Clásicos Que Nunca Lo Fueron: ‘Van Lear Rose’ de Loretta Lynn

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Clásicos Que Nunca Lo Fueron: ‘Van Lear Rose’ de Loretta Lynn

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Título: ‘Van Lear Rose’
Artista: Loretta Lynn
Sello: Interscope (2004)

Con el country comercial convertido en una poción tóxica, hace ya tiempo que lo más interesante que ocurre en él se produce en los márgenes de la página principal. Pero los artistas veteranos que se hicieron un nombre hace décadas en esa escena mainstream se han encontrado totalmente desubicados en este “nuevo orden”, demasiado viejos y auténticos para el country-pop hueco de Blake Shelton o Taylor Swift y a la vez demasiado mainstream para los recovecos alternativos. Pero de vez en cuando se cuela por las rendijas un disco como éste, que sucede contra pronóstico y que da en la diana sin premeditación, una pura serendipia. Jack White no había planeado hablar con Loretta Lynn de grabar juntos cuando ésta invitó a los White Stripes a conocer su rancho después de saber que en los créditos de ‘White Blood Cells’ le habían dedicado el disco a ella. Sin embargo, mientras curioseaban por la casa, Jack vio un cuaderno de páginas amarillas con algunos versos garabateados, y preguntó a Loretta qué era aquello. Cuando ésta le respondió que eran “canciones que he escrito, nada especial”, y le explicó cómo aquella primera, que empezaba “One of my fondest memories…” estaba dedicada a su madre, nació el germen de una colaboración entre dos artistas que se llevaban más de cuarenta años.

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Loretta Lynn es la última gran matriarca del country femenino después de la muerte de Kitty Wells en 2012, de la que fue (igual que Patsy Cline) discípula, pero cuando se produjo aquel decisivo encuentro estaba en sus horas más bajas artísticamente hablando. Su disco de 2000, después de casi una década retirada, pasó desapercibido y sólo incluía una canción escrita por ella. Sin embargo, convencida por el brillo en los ojos de ese fan de 29 años, aceptó gustosa el experimento de grabar un disco con todas esas canciones que a su compañía no le interesaban, acompañada por White y parte de los Greenhornes -un grupo de rock y no de country- y ver qué ocurría.

El resultado fue una suerte de biografía musicada, en capítulos desordenados pero llenos de emoción, humor y violencia, a los que la sangre joven de sus músicos instilaba energía y espontaneidad. Sin la sofisticación estilística de una banda de country, las canciones de ‘Van Lear Rose’ suenan llenas de frescura o crudeza, según conviene en cada momento. El disco fue grabado en ocho pistas analógicas, no como alarde “retro” sino con la intención de sintetizar la esencia de las canciones y capturarlas con poca instrumentación y en un estadio primitivo, en dos o tres tomas máximo.

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El tema ‘Van Lear Rose’ supone un comienzo esplendoroso: la voz cristalina de Lynn, acompañada de acordes de guitarra eléctrica que anticipan country-rock más que country, cantando al recuerdo de su madre. A menos de un minuto se siente uno un poco como tras abrir la primera página de una novela ya enganchado y con los ojos enrojecidos: ‘Van Lear Rose’ es un hermoso microrrelato del romance entre sus padres, tal como se lo contaba de niña su padre, un minero pobre de Butcher Holler, en Van Lear, Kentucky. La imagen que traza de su joven madre es sublime: “como un diamante en el carbón”. Según cuenta, “ella cruzaba caminando el patio de la mina / y los mineros le gritaban alto y fuerte / y soñaban con quién terminaría cogiendo la Rosa de Van Lear”. El country es por definición el género ideal para las historias emocionantes, tengan redención final o no. En este caso el final es feliz: “Entonces una noche de mediados de julio / bajo aquel viejo cielo azul de Kentucky / Aquel chico pobre ganó el corazón de aquella belleza”.

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La continuación, con ‘Portland, Oregon’, revela ya en la segunda canción que estamos ante algo bastante más osado que un disco de country al uso. Su patrón de ritmo y guitarras slide la hacen mucho más cercana al rock de Led Zeppelin, como si Robert Plant hubiese grabado su disco a dúo no con Alison Krauss sino con sus antiguos compañeros de grupo y una cantante de country que es bisabuela. La letra no revela mucho, pero en una entrevista en la CBS meses después Loretta confesó que contaba la historia de la ocasión en la que, loca de celos por las infidelidades de su marido, decidió simular en el bar del hotel que tenía un lío con el guitarrista del grupo. Según contaba, cuando subió a la habitación su marido les esperaba borracho y con una pistola. La compleja relación marital de Loretta Lynn sobrevuela el disco y su vida entera, como veremos luego. En el vídeo oficial se recreaba la localización del bar, con Loretta cantando a dúo con Jack y dándose un beso en mitad de la canción.

