“No tengo miedo, igual que tú no eres gay”, “rezo por los incel”, “como rocas y plantas”, “qué dices cuando conoces a mujeres azules” (¿como la de la portada?)… La lírica de Aldous Harding opera en una lógica distinta a la convencional; en algunos casos parece un conjunto de sintagmas creados al unir palabras de forma aleatoria, a ver qué surge. El efecto es incómodo pero sugerente, como historias inconexas provenientes de un sueño. O de una pesadilla. Como escribió Hélène Cixous, “lo siniestro («uncanny») afirma una grieta allí donde uno desearía estar seguro de la unidad”, y pocas descripciones encajan mejor con el extraño efecto que producen las canciones de Harding.
El quinto disco de Aldous Harding incluye varios pasajes inquietantes, como ese de la pista titular, donde la neozelandesa describe el momento en que un «hombre le toca la pierna» y ella «piensa en reaccionar como una niña»; mientras que en ‘I Ate the Most’ frases como “tenía nueve años cuando abandoné mi cuerpo” o “a veces como hasta que vomito” parecen contextualizar esa historia o aludir a otras.
Hay alusiones en ‘Train on the Island’ a una “medicación que me ralentiza la cabeza”, a estar posiblemente “en el espectro”, o a una sensación de “aislamiento” psicológico, pero no todo es tan oscuro como parece. En pasajes de ‘What Am I Gonna Do?’ o ‘Coats’ se suceden aparentes recuerdos felices de la niñez (“me siento de dos años y medio, tengo bechamel en la cara”) o la posibilidad de conexión, con esa sugestiva rima: “No puedo comprar la solución, pero comeré si tú comes a mi lado”. En este sentido, el título del disco evoca una imagen de movimiento dentro de un lugar cerrado, aislado y sin salida aparente. La del ciclo del trauma, por ejemplo.
Podemos establecer conexiones con un estado psicológico fragmentado, disociado. La acción de comer se repite a lo largo del disco, sin abandonar cierto tono cómico en algunas letras e historias, como la referencia a un chico gay o, en ‘One Stop’, la descripción de un encuentro con John Cale mientras Aldous “recogía el escenario y él comía arroz”. Pero ningún análisis sesudo “resolverá” los puzles líricos de Aldous, escritos no tanto para ser entendidos como para crear texturas emocionales a medio camino entre la cercanía incómoda y un surrealismo impenetrable.
Aldous, que ha producido ‘Train on the Island’ de nuevo junto a John Parish en un estudio de Gales, vehicula estas historias a través de canciones en su mayor parte sosegadas, arraigadas en la tradición americana, aunque su enfoque tampoco es convencional. Incluso composiciones como la intrigante ‘I Ate the Most’ -con ese teclado exquisito de fondo- o la sencillez pianística de ‘Train on the Island’ o ‘One Stop‘ parten de una aparente simplicidad para, en el fondo, contener cierta inquietud.
Las canciones de ‘Train on the Island’ -arregladas en su mayor parte con la instrumentación típica del folk-rock- transmiten una tranquilidad incómoda, incluso cuando melodías como la de ‘Venus in the Zinnia’ junto al galés H. Hawkline -aparentemente dedicada a una flor, aunque esconde más misterio del que parece- admiten mayor luminosidad. Gran parte de esa peculiar sensación proviene de la voz de Harding, situada muy cerca en la mezcla, y que en ‘Worms’ usa su registro más apático y disociado, mientras que en ‘Coats’ canta autodoblada, alternando sus registros más grave y agudo a la vez.
El poder de su voz -Aldous es una de esas vocalistas de timbre mutante, capaces de interpretar personajes– se hace evidente en ‘Riding That Symbol’, por su condición de canción acústica, pero podría decirse que ‘Train on the Island’ es vocalmente uno de los álbumes más contenidos de Harding. En realidad, el disco esconde otras cartas a nivel compositivo e instrumental.
‘One Stop’, siendo un single evidente, hace un uso casi vanguardista del piano, sonando inestable y casi disonante. Pero otras piezas arriesgan más: ‘If Lady Does It’ es una de las más sorprendentes, no tanto por sus aires de jazz, cambios de tempo y diversos tonos vocales, sino porque parece empezar in media res, como a mitad de canción, y después parece reiniciarse varias veces. En la faceta jazzística, ‘San Francisco’ contiene un teclado tocado con gran gusto, mientras la letra dialoga literalmente con la de ‘One Stop’, recuperando a modo de mantra uno de sus pasajes.
La vibra de ‘Train on the Island’ sigue mayormente esa línea “americana” ligeramente retorcida, y por eso ‘What Am I Gonna Do?’ destaca incorporando percusiones y texturas cercanas a la “exótica” de los años 60, incluyendo exuberantes acordes de arpa. La despedida con fade out de ‘Coats’ se acompaña de un arreglo vocal fantasmagórico, reforzando la idea de que la música de Aldous Harding no pide ser entendida ni mucho menos interpretada literalmente. Puede que el puzle de ‘Train on the Island’ nunca se resuelva del todo, pero el misterio nos mantendrá enganchados, haciéndonos volver al álbum una y otra vez.
