. Parece que acaba, pero no. Y vuelta a empezar.

9. Raphael es tres en uno, como la Santísima Trinidad o el pegamento: Raphael, Natalia Figueroa y Millán Salcedo. En serio, a veces dudas de la identidad del que está en el escenario.

10. Raphael es eterno. No importa cómo cante ni lo que haga. Su repertorio es tan jodidamente perfecto que escuchar en vivo canciones como ‘Qué sabe nadie’, ‘En carne viva’, ‘Como yo te amo’ o ‘Yo soy aquel’ merecen cualquier calvario –que no lo fue, aunque esta crítica pueda dar esa idea- y merecen nuestro perdón. Lo digo con la cabeza bien alta. Esta es la segunda vez que asisto a un recital suyo y estoy seguro de que no será la última. Mientras dure, grande y por siempre, Raphael.

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