‘Heartstone’, el difícil despertar homosexual en la preadolescencia

Por | 13 Abr 18, 9:28

Islandia siempre ha sido más conocida por sus músicos que por sus cineastas. De hecho, resulta sorprendente que un país cuya población cabe casi en Móstoles haya dado tantos artistas relevantes: Björk, Emilíana Torrini, Sigur Rós, Múm… Sin embargo, en los últimos años, esto está cambiando. No hay festival de cine que no incluya una película islandesa. La mayoría se llevan premio. Y, lo más insólito, se estrenan en España: ‘Rams’ (mejor película de Un Certain Regard en Cannes), ‘Corazón gigante’ (premios en Tribeca y la Seminci), ‘Sparrows’ (Concha de Oro en San Sebastián), ‘De caballos y hombres’ (Premio Nuevos Realizadores en San Sebastián)… También está el caso de Baltasar Kormákur. El director, hijo del pintor catalán Baltasar Samper, ha construido una sólida carrera internacional combinando trabajos en su Islandia natal (‘101 Reikiavik’, ‘Medidas extremas’) con otros en Hollywood (‘Contraband’, ‘2 guns’, ‘Everest’).

La última película islandesa en llegar a España es ‘Heartstone’. El debut de Guðmundur Arnar Guðmundsson (prueba a pronunciarlo) se estrena tras pasar con éxito por el festival de Sevilla (donde se llevó el premio LGTB) y antes por el de Venecia (donde también se llevó el mismo galardón, el Queer Lion). Si nos fijamos solo en su argumento, ‘Heartstone’ no se distingue apenas de los cientos de relatos de iniciación homosexual (muy bienintencionados pero la mayoría poco estimulantes cinematográficamente) que puedes ver cada año en cualquier muestra de cine LGTB. La diferencia, como ocurría también en la brasileña ‘A primera vista’, hay que buscarla en la forma de su narración y en el contexto en el que se adscribe. Y ahí es donde esta película muestra toda su fortaleza.

‘Heartstone’ está ambientada en un pequeño pueblo islandés. Es verano. Los dos amigos protagonistas se pasan el día pescando, bañándose e intentando ligar con dos vecinas. El director y guionista (la historia es autobiográfica) sigue sus correrías combinando los primeros planos de los interiores, cálidos y sensuales, con las grandes panorámicas de los espectaculares pero también gélidos e inclementes paisajes de la isla. Esta dialéctica estilística funciona como eficaz metáfora del conflicto que viven los personajes; el contraste entre un entorno natural de gran belleza, donde los adolescentes se pueden mover y expresar con enorme libertad, y la pequeña comunidad rural, opresiva, desestructurada, hostil y homófoba.

Aunque la película se termine haciendo más larga que el invierno islandés (su narración es algo monocorde y repetitiva), consigue mantener el interés del espectador gracias a su seductora atmósfera, la ambigüedad con la que está tratada la identidad sexual de sus protagonistas (que parece ir definiéndose casi en tiempo real), su inspirada selección de canciones (GusGus, Sigur Rós, Torrini), y varios detalles de puesta en escena cargados de sutileza y emotividad. Como muestra, la bonita alegoría, llena de esperanza, que se hace con el pez escorpión. Un pez raro y feo, al que los chicos desprecian y matan cuando lo pescan en grupo, pero que devuelven al mar con delicadeza cuando lo atrapan en la intimidad. 7.

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