Que Lady Gaga haya tenido un bebé por gestación subrogada ha generado un enorme malestar entre una parte de nuestra audiencia, como hemos visto durante los últimos días en comentarios, en nuestros foros -donde básicamente gente que piensa lo mismo ha terminado insultándose- y sobre todo en nuestra cuenta de Instagram.
En esta red cientos de usuarios y sobre todo usuarias comentaban indignadas. Mima Trona escribía: «las mujeres no se alquilan y los bebés no se compran». Anna nos pedía corregir un titular: «No han tenido a su primera hija, la han comprado». Elba indicaba: «Así es como se abre la ventana de Overton. Se le llama gestación subrogada a otra explotación más del cuerpo de las mujeres en nombre de la libertad y así es como nos vamos cargando los derechos humanos a pasos agigantados. Qué lindo nos está quedando el capitalismo». Ester añadía sobre la legalidad del proceso: «En California es legal comprar personas y también matarlas, que hay pena de muerte». Entre 798 comentarios en una publicación que llegó a 300.000 perfiles, era difícil encontrar un comentario positivo.
En 2016 la periodista sueca Kajsa Ekis Ekman escribió para The Guardian un artículo llamado «Toda subrogación es explotación», muy crítico especialmente por lo que implica en cuanto a desigualdad, por la explotación que supone hacia países más pobres, y a mujeres desfavorecidas. Documentaba también algunos casos en los no se suele pensar: gestantes que han muerto durante el proceso de embarazo, o personas que subrogaron un bebé y luego rechazaron al niño por tener malformaciones. Decía su texto, que recomiendo leer al completo:
«Puede que la gestación subrogada haya estado rodeada de un aura de felicidad al estilo de Elton John, con adorables recién nacidos e ideas sobre la familia moderna, pero tras esa imagen se esconde una industria que compra y vende vida humana. Un ámbito donde los bebés se fabrican a medida para satisfacer los deseos de los ricos del mundo; donde la madre no es nada —privada incluso del derecho a ser llamada «mamá»— y el cliente lo es todo».
Por otro lado, creo que es relevante recordar cuál ha sido la labor social de Lady Gaga hasta ahora. En 2024 actuó en el mitin final de Kamala Harris, pidiendo el voto para los demócratas mientras decenas de superestrellas estadounidenses -por mencionar un par, Bruno Mars o The Weeknd- decidían no mojarse para no perder fans. Mientras la mayoría de músicos no revelaba a quién iba a votar, si es que votaba en absoluto para la que está siendo una de las legislaturas más grotescas de la historia de Estados Unidos, ella dio la cara jugándosela ante una de las personas más poderosas del mundo. «Sé muchas cosas de Lady Gaga», había llegado a amenazar Trump en 2020, cuatro años antes.
Sin ser racializada ni persona trans, se ha involucrado profundamente con la causa migrante y con la causa LGTBIQ+. Esto último no hace falta explicarlo, pues hace 15 años que fue la primera persona en introducir la transexualidad en un número 1 en Estados Unidos, y después, solo por poner un ejemplo, se opuso firmemente al «don’t ask, don’t tell» del ejército estadounidense. También ha sido muy valiente criticando la política migratoria de Trump, clamando contra el ICE, y celebrando incluso que Bad Bunny la derrotara a ella misma al recoger su Grammy a Álbum del Año este 2026, porque era el momento de visibilizar a la población latina de este país.
En 2016 apareció con Joe Biden en un acto por la solidaridad y el activismo en la Universidad de Nevada, y después cantó en su investidura. Ha colaborado con Live Aid o Cruz Roja y ha participado en campañas contra el VIH y el sida. También ha contribuido muy vivamente a normalizar los problemas de salud mental, en el que puede constituir uno de sus más importantes legados. Digamos que ha hecho por un mundo mejor, bastante más que la media.
Eso no le da carta blanca para todo, lógicamente, y es comprensible que ahora haya decepcionado a su base de fans. Quizá es porque estamos acostumbrados a tenerla en el lado correcto de la historia -aunque se desconoce oficialmente su postura sobre Palestina-, que el choque es mayor. Si Nicki Minaj, que acaba de declarar que «simplemente le encanta Trump» porque «le parece muy gracioso» y es «fácil conectar con él», tuviera un hijo por gestación subrogada, la noticia duraría 2 minutos en primera plana, porque ya nadie espera cordura por su parte.
Sin embargo, precisamente por eso, quizá deberíamos pararnos a pensar 2 minutos si debemos cancelar a Lady Gaga por esta cuestión, o simplemente no podemos permitirnos ese lujo en este momento histórico, porque en la mierda de mundo que se nos está quedando, la necesitaremos como aliada para otras causas, de manera desesperada.
No conocemos su historia ni sus razones, muchos no querrán conocerlas y otros sí, ante la abundancia de casos de gestación subrogada que nos rodean. Lo que sí conocemos seguro es el momento en el que estamos. Lady Gaga vive en un país donde se ha votado como presidente a un tipo que cree que a las mujeres hay que «agarrarlas del coño», que califica la violencia de género como «pequeña pelea conyugal, no un crimen» o que retira fondos para la transición de género porque lo considera «políticas bárbaras». Todo esto en cuanto a feminismo, sin entrar en su política exterior, basada en el belicismo, ni en una peregrina política de aranceles que depende de su humor de cada mañana.
Este sinsentido se ve agravado cuando los mensajes de odio se premian en las redes sociales, dominadas por 3 oligarcas. Cuando los posts que destilan violencia llegan más lejos porque generan más «engagement», es urgente que tendamos puentes en lugar de derribarlos, especialmente con las personas que han mostrado una sensibilidad mínima por algún tipo de causa común. Hace poco conocí a alguien y casi me sorprendió comprobar después en redes que era activista. «¡Pero si eres un rojeras!», le dije, bromeando. «Estamos en extinción» fue su respuesta. Y es cierto. Hoy resulta que «tener pinta de trabajar en una ONG» se ha convertido en algo despreciativo, que incluso genera violencia. Ese es el mundo real en el que habitamos.
Mientras la derecha y la ultraderecha avanzan sin dilema moral ninguno -ellos votan contra el aborto y luego abortan, votan contra el divorcio y se divorcian, votan contra el matrimonio gay y luego hacen uso de él-, los progresistas aún parecemos esperar concordar con todo en nuestro círculo, con nuestros ídolos, en absolutamente todas las causas, sin que falte ni una sola, ni perdonar ni una sola falta. «Entran 3 personas de izquierdas en un bar, y salen 4 partidos», decía un chiste. ¿Cuántas guerras se han perdido por estar divididos? ¿De verdad están las cosas como para que podamos elegir aliados?