No duerme nadie. Morente elevado a leyenda

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No duerme nadie. Morente elevado a leyenda

«En el flamenco no hay maestros; somos todos discípulos». (Enrique Morente a Àlex D’Averc en Rockdelux nº 235)

No es ningún misterio que a muchos amantes de la música de mi generación se nos quedó la cara a cuadros al ver aquel número 148 de la Rockdelux de enero de 1998. ‘Omega’, de Morente y Lagartija Nick, mejor disco nacional de 1997. ¿Qué nos estábamos perdiendo los pringaos que creíamos que nada podía ser tan intenso como PJ Harvey, Tricky o Manta Ray? En aquel disco Morente, un ya veterano cantaor granaíno, atrajo hacia sí la energía de los autores de ‘Inercia’ para domarla y ponerla al servicio del flamenco, su flamenco, en un momento histórico para la música de nuestro país.

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Este encuentro fue un verdadero prodigio, pero se antoja casi anecdótico tras habernos servido para adentrarnos en una vasta discografía que revela a un creador inconmensurable, a un artista en permanente búsqueda de límites, para transgredirlos, y caminos, para recorrerlos. A un paso del día de Navidad (en que hubiera cumplido 69 años), con ‘El barbero de Picasso’ (nuevo disco de estudio, continuación de ‘Pablo de Málaga’) a punto de publicarse, Enrique Morente Cotelo, El Granaíno, se ha ido.

Aunque en el ámbito del pop Morente será más recordado por el mencionado ‘Omega’ (un disco inspirado y basado en obras de Leonard Cohen y Lorca) y sus más (Sonic Youth, Amaral, Los Planetas) o menos (Sr. Chinarro, ruizpantaleón) sonadas colaboraciones, este payo del Albaicín debe pasar a la historia de la música, o mejor, del arte como un encendido y comprometido defensor de la libertad creativa. Llegó a Madrid con apenas quince años y después de curtirse en tablaos cantando para bailaores, paseando por el mundo entero lo que su maestro Pepe de la Matrona (discípulo, a su vez, de Don Antonio Chacón) le había enseñado, Morente tardó poco en demostrar que no era un cantaor dispuesto a comulgar con las barreras que la ortodoxia del flamenco se autoimponía (y, ojo, se autoimpone).

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Tras publicar dos álbumes con cantes clásicos, este joven que estéticamente estaba más cerca de Raphael que de Caracol, osó publicar (adelantándose a Joan Manuel Serrat) un álbum musicando poemas de Miguel Hernández, por entonces aún prohibido por la dictadura franquista, junto al genial Manolo Sanlúcar, iniciando así una constante en su carrera que le llevó a adaptar a poetas como Lorca, San Juan De La Cruz, los hermanos Machado o Jorge Guillén. Pero seguramente será más recordado por sucesivos encuentros musicales, a lo largo de su carrera, con culturas a priori inconciliables con el flamenco como sus trabajos con las Voces Búlgaras (con aquel mítico concierto en el BAM ’98 en la escalinata de la Catedral de la Mercé), en su ‘Misa Flamenca’, que incorporaba elementos de canto gregoriano, la música clásica como leitmotif de ‘Allegro Flamenco’, los toques jazz de Pat Metheny en ‘Morente sueña la Alhambra’ o la cultura del Magreb en los espectáculos junto a la Orquesta Andalusí de Tetuán, que han dado inspiración y valentía para la fusión (que nadie se acojone) a generaciones posteriores de músicos, flamencos o no.

Quedarse en esa faceta de Don Enrique sería algo futil y triste. Desde siempre, él ha declarado su profundo respeto y dedicación a lo jondo y sus maestros. Desde el mencionado Chacón y pasando por Sabicas (con el que grabó el magnífico ‘Nueva York / Granada’), Manolo Caracol o Ramón Montoya, toda su obra es una reivindicación de los cantes (y los toques) antiguos, luchando por la recuperación de palos casi perdidos o en desuso, o de las raíces menos conocidas de este arte (en ‘Negra, si tú supieras’, por ejemplo, incluía guajiras y palos propios de la época colonial, producto del intercambio económico y cultural entre Cádiz y La Habana). Y logró además, acercarlos a un público nuevo y joven, que quería aprender, vibrar y emocionarse con ellos. Por eso, uno de sus mayores logros ha sido ese afán por retorcer e inventar sobre los compases de martinetes, fandangos, malagueñas y siguiriyas, dándoles una profundidad y dimensión tan alejadas de convenciones como cercanas a la emoción pura, consiguiendo que los profanos del cante pudiéramos al menos sentir, sin necesidad de comprender, la envergadura de ese arte. En ese sentido, quizá ‘El pequeño reloj’ (2003) sea su obra culmen, equilibrando maravillosamente sus caracteres didáctico y experimental.

Ese valor se apreciaba especialmente en sus representaciones en vivo, con su cuadrilla. Comenzando habitualmente con un sobrecogedor martinete, ejecutado acapella con los cantaores formando un corro en torno al micro, los espectáculos habituales de Morente tenían una dinámica poco habitual en los encorsetados esquemas tipo «dos sillas, un cantaor y un tocaor» que, por supuesto, también dominaba. Y, como ya hemos comentado, no le amedrentaba enfrentarse en las tablas a los desafíos que él mismo planteaba en estudio. Sin ir más lejos, no hace aún ni dos años que celebraba el décimo aniversario de ‘Omega’ con una serie de actuaciones junto a Lagartija Nick, que le llevó a representarlo en escenarios como el FIB o el Primavera Sound. Quizá lo más duro de su pérdida sea pensar en no poder sentir nunca más en vivo uno de sus escalofriantes quejíos.

Más allá de su figura artística o, a la sombra de esta, estaba su talla humana. Alejando el falso chau chau sobre su carácter arisco, en las entrevistas (recuerdo especialmente sus visitas al programa ‘Duendeando‘ de Teo Sánchez en Radio 3) se mostraba como un conversador animado y cercano, con un imborrable sentido del humor socarrón, mostrando siempre una sincera humildad. Como dice su frase que abre el artículo, posiblemente su motor creativo fuera esa modestia que le hacía no sentirse un maestro sino un eterno aprendiz que debía continuar buscando.

Hoy, tristemente antes de lo que nos hubiera gustado, se ha convertido en una leyenda, en el mismo sentido en que lo es Camarón de la Isla, cuya carrera guardó ciertos paralelismos con la suya, llegando a compartir escenarios y enemistades en la ortodoxia flamenca. Nos deja vacíos, con la esperanza de que alguien (¿Estrella? ¿Poveda? ¿Arcángel?) pueda y quiera proseguir su búsqueda. Pero también deja en nuestras manos un inconmensurable legado que debemos proclamar como la obra de un artista universal inigualable, que debemos cuidar y venerar.

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