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‘La transmigración de los cuerpos’: Verbo y verga

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‘La transmigración de los cuerpos’: Verbo y verga

la-transmigracion-de-los-cuerposLeyendo las primeras páginas de la celebrada ‘La transmigración de los cuerpos’ (Periférica), llenas de modismos, coloquialismos y jerga mejicana, tuve la misma sensación que la primera vez que vi ‘Amores perros’ (2000): mi cabeza era un gran signo de interrogación seguido de uno, igual de grande, de admiración; me costaba entender lo que decían pero la fuerza de sus imágenes/prosa era tal que no podía dejar de mirar/leer.

Una vez repuesto del encontronazo lingüístico, las palabras de Yuri Herrera, como las del Alfaqueque, el inolvidable protagonista de la novela, te ayudan a recuperarte, te masajean y te ponen en pie. El autor nos sitúa en medio de una ciudad fantasma, una urbe paralizada por causa de una epidemia de resonancias bíblicas y metafóricas: recuerda a la gripe porcina de 2009, pero como dice el mismo Herrera, es también “esa epidemia no declarada que es el miedo que nos tenemos los unos a los otros, el recelo, el odio”.

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En este escenario dantesco (no parafraseo a Piqueras, es que hay alusiones a la ‘Divina Comedia’), se esconden varios personajes, todos con apodos: además del Alfaqueque (según la RAE, hombre que desempeñaba el oficio de redimir cautivos o libertar esclavos y prisioneros de guerra), aparecen la Tres Veces Rubia, la Ingobernable o el Ñándertal. Personajes de un argumento de (falsa) novela negra inmersos en una trama shakesperiana capitaneados por el mencionado Alfaqueque, una mezcla entre detective a lo Sam Spade (Herrera reconoce a Hammett como una de sus influencias) y “arregla-problemas” tipo Señor Lobo. Un mediador con una peculiaridad: su verbo sanador, su capacidad para, a través de las palabras, amansar la violencia entre dos familias que, como las de ‘Romeo y Julieta’, buscan el enfrentamiento.

‘La transmigración de los cuerpos’ funciona mejor en su literalidad que en su dimensión metafórica; mejor como palimpsesto posmoderno de la novela detectivesca –sin detectives y casi sin violencia- y como reescritura desafectada y barriobajera de ‘Romeo y Julieta’, que como metáfora del México actual. Las pandemias y los escenarios post-apocalípticos como instrumentos alegóricos están ya un poco desgastados y no resultan muy eficaces.

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Pero sobre todo lo que confirma esta tercera novela de Herrera, tras ‘Trabajos del reino’ y ‘Señales que precederán al fin del mundo’ (también en Periférica), es su capacidad de síntesis, de saber manejar las palabras justas, y la enorme y poderosa fuerza del lenguaje: “Verbo y verga es lo único que tengo. Y a veces susto”. 7,5.

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