‘The Fighter’, las yoyas de la vida

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‘The Fighter’, las yoyas de la vida

«David O. Russell estaba enfocando la película desde un punto de vista muy artístico, pero entendió que se trataba de una historia comercial. Le dije que mantuviera el corazón y el alma, pero que necesitábamos sacar más ‘Rocky’ de ella”. Estas declaraciones de Ryan Kavanaugh, productor de ‘The Fighter’, no pueden ser más reveladoras acerca de la naturaleza de la película que protagonizan Mark Wahlberg y Christian Bale. Es como si Irwin Winkler, productor de ‘Toro salvaje’ (y de ‘Rocky’), le hubiera dicho a Scorsese en 1980: “haz la película en color y con Stallone de protagonista”.


¿Cuál es el resultado de esta mezcla de intereses? Una película irregular, desconcertante e impersonal; pero también muy efectiva, entretenida y, por momentos, brillante. David O. Russell, que accedió al proyecto tras descartarlo Darren Aronofsky, combina de forma atropellada los siguientes aspectos: 1) la épica proletaria de la saga ‘Rocky’ con las furiosas embestidas dramáticas de ‘Toro salvaje’, 2) las convenciones del drama deportivo (ascenso-caída-redención) con las complejidades del drama familiar y personal, 3) el retrato caricaturesco de la white trash yanqui (por mucha gracia que hagan, esas hermanas restan credibilidad y verosimilitud) con un magnífico retrato de un barrio obrero americano (en la ciudad de Lowell), 4) un descafeinado romance (a pesar de la siempre estupenda Amy Adams) con una emotiva historia de amor fraternal, y 5) un actor esforzado pero limitado (Mark Wahlberg) con una apisonadora interpretativa (Christian Bale) capaz de hacer invisible a todo el que comparta plano con él.

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En resumen, ‘The Fighter’ es un solvente biopic pugilístico (la historia real de los boxeadores Micky Ward y Dickie Eklund), capaz de ofrecer las dos caras del deporte (personificadas en cada uno de los hermanos), que avanza con la misma cadencia que la forma de boxear de Micky “trueno irlandés” Ward: encajando todo tipo de golpes, incluso los más bajos, para soltar, de vez en cuando y de forma inesperada, un puñado de certeros directos al mentón del contrincante-espectador. 7.

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