¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que ‘Verano 1993’ vaya a los Oscar?

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¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que ‘Verano 1993’ vaya a los Oscar?

veranoEste año no ha habido debate. Sin Almodóvar, Amenábar, Garci o Trueba(s), la eterna pregunta -¿es mejor llevar la mejor película o la más “oscarizable”?- no ha tenido sentido. A falta de nombres, se ha optado por la calidad. ‘Verano 1993’ es, de lejos, mucho mejor película que sus dos rivales: ‘Abracadabra’ y ‘1898. Los últimos de Filipinas’. La elección, por tanto, admite pocas dudas. Sin embargo… ¿tiene alguna posibilidad de ser elegida entre las cinco nominadas a los Oscar?

Si echamos un vistazo a la lista provisional de competidores, en la que todavía faltan pesos pesados como Francia, Canadá, Irán y la mayor parte de los países latinoamericanos, la debutante Carla Simón lo tiene difícil: el austriaco Michael Haneke (‘Happy End’), quien ya lo ganó con ‘Amor’; el belga Michaël R. Roskäm (‘Racer and the Jailbird’), nominado en 2012 por ‘Bullhead’ y que ya ha rodado en Hollywood (la fabulosa ‘La entrega’); el sueco Ruben Östlund (‘The Square’), reciente Palma de Oro en Cannes y que ya estuvo nominado en los Globos de Oro por la anterior ‘Fuerza mayor’; el pujante noruego Joachim Trier (‘Thelma’), que rodó la anterior ‘El amor es más fuerte que las bombas’ en inglés y con actores y producción estadounidense; o Ildikó Enyedi, la directora húngara cuya ‘En cuerpo y alma’ suena fuerte como una de las favoritas tras arrasar en la Berlinale.

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En comparación, ‘Verano 1993’ no tiene ni grandes nombres ni grandes premios detrás. Pero sí una gran historia, un terrible drama autobiográfico narrado por Simón con extrema sensibilidad y enorme sutilidad. Eso es a lo que hay que agarrarse. A que, como está ocurriendo en todos los países donde se está estrenando (desde Francia hasta Argentina, sin olvidar su reconocimiento en el festival de Berlín), la emoción que transmiten sus delicadas imágenes, sus planos secuencia de un naturalismo casi milagroso, lleguen con la misma fuerza a los votantes de los Oscar.

La belleza, potencia expresiva y capacidad emotiva de la película catalana deberían ser suficientes motivos para nominarla. Pero, en el caso de que no lo sean, hay otros dos que pueden ayudar: el SIDA y la niña protagonista. ‘Verano 1993’ es un drama íntimo y localista. Sin embargo, aunque no sea un objetivo principal para la directora, admite una lectura social y global. Secuencias como la de la herida en la rodilla, la charla en la carnicería o la conversación final sobre la causa de la muerte de los padres, ponen el acento en el miedo, el desconocimiento y los estigmas asociados al VIH. Quizá estas sutiles pero contundentes referencias a la realidad social, unido al siempre llamativo trasfondo autobiográfico, sirvan para aumentar en algún votante la consideración de la película.

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Y luego está la niña. Frida (Laura Artigas) es heredera de la Ana Torrent de ‘Cría Cuervos’, una de las principales referencias que ha manejado Simón para su película. La afortunada decisión de la directora de adoptar el punto de vista de la pequeña huérfana consigue que el espectador, como en la obra maestra de Carlos Saura (o como en la más reciente ‘Ponette’), haga suyo el recorrido que hace la niña desde la incomprensión de la muerte y sus problemas de adaptación a un nuevo entorno –familiar, geográfico, cultural-, hasta su catártica asunción. Obviamente, ‘Verano 1993’ no es la típica “película con niño” que tan bien funciona en los Oscar, pero podría pasar por una –una muy buena- para algún votante despistado.

Sea elegida o no, de momento su elección ha servido para reestrenarla en toda España. Y eso, aunque haya que pagar el peaje del doblaje, ya es triunfo. 8,5.

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