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‘Flee’: el documental animado que marca un hito en la historia de los Oscar

Nunca había ocurrido nada igual. Nunca en la historia de los Oscar un filme había estado nominado al mismo tiempo en las categorías de mejor película de animación, mejor documental y mejor película internacional. ‘Flee’ venía pisando fuerte en la temporada de premios. Tras ganar en Sundance a principios de 2021 (mejor documental internacional), no ha parado de recibir nominaciones. A veces como documental (ha ganado en los Gotham), otras como animación (la mayoría de las asociaciones de críticos estadounidenses la han premiado en esa categoría), otras veces en las dos (en los premios del Cine Europeo), y algunas, pocas, como filme extranjero (es donde menos posibilidades tiene).

En un principio, ‘Flee’ iba a ser un documental de imagen real. El director Jonas Poher Rasmussen es documentalista, no animador. Sin embargo, para contar la historia de su amigo Amin se encontró con un obstáculo. Amin (nombre ficticio) es un refugiado afgano que llegó a Dinamarca de adolescente huyendo del régimen talibán. Ha pasado su vida ocultándose: primero de los talibanes, luego de la policía rusa durante su estancia en el Moscú postsoviético, y más adelante del departamento de inmigración danés. También se ha ocultado sentimentalmente, ya que tuvo que esconder su homosexualidad para sobrevivir en una sociedad -la afgana y no digamos la talibán- profundamente homófoba.

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Por todo ello, Amin no quería aparecer en un documental. Para proteger su identidad, el director recurrió a la animación. Siguiendo el camino abierto por la extraordinaria ‘Vals con Bashir’ (2008), ‘Flee’ recrea la biografía de Amin combinando las imágenes documentales de archivo, que ayudan a contextualizar históricamente el relato, con los dibujos animados. Estos a su vez se dividen en dos, según su estilo: una línea clara para narrar la vida del protagonista a través de sus testimonios (la voz que escuchamos es la suya) y otra más expresionista para reflejar sus sentimientos, su visión subjetiva del drama que vivió.

También son muy importantes las canciones. Del ‘Take On Me’ de A-ha que escucha el protagonista de niño en un walkman por las calles de Kabul, al ‘Joyride’ de Roxette cuando alberga esperanzas de huir a Suecia, pasando por el ‘Veridis Quo’ de Daft Punk cuando va por primera vez a un bar gay. Los temas que suenan en ‘Flee’ ayudan a situar cronológicamente la historia y a transmitir el estado de ánimo, la forma de ser e incluso la identidad sexual del protagonista.

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El resultado de esta combinación de recursos estilísticos y narrativos es una visión del drama de los refugiados que huye de la sensiblería y los lugares comunes. ‘Flee’ abraza la experiencia íntima, el testimonio en primera persona, el viaje interior, como forma de expresar una realidad exterior, una enorme tragedia humana, a la vez que denunciar una vergonzosa injusticia social.

La pena es que Poher Rasmussen no lo consigue plenamente. Por culpa de algunos bajones de ritmo y un problema de guión, del orden en el que se proporciona cierta información (no voy a espoilear) al espectador, el drama del protagonista termina llegando al final algo atenuado, sin toda la fuerza emotiva que pretende el director, casi como un anticlímax, con la sensación de que no es para tanto.

Aun así, a pesar de ese desequilibrio, ‘Flee’ es una película notable. Un ejemplo más –‘La imagen perdida’ (Rithy Panh, 2013) sería otra muestra imprescindible-, de las posibilidades expresivas y dramáticas existentes en los documentales de animación.

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