La canción concluye con un final furioso, perfecto para tan turbulenta noche en Portland hace tantos años ya, final que conduce inmediatamente a otra de las canciones estrella de la cara A, ‘Trouble on the Line’. Es una preciosa balada country en compás de 3/4 que trata sobre los problemas de comunicación entre dos amantes, metaforizados en esos “problemas en la línea”, llena de “interferencias” y “mala conexión”. Arreglos más tradicionales, acústica, bajo, pedal steel y voz componen esta delicia con un hallazgo melódico que pocos imaginarían en una septuagenaria. Y todo en dos minutos veinte, como en los viejos tiempos. La voz de Loretta (según White “la mejor cantautora femenina del siglo XX”) suena frágil, se rompe a veces, pero eso no hace sino añadir carácter a su excelente interpretación: hermosa y sutilmente desesperada.

Family Tree‘ es otra viñeta costumbrista de tiempos pasados: la protagonista se presenta en casa de la mujer que le robó el marido (y “quemó su árbol familiar”), con su bebé, el perro y las facturas: “no vengo a que nos peguemos / lo haría si él fuese un hombre mejor / no me ensuciaría las manos con basura como tú”. Junto con ‘Portland Oregon’ y otros cortes de este disco, pertenece a una saga de canciones en la que Loretta se hizo especialista, por no decir directamente que inventó ella: canciones de mujer despechada en las que la rabia se dirigía principalmente a “la otra” («You Ain’t Woman Enough (to take my man)«), o a castigar al marido con leves penas (‘Don’t Come Home Drinkin’ (With Lovin’ On Your Mind)’). En la pacata sociedad norteamericana de la época (público aficionado al country especialmente) este tipo de letras le ganaron la reputación de “feminista hillbilly”, cuando su mensaje era en realidad bastante inofensivo y complaciente con los escarceos del sexo masculino, que en el caso de su pareja fueron constantes durante décadas. Pero no hay que olvidarse de los orígenes humildísimos de esta nativa de Kentucky a la que casaron con 14 años con su marido, Oliver “Mooney” Lynn, y al que permaneció fiel durante 48 años. “Según la forma en la que me educaron, una simplemente no se separa”. En su entrevista a la CBS habló de agresiones físicas de su marido («narices llenas de sangre, ojos morados»), pero quitándoles importancia, en un clásico cuadro de justificación del maltratador, al que definía con la inquietante frase “fue mi amante y mi padre”. Las canciones de Loretta encierran siempre esa esquizofrenia del enganche con la pareja destructiva y a la vez el odio hacia ella. El resultado siempre es dolor, que Lynn cristaliza en canciones bellas pero sombrías como ésta.

Después del blues rock de ‘Have Mercy’, con los controles puestos un tanto en piloto automático aunque ofrece un oportuno cambio de tono y sonido, llega ‘High On A Mountain Top’ – de nuevo Loretta en plena forma compositiva y vocal, con coro hillbilly incluido, y referencias festivas en la letra al género bluegrass (“de donde yo vengo las flores brotan salvajes / la hierba azul se mece como si no fuese a desaparecer nunca”). Además, más notas autobiográficas: su padre sacando paladas de carbón y su tío, quien “sacaba el violín, enceraba el arco / y todos cantábamos y bailábamos / Y no vamos a parar, cuando el «moonshine» fluye detrás cada roca”. Reminiscencias en definitiva de una era desaparecida hace décadas.

‘Little Red Shoes’ cierra el capítulo de la cara A de forma literaria: Loretta narra una historia de cuando tenía once años mientras los Greenhornes y White le hacen un acompañamiento perfecto, ambiental, lo suficientemente bonito para resultar atractivo pero sin interponerse en el relato. La combinación es exquisita, mientras Loretta narra esa dura historia de su infancia, en la que su madre roba unos zapatos rojos para ella cuando tenía cinco años y estaba enferma, para que pudiese caminar de regreso a casa tras ser rechazada en un hospital por no tener dinero.

La música de ‘Little Red Shoes’ es composición de Jack White, la única en un disco en el que se limitó a ser un “facilitador”, montando un grupo que no estorbase demasiado pero interviniendo en los arreglos cuando veía posibilidades. Muchos han comparado ‘Van Lear Rose’ con el renacimiento de Johnny Cash de la mano de Rick Rubin, pero sin discutir el valor de esos discos, el logro de ‘Van Lear Rose’ me parece mayor, porque los discos de Cash no son realmente de country, y porque eran todo versiones, al contrario que en el caso de Loretta Lynn.

