Discos de la década: The National

Por | 20 Dic 09, 13:46

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The National, banda de Ohio afincada en Brooklyn (por supuesto), tras su primer álbum como profesionales en Beggars Banquet (‘Alligator’, en 2005) tenía ante sí el tópico papelón de demostrar que semejante disco no era sólo un espejismo. Y no solo superan las expectativas sino que se marcan un discazo dando una vuelta de tuerca a su sonido. Porque donde en ‘Alligator’ encontrábamos intensidad basada en la potencia rítmica y en la electricidad, lo que aquí demuestran es que poseen la misma capacidad para calar hondo a través de la delicadeza y el matiz.


Este nuevo paso de la banda supuso un traumático proceso de grabación (plasmado en parte en el documental de Vincent Moon ‘A Skin, a Night’ editado junto a la secuela ‘The Virginia EP’) que se prolongó algunos meses más de lo previsto, lo que provocó enormes tensiones entre los miembros de la banda (las parejas de hermanos Dessner y Devendorff, más el vocalista Matt Berninger), entregados a una búsqueda infinita del sonido perfecto para unas canciones que, por otra parte, son las mejores que hayan escrito nunca. Canciones inusitadamente románticas como solo Tindersticks o Nick Cave han creado en los últimos años sin caer en sensiblerías de manual, canciones vertiginosas de un pop rock apasionante y apasionado que tiene cierto reflejo en bandas oscuras de los 80s como Flesh For Lulu, Immaculate Fools o Weather Prophets.

El álbum arranca con un trío de canciones que pasa a la historia de los mejores-inicios-de-un-disco-de-rock-ever y alberga las constantes que hacen de ‘Boxer’ algo especial. «Quedémonos supertarde esta noche, cogiendo manzanas, haciendo tartas. Ponle algo más a esa limonada y nos la llevamos. Estamos medio despiertos en un falso imperio». Tan políticamente poético y rotundo arranca ‘Boxer’, con ‘Fake Empire’, una apabullante pieza que arranca con un piano y la voz profunda y aterciopelada de Berninger, culminando en una portentosa orgía de guitarras e instrumentos de viento. Decía Berninger en alguna entrevista que se había esforzado por evitar las malas frases de sus letras, marcando las buenas en sus borradores con una estrella. El resultado son unos textos, dignos del costumbrismo extraño de Raymond Carver o Paul Auster, tan enigmáticos como escrupulosamente cuidados y evocadores. El australiano Padma Newsome, estrecho colaborador de Bryce Dessner, fue el encargado de mimar esos arreglos de cuerda y viento, intensos y delicados, ejemplificados en la coda final de la infecciosa, vertiginosa ‘Brainy’.

Y ‘Mistaken For Strangers’, primer single editado del álbum, está marcada por su singular compás de batería, un instrumento que en poquísimos discos toma el protagonismo que adquiere en este, tanto en lo que respecta a las composiciones de Brian Devendorff, complejas y vibrantes, como a su peculiar sonido, contundente y brillante, solo comparable a los trabajos de producción de Dave Fridmann. «Eres tomado por un extraño por tus propios amigos, bajo las luces plateadas de la zona financiera, (…) otra impura y elegante caída en la humillante vida adulta». Otra vez, el abismo de la madurez atemoriza almas de Peter Pan con sus ojos dorados como botones de blazers.

En la segunda parte del disco demuestran que también saben ser igualmente intensos con una postura más emotiva y melancólica, con cortes como ‘Green Gloves’ (escalofriante texto sobre recordar amigos perdidos introduciéndose en sus vidas y sus objetos privados), ‘Start A War’, ‘Racing Like A Pro’ (retrato de un proto-yuppie en su triste torre de marfil) o ‘Ada’, con la participación al piano de Sufjan Stevens en las dos últimas. ‘Boxer’ resulta fascinante en sus dos facetas, gracias a la especial energía que trasmiten ese rock de cámara (¿por qué no?) de ‘Slow Show’, increíble medio tiempo que llena de tristeza y gozo a la vez con esa indescifrable coda que cita un antiguo tema de la banda llamado ’29’ («Sabes que he soñado contigo durante 29 años antes de conocerte»), y ‘Apartment Story’, la canción más hipnótica y adictiva del álbum que evoca ese estado de embriaguez (física y mental) que nos invade en el enamoramiento. «Quedémonos dentro hasta que alguien nos encuentre, hagamos todo lo que nos diga la tele, quedémonos dentro de nuestras ebrias mentes».

The National tiene un rincón propio en el rock de nuestros días, cálido y acogedor, pero también desolado y taciturno, perfecto para rondar a solas por la ciudad, en una noche de esas en que uno se siente romántico en el sentido literario del término.

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