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Alfred García / 1997

Lo mejor: 'Praia de Moinhos', 'Mi canción', 'Si algún día', 'Someday'
Te gustará si te gustan: de Leiva a Bon Iver
Escúchalo: Youtube

En medio de la gira de presentación de ‘1016‘, Alfred García decidió retirarse de los escenarios para cuidar su salud mental. Había perdido la ilusión por el que supuestamente era el oficio de sus sueños. Como ha cantado Billie Eilish este año: «things I once enjoyed / just keep me employed now». Los tiempos en que era un músico desconocido de jazz (o del underground) que disfrutaba tocar música sin las presiones de la industria quedaban atrás una vez salió de Operación Triunfo convertido en un icono de masas. Así que Alfred decidió tomarse un descanso, volver a casa y tratar de reencontrarse consigo mismo.

La historia suena manida, tanto como titular un disco con tu año de nacimiento, pero Alfred ha sabido sacar provecho de su «hiatus» y volver con un segundo trabajo que le coloca definitivamente en la dirección de la evolución y la madurez.

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Alfred ha explicado que, si ‘1016‘ «cuenta la vida del artista» (su debut se titulaba con el número de casting con el que se presentó a la Academia), ‘1997’ «cuenta la vida de la persona, la que la gente no ve», pero ‘1997’ no es un disco conceptual aunque a veces parezca que tira por esa dirección. El góspel inicial ‘Jesus Gave Me Water’ regresa efectivamente al día de su nacimiento a través de la voz de Mercedes Cortés Alfaro, sampleada directamente de un disco de su hijo, Roberto Fonseca, el primero de jazz que cayó en manos de Alfred; y en el final de ‘For So Long’ suena una grabación de la voz de Alfred en la época en que era apenas un infante y cantaba el «cumpleaños feliz» a su madre.

Tampoco necesita ‘1997’ enmarcarse dentro de ninguna coartada sesuda. A Alfred, esta vez, le han salido bastantes buenas canciones que hablan por sí solas. Algunas huyen de la estructura típica de canción pop para fluir como el líquido que aparece en la portada del disco, como el épico pop-rock de ‘Just a Light’, que parece solo un viaje hacia el glorioso estribillo; o ‘Someday’, que se debate entre los vocoders y las texturas folk de Bon Iver y el optimismo melódico de Stevie Wonder. Es un buen ejemplo del sonido «híbrido» que presenta el largo, en palabras de su autor, pero desde luego no el único.

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En ‘1997’ el concepto de híbrido también queda plasmado en las muchas colaboraciones que contiene el disco, 6 en una colección de 12 pistas. Parece darse una pequeña contradicción en el hecho de que un disco supuestamente tan personal abra su puerta a tantos invitados y, en ocasiones, Alfred se «hibrida» tanto con ellos que su firma se termina diluyendo: ‘Mi canción’ con La La Love You es un estupendo tema… de La La Love You y la canción titular, que cierra el largo, cede todo el protagonismo a los estiramientos vocales de Niño de Elche, mientras Alfred queda en un extraño segundo plano. La colaboración de Albert Pla funciona en la bonita balada tradicional ‘Si algún día’, de ecos mexicanos, pero suena forzada en ‘Contigo’ porque Denis Rosenthal acapara un lugar que Alfred podría haber usado de otra manera. ¿Quizá otorgando más espacio a los instrumentos?

A solas, Alfred no va tan cojo en el disco como pueden sugerir tantas colaboraciones o a veces también sus letras. La Americana ‘Otra Liza’ con KURT se plantea que «la vida es más precisa entre tus piernas y mis pies» en una canción que rima «pies» con «calle Tallers» y luego «calle Tallers» otra vez con «pies». Pero los textos de ‘1997’ no dan tantas ganas de salir corriendo esta vez. Las canciones espirituales tienen sentido aunque no lo parezca en un principio, pues Alfred ha recibido una educación católica, y las personales enternecen como ‘Si algún día’ cuando Alfred y Albert le piden a su «niña» que les de «su amor más sentido». La filosofía de bar de ‘Los espabilados’ sí incita a coger un avión a Neptuno, pero la lírica de Alfred ya no carga tanto con la losa de la pretenciosidad como antes.

Un ejemplo es ‘Praia dos Moinhos’, otra de esas canciones de pop-rock geográficas que tanto le gusta hacer al pop español (le falta una mención a la noche de Madrid) pero que permanece en la realidad, no en los laberintos semánticos de Izal; y la metáfora de ‘Toro de cristal‘ como persona que finge una imagen de dureza pero en realidad se rompe al primer contacto es francamente bonita aunque los ecos tropicales de la producción no sean tan atractivos. Y, al margen de las letras, las canciones de ‘1997’ ganan enteros gracias a la autoridad con las que las canta Alfred. Él es una de las voces más distintivas del pop español actual pero, en ‘1997’, con tanta gente de por medio, irónicamente no se nota tanto, aunque a veces no sea para mal.

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