La carrera de Brandon Flowers en solitario no se desarrolla de manera paralela, al margen de los Killers. Alguien pudo entender que su segundo álbum, el notable ‘The Desired Effect’, producido por Ariel Rechtshaid, iba donde el grupo original ya no iba a atreverse. Pero el tercer disco del artista por su cuenta parece más bien una continuación de los últimos trabajos de los Killers, los infravalorados ‘Imploding the Mirage‘ y ‘Pressure Machine‘, en los que la influencia de Bruce Springsteen era muy palpable.
El Boss está presente aquí también, especialmente en ‘Tiger’s Blood’, aunque sobre todo ‘THRASHER’ es un homenaje a la música country, grabado en Nashville, y con músicos tan legendarios como Bruce Bouton (Garth Brooks) a la «steel guitar», el octogenario Charlie McCoy (Bob Dylan) a la armónica, David Rawlings (Gillian Welch) a la guitarra y Margo Price a los coros, entre muchísimos otros. La excusa para este álbum llamado «TRILLADORA», así en mayúsculas, es recordar la infancia que Brandon pasó en Nephi, un pequeño pueblo de Utah de 7.000 habitantes, en el que vivió de los 8 a los 16 años.
No obstante, este no termina nunca ser ese disco personal con el que conozcamos mejor quién es Brandon Flowers, pues las letras a menudo están llenas de generalidades, situaciones imaginadas y sobre todo, historias de terceras personas. Completamente desconectada del mundo, ‘Does It Ever Cross Your Mind?’ habla del estupendo momento que vivimos y de «lo maravilloso que es estar vivo». ‘One of Us’, como homenaje a un cuñado fallecido, incluye frases de dudoso gusto («hiciste de mi hermana una mujer honesta») y The Guardian señala a la historia interracial de ‘Angel’ como «o bien racista o bien crítica con el racismo, aunque de ambigüedad igualmente condenatoria».
La historia de un deportista negro que se casa con una chica blanca, sin la aprobación de la familia, y luego termina metido en drogas con una pistola de por medio no logra ser el nuevo ‘In the Ghetto’ medio siglo después. Hoy por hoy es un cliché. Tanto como la producción del álbum, predecible incluso en las manos de Jonathan Rado, que aparca a un lado todo el brío y el riesgo que solían aplicar Foxygen. En ‘Paradise’, el tema con prominente banjo que no podía faltar, suena una campana después de que escuchemos la expresión «until the bell rang». Ese es el nivel.
Entre las pocas canciones confesionales que se salen de la norma, la sentida ‘Miss Americana’, aunque el tema pierde algo de fuerza cuando descubres que, pese a estar entonada en primera persona, esa «Miss Americana» que sufre acoso sexual a los 12 años, no es Brandon Flowers, sino su hermana. Y entre las pocas sorpresas desde el punto de vista de la producción, encontramos al grupo de mariachis Los Camperos de Jesús Chuy Guzmán, que logran elevar una «Red Ground» que ya apuntaba a ser uno de los «highlights» del disco. «Take Me Back» es uno de los estribillos más emocionados de este álbum y el único que recordar en el futuro.
Si Brandon Flowers pretendía hacerse con una décima parte del público de Morgan Wallen, o en su momento Garth Brooks, no lo ha conseguido. El álbum ha quedado en el puesto 196 del Billboard 200. Si lo que quería era que le conociéramos un poco mejor y le valoráramos como autor, el extraño encuentro con Elvis Presley en un Tesla retratado en ‘An American Dream’ no era el camino. La mejor arma de Flowers sigue siendo su bonita voz -siempre tan Roy Orbison-. Pero para los que compramos en 2015 el vinilo de’The Desired Effect’ con mucha curiosidad, la idea de ir a una tienda para comprar este álbum es demasiado peregrina.
