Tiene razón Manuel Carrasco cuando afirma que la prensa se fija más en lo de fuera que en lo de dentro; solo así se explica que nos enfrentemos a discos como los de Maisie Peters, casi igual de arduos que los suyos. Peters canta en inglés, pero sus metáforas simplistas, arcos narrativos binarios y composiciones previsibles no engañan a quien les preste un mínimo de atención.
Peters es una de las sensaciones pop de los últimos años más apegadas al folk de Taylor Swift. ‘Florescence’ es su tercer disco y el que más lleva al extremo esta fórmula, ya que abandona por completo los experimentos electrónicos de su trabajo anterior, ‘The Good Witch’ (2023), aunque la falta de ambición compositiva acaba siendo un lastre en un álbum demasiado repetitivo.
‘Florescence’ utiliza los códigos instrumentales del country y el folk, inclinándose hacia una fórmula de cantautora pretendidamente seria. Las melodías y los arreglos de guitarra, cuerda, violín y metales son competentes y agradables, así como el vocoder puntual en ‘Audrey Hepburn’, pero las canciones resultan planas y sobreproducidas, algo evidente en la balada acuática ‘If You Let Me’ con Marcus Mumford o en esas percusiones de ‘Vampire Time’ que fuerzan la épica emocional.
Estructuralmente, las canciones de ‘Florescence’ siguen formas pop muy cerradas, incluso fácilmente remezclables en clave electrónica. Pero Peters parece obsesionada con el crescendo fácil, recurriendo a él una y otra vez a lo largo de 15 temas, mientras la mayoría de pistas repiten desarrollos predecibles. Y lo mismo ocurre con unas letras llenas de dicotomías simples y metáforas banales.
Centradas siempre en los vaivenes del amor romántico desde una lógica de buenos y malos, las canciones de ‘Florescence’ usan imágenes muy directas y accesibles, pero también tan cuestionables como “el amor era un mito, ahora es mi café de la mañana” (‘Audrey Hepburn’), “fui tu pedestal y lo único que me diste fueron astillas” (‘Kingmaker’), “me sacaste del mercado y ahora yo te llevo al Ritz” (‘My Regards’) o “te pienso en lugar de comer, y ahora peso menos que cuando te conocí” (‘You You You’), equiparándose a lo peor que el pop mainstream puede ofrecer.
Como narradora, Peters adopta un punto de vista adolescente, por lo que quizá el target sea otro, pero la adolescencia nunca estuvo reñida con la profundidad, como demuestra Lorde. Las canciones de ‘Florescence’ resultan sencillamente inmaduras para una persona de 26 años, como lo son las de Drake teniendo él casi 40. ‘Mary Janes’, por ejemplo, es una bonita canción folk con trompeta, pero su mensaje “no soy como las otras chicas” recuerda al peor Ed Sheeran, y la comparación no es casual, ya que comparten productor: Joe Rubel. Peters no es como las it girls de las redes, pero juzga a quienes sí lo son.
Más sospechoso resulta que Peters se sitúe siempre en una posición moralmente superior frente a los sujetos que analiza. El ejemplo más claro es ‘Houses’, la única canción de su discografía 100% escrita por ella. Entrega una buena melodía y un concepto interesante centrado en un “loser”, pero su análisis del personaje es superficial, moralizante y poco empático. En ‘Questions’, con un estilo más Natalie Imbruglia, lo pone en bandeja: “¿te sientes que has perdido el único buen puerto en tu tormenta? Ahora vives una vida miserable”. Ella es el puerto, el refugio, claro, pero con estas letras, ¿nos fiamos de ella?
Las imágenes en blanco y negro (“You were the god and I was the puzzle”; “I was the redwood, you were the flame”) son recurrentes en ‘Florescence’ y contradictorias. “I hate the afterparties, I want forests”, canta Peters, pero nunca desarrolla esos bosques que tanto menciona, prefiriendo insistir en las mismas imágenes sentimentales de siempre. ‘Old Fashioned’ le permitía cierta mala baba, pero este retrato de un hombre que persigue a chicas más jóvenes vuelve a ser literal (“Meanwhile you swan around and hunt the college towns”) y poco ocurrente.
‘Say My Name Is Your Sleep’ es quizá la canción mejor resuelta del conjunto: explora el deseo de atormentar a un ex incluso después de la ruptura sobre un country pop contenido y eficaz. Aun así, piezas como ‘Audrey Hepburn’ o la final ‘Nothing Like Being in Love’ -cuyos pianos recuerdan más a ‘Evermore’ que a ‘Folklore’-, o estribillos como el de ‘Flat Earther’, están abordados con gusto, si bien su fórmula de pop-folk optimizado para el consumo rápido acaba agotándose, después de casi 50 minutos.
El problema es justamente ese: si el mainstream anglo pretende vendernos profundidad envuelta en folk, se agradecería que fuera profundo de verdad, y no el enésimo reducto de Taylor Swift que no da la talla. Habrá quien se sienta identificada con sus historias, pero las composiciones de Maisie Peters agradecerían menos tics y más matiz en su próximo trabajo. Nada peor que un disco pretencioso que no está a la altura de su propia pretenciosidad.
