Hace unos días visité la exposición ‘Vanguardias Rusas’ en el Museo Thyssen-Bornemisza. Era domingo y estaba muy lleno de gente. Y eso que no es gratis, como el Reina Sofía. La exposición se divide en cinco partes. Las cuatro primeras se centran en los artistas rusos prerrevolucionarios y muestran los movimientos artísticos que surgieron en las dos primeras décadas del siglo XX y que, inspirándose en las técnicas desarrolladas por los autores occidentales más modernos, encontraron formas de expresión nuevas.
Así, en ‘La Lección De Los Bárbaros’ se muestran obras de Kandinsky, Malèvich o Goncharova que aún presentan ciertas características del arte tradicional ruso. Estampas de señores bigotudos con su familia, luchadores de wrestling ruso, y campesinos. A mí me pareció un poco rollete, la verdad, pero como introducción para mostrar el arte existente entonces en Rusia vale.








Apartando las diferentes cortinas de gasa que cuelgan desde el techo en las salas 4, 5 y 6 del Musac de León, nos encontramos con la obra de esta artista suiza que empezó su obra en la década de los 90. Juegos de luces, sombras, colores psicodélicos y música hipnótica son las herramientas que utiliza para llevar al espectador al terreno de la fantasía, en la cual no faltan personajes tales como ninfas desnudas, árboles paradisíacos e imágenes muy sensuales. Así contempla un mundo en el que los sentidos son los protagonistas, desde una perspectiva diferente: tumbados en unas camas interconectadas como si de un árbol se tratase (con mantitas incluidas). Una manera de llevar el mundo de los sueños a la vida real. Elena.










