‘Caníbal’, carne cruda con poca sal

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‘Caníbal’, carne cruda con poca sal

CanibalPodría parecer que ahora se ha puesto de moda alabar una película simplemente porque incluye algún que otro plano secuencia. Pero tratándose de un recurso narrativo tan arriesgado como efectivo, es justo aplaudir las pocas veces que se usa con atino. Claro que nada tiene que ver el que abre, por ejemplo, ‘Gravity’, con el que abre ‘Caníbal’. Un plano secuencia pero también estático y aparentemente inofensivo hasta que una ventanilla de coche se sube para revelarnos que no es un director con su cámara, sino un monstruo con su obsesión, el que vigila a una pareja repostando en mitad de la noche en una gasolinera.

Lo que sigue a este plano es, probablemente, una de las secuencias de terror más impactantes del cine español. Y lo es, curiosamente tratándose de una película con un título tan directo como este, sin hacer en ningún momento abuso del morbo, de la sangre ni de la violencia explícita. Recursos que desaparecen de la pantalla para dejar sitio a la elipsis, la austeridad y la distancia, tres constantes en la propuesta narrativa de Manuel Martín Cuenca que logran, durante las casi dos horas de duración de la película, que el espectador sufra la pulsión asesina del protagonista, pero sin llegar nunca a implicarse en su conflicto vital. La forma se ha comido al fondo, y el vacío es la sensación que te llevas a casa cuando se encienden las luces de la sala sin que todavía te haya dado tiempo a reposar esta historia de un sastre granadino que llena su nevera de carne humana.

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Una historia que sientes que te habría dejado más satisfecho si se hubiese dejado de lado la honesta pero fallida apuesta de contar al monstruo desde su psicología simbólica y, en su lugar, se hubiera tirado más por el camino del miedo primitivo que provoca esa secuencia inicial en la gasolinera y, sobre todo, la ya famosa caza nocturna en la playa, otra de esas muestras de que con muy poco se puede conseguir demasiado.

En cualquier caso con esas dos escenas queda claro que el problema de empatía con ‘Caníbal’ no es cosa de Antonio de la Torre, que va enfilado a por otro Goya que sumar a su carrera en una racha que recuerda a la de Javier Bardem, Carmelo Gómez o Luís Tosar, expertos en eso de convertirse en los actores que lo ganaban todo.

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Tampoco hay que culpar del frío en la pantalla a su compañera de reparto, la rumana Olimpia Melinte, que suple con su mirada, sus lágrimas y sus silencios lo que no puede dominar con las palabras. Tampoco es cosa del director, del equipo técnico ni del guionista. Simplemente se han tomado riesgos creativos que, por desgracia, esta vez no funcionan. No al menos de manera inmediata, ya que solo cuando pasa el tiempo y vas dejando que se posen las ideas caes en la cuenta de que dejarte con ese desconcierto durante días igual era la verdadera intención principal de la película. Que puede que seas tú, y no los otros, el que ha fallado esta vez y que el recuerdo, que es donde acaba viviendo el cine de nuestra vida, termine haciendo justicia a este ‘Caníbal’. Esperando estoy. 6,5

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