‘La mitad de Óscar’: desiertos emocionales

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‘La mitad de Óscar’: desiertos emocionales

‘La mitad de Óscar’ tenía a priori todas las papeletas para convertirse en la peli indie española de la temporada: había sido seleccionada para el festival de Gijón (donde son alérgicos al cine español más adocenado), su director Manuel Martín Cuenca debutó con la interesante ‘La flaqueza del bolchevique’ (2003) (no he visto ‘Malas temporadas’ ni el documental ‘Últimos testigos’), tiene un título muy sugerente y poético, un cartel precioso, una actriz estupenda (Verónica Echegui) y, esto ya es personal, ha sido rodada en uno de los mejores lugares en los que se puede estar en invierno: el Cabo de Gata.


Pero no. ‘La mitad de Óscar’ adolece de un importante defecto: el desequilibrio entre la puesta en escena y el discurso. La última película de Martín Cuenca está edificada sobre dos pilares fundamentales: el silencio y la elipsis. El silencio de una cámara quieta, estática, casi petrificada como el paisaje que filma; y el de una pareja llena de heridas emocionales donde es más importante lo que callan que lo que verbalizan, lo que esconden que lo que expresan. Y las elipsis, que cargan de sentido el espacio en off y construyen la película en la mente del espectador.

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Hasta aquí perfecto. Peliculón. El problema surge cuando traicionas esa elección de puesta en escena haciendo explícito lo que debería ser ambiguo, desvelando lo que debería estar velado. En mi opinión, el director peca de timorato. No se atreve a dar ese paso hacia la radicalidad de sus referentes confesos, Pere Portabella y Lisandro Alonso (o ver también, en contraposición, la extraordinaria ‘La línea recta’, de José María de Orbe), y rompe el silencio subrayando, masticando con la boca abierta, los dos momentos de mayor carga dramática del film: ¿qué ha hecho Óscar, y qué le pasa? 6.

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