Discos de la década: Amy Winehouse

Por | 07 Nov 09, 15:39

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En 2005, dos años después de su primer disco, Amy Winehouse conocería a Blake Fielder-Civil en Hawley Arms, un pub de su adorado barrio de Camden, Londres. Inicialmente, ambos saldrían juntos durante seis meses, hasta que él rompió para volver con su novia anterior. Las canciones del segundo disco de Amy, ‘Back To Black‘, son el reflejo del dolor que salió de esa ruptura, de las tortuosas recaídas y constantes idas y venidas. Para darles vida, sustituyó el jazz mezclado con hip-hop de su primer disco, ‘Frank‘, por un sonido soul mucho más puro, enriquecido por los Dap-Kings de Sharon Jones, pero de letras afiladas y valientes. Su voz, los expertos del género se han atrevido a compararla con la de Billie Holiday o Dinah Washington, muy por encima de la de varias coetáneas sin el mayor atisbo de personalidad, como Madeleine Peyroux, Joss Stone o la pobre Katie Melua, sobre la que Amy llegó a decir en antena, preguntada sobre si haría un dúo con ella, que preferiría contraer «sida de gato».


En la interesante pseudobiografía sobre ella que ha escrito el traductor de libros de jazz y música en general, crítico de cine y coordinador del Jubilee Jazz Club de Barcelona Joan Sardà, ‘La chica mala del pop rock’, el autor elogia por encima de prácticamente cualquier otra similar de nuestro tiempo, la gran calidad de su voz. Alaba el respeto con el que Amy ha tratado siempre el repertorio de los clásicos, prefiriendo material propio escrito por ella misma, su buen gusto al evitar orquídeas en el pelo como usaba Billie o su capacidad para mantenerse siempre fuera de lo establecido y de lo previsible.

En cierto sentido, Amy contiene un fuerte espíritu punk que se rebeló mucho antes de que conociera las drogas, cuando formó el dúo de hip-hop Sweet’n’Sour junto a su amiga Juliette Ashby cuando sólo era una niña, cuando tuvo que salir de la escuela de teatro de Sylvia Young porque debido a su comportamiento recibió una invitación para marcharse o cuando decidió prescindir de una indumentaria clásica para interpretar las canciones y ponerse en su lugar los complementos o el tipo de ropa (escasa) que le dio la real gana. Una tontería que le ha hecho destacar enseguida sobre sus compañeras del mundillo retro.

Es interesante comprobar en el libro de Joan Sardà cómo llegó al estrellato. A pesar de su salida de la Sylvia Young Theatre School, sí llegaron a conseguirle una prueba como cantante con la National Youth Jazz Orchestra, con la que consiguió pasar a cantar los fines de semana. Cuando hizo coros en una maqueta a un colega de clase de interpretación, Tyler James, una empresa cazatalentos se fijó en su voz, acudieron a un concierto de la orquesta de jazz en secreto, les gustó y consiguieron que grabara algo con el productor Major, que a su vez consiguió una cita con un magnate de Island Records. El resto es historia.

Dice Joan Sardà que ‘Frank’ era más Dinah Washington y ‘Back To Black’ es más Aretha y compara la evolución con la de otras muchas cantantes de jazz que a lo largo de su carrera se han pasado al soul. ‘Rehab’ tiene un ritmo prodigioso, curiosamente más marcado en las estrofas, donde brillan unos espectaculares arreglos de viento que se repiten, que en el estribillo, donde son más discretos aunque igual de brillantes. Otras canciones tienen puntos más ska, como ‘Me & Mr. Jones’, o gospel, como ‘Unholy War’, pero tanto Mark Ronson como Salaam Remi realizan un trabajo espectacular en todas, consiguiendo un conjunto coherente y en absoluto recargado a pesar de los millones de matices, por poner un ejemplo, las fantásticas palmas de ‘Rehab’.

Las letras no pueden ser más adecuadas para un género que nunca paró de dar vueltas alrededor del amor y la supervivencia. A su lenguaje a veces salvaje y callejero Amy les añade un toque aún más descarado, muy de nuestro tiempo. En ningún momento se corta ni un pelo. ‘Just Friends’, tras ‘Me & Mr. Jones’ (que parece referirse a un novio que le duró poco, Alex Jones-Donelly), ratifica ese punto autoparódico «somos un desastre», «qué tipo de mierda es esto» tan inherente al soul. Canta cosas totalmente clásicas, como «necesitamos tiempo para arreglar esta mierda juntos antes de que empeore / Quiero tocarte pero simplemente duele», aunque ‘Back To Black’ da completamente la campanada, con todo lo «torch song» que es, y con ese par de acordes de piano fatídicos y dolorosos que se repiten desde el principio, arranca con «no dejó tiempo para el arrepentimiento / mantuvo su polla húmeda / era su apuesta segura de siempre» (también destacable la frase «You love blow and I love puff»), e incluso ‘Addicted’ parece terminar concluyendo que la maría es más adicta que las pollas. Algo sobre lo que las girl-groups nunca llegaron a cantar, ni las viejas ni la oleada de nuevas, con las Pipettes a la cabeza.

Escándalos y morbo aparte, la belleza de algunas composiciones es indiscutible. ‘Love Is A Losing Game’, un tema sin estribillo con tres estrofas de rima casi perfectamente consonante, cada una independiente de las otras, cuya composición fue estudiada un buen día en una universidad junto a un poema de Walter Raleigh, ofrece una visión completamente pesimista sobre el amor, acompañada de unos acordes de guitarra preciosos y, de nuevo, un sutil arreglo de cuerda. El premio Ivor Novello a la mejor letra y canción no se hizo esperar.

‘Wake Up Alone’ es un perfecto retrato de lo que significa pasar un día en soledad, con pistas sobre lo que es una mañana en la vida de Amy mucho más informativas que cualquier foto robada por una revista del corazón, como esa escena en la que dice que está limpiando, pero que «por lo menos» no está «bebiendo». Aunque las más tortuosas serán ‘You Know I’m No Good’, sobre los celos, con su mítica frase «me olisqueaste como Tanqueray» (para ver si había estado con otro) y ‘Back To Black’, la más explícita sobre el regreso de Blake con su novia, que da título al álbum. El contrapunto optimista, como su propio nombre indica, lo pone ‘Tears Dry On Their Own’, un «ya saldré de esta» que reconoce como co-autores a Nickolas Ashford y Valerie Simpson por el parecido con ‘Ain’t No Mountain High Enough’.

Se desmarca de la temática del disco, aunque no totalmente, el himno ‘Rehab’, que cuenta los 15 minutos de Amy en el centro de desintoxicación, donde había ingresado a petición de su padre y de su agencia de management. Tras comprobar que allí no había piano, decidió largarse a su casa a tocar la guitarra y a escuchar a Ray Charles. La canción salió de un buen día en que daba un paseo por Nueva York con Mark Ronson, y le contaba este episodio, hoy mítico. Hay una certera penosidad en esa justificación «no soy adicta, es que estaba deprimida porque me había dejado mi novio». A la vista ha estado que después de este disco Amy nunca ha vuelto a estar a la altura de lo esperado en sus presentaciones en directo. No hay interpretación de ‘Back To Black’, la canción, que no haya arruinado de una u otra forma, pero ese carácter atormentado del final de este tema, ese volver a caer cuando pensabas que ya había acabado todo, alimenta, aunque no sepamos si es bueno, el sentido decadente de esta gran obra de arte.

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