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‘La caza’ se despide discretamente, sin cumplir objetivos

Desaparecida‘, ‘El pantano’, ‘La verdad‘, ‘Bajo sospecha‘… He perdido la cuenta de los whodunit reguleros españoles que me he tragado. Un tipo de ficción nacional que ha entretenido en décadas pasadas atreviéndose a huir del target más familiar, pero que se ha quedado un poco viejuno al lado de series de alcance internacional como ‘Vis a vis’ y sobre todo ‘La casa de papel‘.

Con proyectos como ‘La caza’ (nada que ver con el peliculón homónimo… o casi), este tipo de ficciones subsisten en el prime-time nacional de las cadenas generalistas, quizá por poco tiempo. Dicen los datos de audiencia que la segunda temporada de ‘La caza’ ha sido un enorme fracaso. Si bien la primera, ‘Monteperdido’, lograba sumar 2 millones de espectadores y un 14% de share hace ya casi un par de años, esta nueva, ‘Tramuntana’, se ha quedado en la mitad. Y a nadie sorprende demasiado.

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La protagonista de la serie Megan Muntaner (Sara) ha hecho muy bien en hablar en las entrevistas con naturalidad de los bajos datos de audiencia, amparándose en que la serie sí ha tenido éxito «en diferido». RTVE sostiene que ‘La caza’ es la serie más consumida «a la carta», empatada con ‘Cuéntame’, sumando cada semana más de 500.000 espectadores al millón que sí lo ha seguido, estoicamente, cada miércoles por la noche. El público se ha acostumbrado a consumir este modo de «thrillers» en modo atracón, cuando le apetece, y no cuando una cadena decide que tiene que acabar El Tiempo; y por el tipo de producto que es, nos creeremos los datos de la cadena pública en un acto de fe (¿un empate? ¿justo?).

Seguro que el futuro de este tipo de ficciones tan poco atractivas para nuestros padres es el de la televisión a la carta. Pero no se puede acabar ahí la crítica que hacer de la serie. Es cierto, como apuntan en Vertele, que la eliminación del access prime-time por parte de RTVE, que agradecemos todos los seres humanos con ese raro vicio llamado dormir, ha podido jugar en su contra. Ahora este tipo de productos tiene que competir con dos programas con un público tan fiel -y parecido- como son El Hormiguero y El Intermedio.

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También es cierto que han pasado casi 2 años entre temporada y temporada por obra y gracia de la covid-19. Sin embargo, también lo es que la serie no ha logrado desarrollarse como esperábamos. La primera temporada se situaba en los Pirineos para hablarnos de la desaparición de dos niñas que habían sido secuestradas con apenas 10 años, sufriendo abusos en lo que parecía una pequeña red de tráfico de menores. Y la segunda temporada se ha trasladado a Mallorca pero tan sólo para contarnos lo mismo y, de manera totalmente improbable, con los mismos dos protagonistas de la primera temporada, que tras liarse coinciden en este nuevo escenario por gracia divina.

Como si estuvieran allí de vacaciones, los investigadores Víctor y Sara, que ciertamente tienen muy buena química entre sí, él en su papel de fucker con su corazoncito, y ella pasando de todo, entregada al trabajo; han tratado ahora de averiguar qué misterio se oculta detrás de la muerte y abusos de unos adolescentes con problemas, adoptados por una serie de padres, a cual más necesitado a su vez de ser adoptado por alguien.

Si el recurso de mostrar un posible culpable por capítulo de la primera temporada se ha quedado un tanto viejuno, no podemos decir que la segunda temporada haya añadido mucho más. Félix Gómez, muy crecido tras su paso por Masterchef, era una de las mayores nuevas bazas, solo que aquí fingiendo un humor de perros que no casa mucho con él, y deambulando por allí y por allá sin mostrar excesivo interés ni resolver demasiado durante capítulos y capítulos. En esa coyuntura, el foco se ha ido poniendo poco a poco en la vida personal y pasada de Sara, en sus traumas infantiles, en su conexión con esta isla.

La bipolaridad de Carrie en ‘Homeland’ parece una referencia para el desarrollo de este personaje, aunque ‘La caza’ no empieza siquiera a exprimir las muchas posibilidades que su supuesto problema mental podía dar. Si recordáis aquel capítulo en el que Carrie cree estar besando a Brodie o el final de la penúltima temporada de ‘Homeland’, sabéis de lo que hablo. Aquí, más que para confundir al espectador con la frontera entre imaginación y realidad, más que para mostrar diferentes faces del personaje o su derrota total, su problema de salud parece que ha servido más que nada para aportarnos unos campechanos cameos de Beatriz Carvajal.

Han contado el creador Agustín Martínez y también el protagonista Alain Hernández que terminar este rodaje ha sido un suplicio. Se tuvo que interrumpir por la covid-19 la pasada primavera, y cuando se pudo retomar en junio de 2020, hubo que reescribir escenas, volver a grabar ciertas cosas, y vivir con el temor de que tras Mallorca aguardaba más rodaje en Madrid en iguales o peores condiciones. Cada día se sentía el terror de que alguno de los actores o alguna parte fundamental del equipo diera positivo en los tests previos. Quizá esas circunstancias no fueran las idóneas para desarrollar una serie como esta, de cierta vocación oscura y con cierta ambición paranoide, no tan apta para todos los públicos, y tampoco valiente, que ha terminado por quedarse a medias.

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