La cara B se abre con ‘God Makes No Mistakes’, una miniatura de temática polémica, la del Dios que no se equivoca y es justo más allá de la comprensión humana, con versos en la línea de unos nefastos principios morales, digamos, gallardonianos (“¿por qué ha nacido este bebé, todo retorcido y deforme? / No somos quiénes para cuestionarnos lo que hace. Dios no se equivoca”). Ya hemos hablado de los orígenes rígidamente tradicionales de Loretta, y no es nuestro papel criticar las creencias de una septuagenaria educada en el temor a Dios. Musicalmente es una pieza plácida y triste al mismo tiempo, y establece un tono que continúa en ‘Women’s Prison’, otro de los grandes tesoros del disco: una composición poderosa con toque áspero, la historia de una mujer despechada que asesina a su novio y es condenada a muerte: sus lacrimógenos estribillos (“La multitud grita afuera «que muera la asesina» / Pero por encima de ellos oigo a mi madre llorando”) son acentuados por guitarras eléctricas distorsionadas, que de nuevo basculan el disco hacia el rock, sección central de riffs incluida. Dramatismo expresionista muy lejano de la cárcel de mujeres de, pongamos, Wanda Jackson, más moralista y acomodada.

‘This Old House’, casi otro dúo con Jack White, sirve de minúscula transición acústica: la batería se convierte en simple bombo y pandereta, el pedal steel en dobro. Se trata de una sencilla sucesión de estrofas, sin cambios ni estribillos, siempre comenzando con “si esta vieja casa pudiese hablar…”. En cualquier caso es extraordinaria: en menos de dos minutos la sensación final es de añoranza y mucho dolor, de duda entre el recuerdo maquillado (“hasta echo de menos a la pareja que me hizo a sentir así”) y la admisión del horror: “Si estas paredes hablasen me romperían el corazón en dos / No soportaría que me recordasen las cosas que solíamos hacer / Ya no queda amor en esta vieja casa, así que la puse en venta”. Loretta conecta pues en este sombrío tema con aquella tradición oscura, de gótico sureño, que solía empapar la música country y que en algún punto del camino se perdió casi para siempre, empujada por las lentejuelas.

Un viraje de la ficción dramática de ‘Women’s Prison’ al terreno autobiográfico que sirve también de transición hacia una sección final del disco que recupera su tono testimonial. Y lo hace con las dos caras de la misma moneda: infidelidad y amor. En Mrs Leroy Brown, una excelente pieza uptempo con piano “boogie”, reconecta con su tradición de canciones de mujer engañada con el puño fácil (literal en ‘Fist City‘, la ciudad del puño). Entre amenazas de agresión (“voy a coger a esa rubia que se cree una estrella de cine por la coleta y la voy a hacer girar y girar”) y expresiones de rabia e impotencia, la ficticia señora de Leroy Brown intenta mantener la dignidad alquilando con el dinero de su marido una limusina rosa para ir a sacarle de los bares.

En ‘Miss Being Mrs.’ aparece el otro lado: con tan sólo el acompañamiento de la guitarra acústica de Jack White confiesa echar de menos a su marido, que falleció en 1996. O quizá simplemente echa de menos no ser viuda: «Cogí mi anillo de casada y me lo puse en la mano derecha / Echo de menos ser «la Sra. de» esta noche”. La canción supuso el segundo vídeo promocional del disco, que incluye imágenes excepcionales del rancho y la casa de Loretta.

‘Van Lear Rose’ culmina con ‘Story Of My Life’, que sirve como coda final llena de humor, un verdadero diamante para cerrar el disco, en el que repasa algunos de los capítulos perdidos en su relato: cómo conoció a Mooney, cómo él le compró una guitarra para convertirla en cantante, cómo para los 19 ya tenía cuatro hijos, su actuación en el Grand Ole Opry, la mansión que se compraron (“vaya, otra vez estoy embarazada”), o la película que se basó en su vida (“Coalminer’s Daugher”, interpretada por Sissy Spacek en 1980), de la que se comenta con humor “fue un exitazo / lo que me gustaría saber es dónde fue todo el dinero”.

En los compases finales de esta pieza de country uptempo Loretta concluye: “58 años casados y seis hijos después / Tras un montón de risas y lágrimas / Tengo que decir que me siento afortunada / No está mal para una vieja chica de Kentucky, supongo”. Frase que se podría aplicar, como conclusión, a ‘Van Lear Rose’: un disco que nació modesto, con intenciones puras. Lynn y White sólo intentaban hacer un buen disco que hiciese justicia a esas canciones olvidadas, y acabaron creando un clásico inesperado. Las emisoras de música country no programaron el disco, pero obtuvo cinco nominaciones a los Grammys y ganó dos, incluyendo el Grammy al mejor disco de country del año 2004. Jack White siguió su camino, los Greenhornes se especializaron en revitalizar viejas leyendas (Ronnie Spector en 2006, Eric Burdon en 2012) y Loretta Lynn, ya octogenaria, parece definitivamente retirada. Eso sí, el sello de Jack White -Third Man Records- reeditó en 2011 ‘Van Lear Rose’, que queda pues como capítulo final de la mitológica discografía de Loretta Lynn. No está mal para una vieja chica de Kentucky, suponemos.

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