¿Ginebras están de bajón? ¿Nuestras Ginebras? Esa puede ser la impresión si, como carta de presentación, te has topado con ‘Mundo hostil’. El título no engaña: un órgano un tanto fúnebre abre una dramática balada muy años 50, en la que irrumpen glitchs marciales, sobre echar de menos a alguien muy fuerte y muy de repente: “Si el amor mueve el mundo, mi mundo es un mundo hostil”.
¡Pero que no cunda el pánico! Tal como están de bajón, están de subidón. Puede sonar contradictorio, pero Ginebras defienden una cosa y también la otra. Igual que no podemos surfear eternamente una ola de entusiasmo, tampoco las caídas duran para siempre. Grosso modo, esa sería la tesis de ‘Donde nada es para tanto’, un título que ya relativiza la tendencia al drama. Magüi, Sandra, Raquel y Juls enfrentan, con su humor característico, las mierdas que sobrevienen en la adultez. “Lo único que pasa es que tienes 30 años”, resumen en un momento dado en ‘Intervención’.
Pero arrancar, no puede arrancar más animado: con pildorazos y alegría sónica. En ‘Mi diario’ se preguntan: “¿Por qué solo escribimos cuando estamos en la mierda? Acaso no merezco recordar las cosas buenas?”. Es un himno 100% Ginebras, de punk-pop acelerado, coreable, ¡y con lo-lol-los! En ‘Rechazada’ viva’ asumen con júbilo el rechazo como aprendizaje, en otra tonada muy infecciosa. Y está el ochentismo sensual y tropical, muy onda Seguridad Social o Danza invisible, de ‘Come aquí’, que casi parece una canción de un olvidado anuncio de zumo de frutas.
La melancolía arranca con ‘Gigantes’, una bonita balada muy Beatles. Y en esa fina línea entre estar en la mierda y venirse arriba, fluctúa una de las mejores canciones del disco, ‘Con las chicas en Berlín’: o cómo los buenos recuerdos (de estar de fiesta en Berlín) son la mejor manera de sobrellevar las épocas flojas. Y tiene un giro final estupendo: después de su estructura tan ECDL, rompe en un dance-trance machacón muy divertido. El final con ‘El bosque’ no puede ser más melodramático y… descacharrante. Es una balada pastoral, con guitarra acústica, arreglos, pajaritos… Magüi se va exaltando y acaba estallando en esta excursión al bosque existencialista, tierna y graciosa.
Un par de cosas más que destacar: se ha acabado el name-dropping. Aquí, aparte de amigas y amigos, solo se nombra de pasada a Olivia (¿Rodrigo? ¿Dean?) y a Bisbal. Y las canciones, aunque sigan retrotrayendo a muchas cosas, desde compañeros generacionales como Mujeres o Hinds, al pop comercial español de los 90-80, a lo que más suena es a… ellas. Este es su disco más robusto, más cohesivo y personal. Más Ginebras.
