Los últimos años han sido intensos profesionalmente para Nate Amos. Su banda junto a Rachel Brown, Water from Your Eyes, ha logrado despegar en la escena indie rock contemporánea desde el lanzamiento de ‘Everyone’s Crushed’. Poco después rescató su proyecto en solitario This Is Lorelei, nombre bajo el que llevaba publicando música anárquicamente en Bandcamp desde hacía años, con el original ‘Box for Buddy, Box for Star’, un trabajo que hablaba de su reciente sobriedad y que despertó pasiones entre músicos como Hayley Williams, Waxahatchee o MJ Lenderman, todos ellos invitados en su versión Super Deluxe. En medio de todo esto, pulió diez de sus canciones antiguas y las reunió en ‘Holo Boy’, lanzado a finales del año pasado.
Debido a esta apretadísima agenda, tiene sentido que su nuevo álbum, ‘The Singer in My Band’ (su primero en Matador Records), evoque a las carreteras, a esos viajes en plena gira atravesando las llanuras estadounidenses. En él aparecen todo tipo de personajes y situaciones extravagantes narradas con la peculiar mirada de Amos, que aquí ejerce como una suerte de trovador de la América profunda, ofreciendo su versión del bluegrass y la música country tan arraigada a su país.
El artista no solo homenajea al folk estadounidense, sino que también propone una celebración de la familia. Su padre, el artista de bluegrass Bob Amos, colabora con un gran solo de banjo en la canción titular, mientras que su hermana Sarah presta su voz en varios cortes como ‘Billy Came Back’ o ‘Watching Heaven Fall’ y su pareja Al Nardo lo hace en ‘And I Haven’t Seen My Love in Quite a While’. El álbum transmite esa cercanía familiar con unas composiciones cálidas y una narrativa que siempre resulta atractiva, en la que se pasean diferentes personajes como Billy, Joey, Sarah o uno de los protagonistas de su discografía, Bobby.
En ‘Billy Came Back’, Amos traslada al oyente a un bar en algún lugar remoto de Estados Unidos para contar la historia de Billy, una leyenda local del karaoke que no necesita ni “ver la pantalla porque se sabe todas las letras y lo que significan” y que tiene una voz que parece que canta “desde el fondo de un profundo mar azul”. Las guitarras cristalinas envuelven la canción en una melancólica poesía. El jangle pop y el country se vuelven a unir en ‘Watching Heaven Fall’, que narra con humor las desventuras de unos personajes que ansían una libertad que su pequeño mundo no puede ofrecerles.
‘The Kid With the Crown’ también recoge elementos del power pop, como la distorsión instrumental del estribillo y la luminosa melodía, y los mezcla con tonos country rock, como esa línea de bajo serpenteante que recorre la canción. Igualmente, ‘Oh No Now My’ propone un interesante cóctel de influencias indie rock y americana, comenzando con un riff enroscado y un patrón de batería que termina desembocando en un solo de guitarra, cuyo sonido recuerda ligeramente al de una gaita.
Más tradicional es el bluegrass de ‘And I Haven’t Seen My Love in Quite a While’, sobre dos amantes separados. Lo que en un principio parece una canción de ruptura, poco a poco va desvelándose como una auténtica tragedia: el narrador, interpretado por Nate, está muerto. Lo sabemos cuando aparece la voz de su chica, Al: “Aunque te hayas muerto/ sigues cantando todas tus canciones sobre mí”. El tono es ligero y hasta socarrón, pero en los últimos versos, cantados por él, la emoción aflora: “Dices, “cada vez que oigo tu voz lloro, porque ahora solo escucho tu voz en mi mente” y yo digo “cada vez que veo a mi amor sonrío, y no he visto a mi amor en mucho tiempo””.
En ‘I Will Eat My Heart in the Morning Light’, Amos abre el disco con una especie de paradoja. La música fluye como una brisa cálida que invita a adentrarse en los paisajes que dibujan la guitarra acústica y la batería, mientras que la letra refleja un periodo vital en el que el narrador está completamente estancado: “No tengo ficción que enviar al futuro / no tengo nada que regalar al pasado”. Si allí asentaba el tono narrativo del proyecto, en ‘Don’t You Cry Lonesomeness’ lo culmina con una balada de guitarra eléctrica en la que el artista se despide con ternura, ofreciendo un refugio al oyente, una promesa para combatir la soledad. Algo que encapsula lo que se siente al escuchar las historias que pueblan ‘The Singer In My Band’.
