Adiós a Roger Quigley (At Swim Two Birds, The Montgolfier Brothers), un crooner alternativo sin suerte

Por | 19 Ago 20, 14:55

Triste noticia para los fans del indie británico de finales de los 90 –y no, no hablamos ni mucho menos de Britpop–: el polifacético artista Roger Quigley, conocido por sus trabajos en solitario y sobre todo por los proyectos At Swim Two Birds –su alias en solitario tras publicar como Quigley– y The Montgolfier Brothers junto a otro héroe del indie británico, Mark Tranmer de Gnac; fallecía a los 51 años este martes 18 de agosto, en Manchester. Lo hacía de manera repentina, según reporta hoy el sello sevillano Green UFOs, que se encargó de distribuir sus discos en España.

En un precioso obituario (asumimos que firmado por su director Rafael López), dicen que recordarán «a Roger por su voz casi rota, por su eterno optimismo, por su elegante forma de disfrutar de la vida, por su enorme modestia, por su ácida crítica política y por su chaqueta de cuadros incluso en los días de calor». Destaca también el cariño que Quigley dispensaba a nuestro país, «que visitó en numerosas ocasiones para llevar a cabo diferentes giras y actuar en varios festivales y al que buen seguro le hubiese gustado volver una vez más». Y también, en su fragmento más bonito, destaca su visión del arte: «Para Roger, natural de Salford, un suburbio de Manchester, la música nunca fue un fin en sí mismo. Nunca buscó la fama, nunca le importó el dinero… Las canciones eran simplemente una forma de llegar a los demás y relacionarse con ellos, la excusa perfecta para compartir una pinta o una copa de jerez».

Como buen mancuniano nacido a finales de los 60, es evidente que Roger Quigley se empapó de primera mano de la carrera de The Smiths. Se reflejaba ya en las primeras canciones que publicó como Quigley a mediados de los 90. La melancolía de Marr, Morrissey y compañía empapaba su EP debut de 1995, ‘A Kind of Loving’, si bien su enfoque enmarcaba esa melancolía en una tímida electrónica lo-fi, muy en boga por la época. Aquello atrajo al sello francés Acetone Records, que tras algún single suelto más publicaba en 1998 su álbum debut ‘1969 Till God Knows When…’ Ahora sabemos que «Dios», la providencia o lo que sea tenía en mente este terrible 2020. Aquellas canciones ya hablaban de un estilo más personal, atmosféricas en sus ecos y sus repeticiones obsesivas, conectándole con el ambient pop de coetáneos como Piano Magic… o Gnac.

Aquel era el proyecto de Mark Tranmer, también oriundo de Manchester, que casi a la vez que Roger publicaba su debut ‘Friend Sleeping’. La conexión entre ambos fue inmediata, y pronto se concretó un dúo bajo el nombre de The Montgolfier Brothers, los pioneros de la navegación aérea en globo aerostático. Los paisajes casi cinematográficos de Tranmer (que ha citado, además de a The Durutti Column, a Michael Nyman o Ennio Morricone como sus mayores influencias musicales) se convertían en el vehículo perfecto para la voz doliente pero cálida de Quigley. Así quedaba probado en los tres discos tan maravillosos como poco conocidos como ‘Seventeen Stars’ (1999) –que, junto a joyas como ‘Even If My Mind Can’t Tell You‘, contenía una de las canciones más emotivas que uno haya escuchado jamás: ‘Between Two Points‘–, ‘The World Is Flat’ (2003) –ambos en Poptones, el sello de Alan McGee después de su salida del mítico Creation Records– y, tres lustros después de su primer disco, un ‘All My Bad Thoughts’ que cerraba un triángulo inmaculado de pop precioso, poético, exquisito y evocador.

Al margen de su carrera con Tranmer, Quigley siguió cultivando su propio cancionero, pero ya bajo el alias de At Swim Two Birds –no podía sino escoger para rebautizarse el título de la obra maestra del novelista irlandés Brian O’Nolan–. Así lanzaba en 2003 un ‘Quigley’s Point’ que, sin apartarse del todo del proyecto con Mark, se abría a espacios más luminosos, con bases rítmicas incluso bailables (‘Darling’), pero sin perder la elegancia. ‘Returning To the Scene of Crime’ (2007), alternaba brillo y oscuridad, y ‘Before You Left’, publicado en 2009, era el último disco en solitario de Roger (que sepamos). Siempre con la atemporalidad por bandera, alineándose con el romanticismo de crooners contemporáneos como Jay Jay Johansson y Morrissey, ganándose con sus canciones un sitio en el corazón de muchos (no los suficientes) para siempre.

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