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‘Shame’: depresión postcoito

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‘Shame’: depresión postcoito

Antes de debutar en el cine, el londinense Steve McQueen (no, no es el pariente negro del mítico protagonista de ‘Bullit’) ya era famoso por su actividad como escultor, fotógrafo y videoartista, sobre todo después de ganar en 1999 el prestigioso premio Turner. Durante los años 90, McQueen había realizado varias piezas de vídeo entre las que destacan ‘Deadpan’ (1997), la relectura posmoderna de la famosa secuencia de ‘El héroe del río’ (1928) de Buster Keaton, y ‘Drumroll’ (1998), un corto de imágenes múltiples captadas por tres cámaras montadas en un barril que el director hacía rodar por las calles de Manhattan.

Años más tarde, McQueen dio el paso al largometraje con ‘Hunger’ (2008), presentada en Cannes e inédita en las carteleras españolas. Un impactante biopic sobre el militante del IRA Bobby Sands, quien, para protestar por el tratamiento al que se veía sometido en la cárcel, empezó una huelga de hambre que lo llevó hasta la muerte.

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Si en ‘Hunger’ Steve McQueen utilizaba el cuerpo encarcelado de Michael Fassbender como instrumento político, en ‘Shame’ realiza la operación contraria: un cuerpo en libertad convertido en cárcel de quien lo habita. Más allá de la polémica por las dimensiones del miembro del actor (el suyo es, sin duda, el desnudo masculino de la temporada), el cuerpo de Fassbender es el gran protagonista de la película. Un cuerpo de un yonqui del sexo que busca acallar su angustia existencial a base de explotarlo, de exprimir hasta la última gota de placer que le pueda proporcionar. El protagonista utiliza el clímax sexual como combustible vital de la misma manera que su hermana (una conmovedora Carey Mulligan) necesita el amor como carburante asistencial.

Y es que ‘Shame’ es una de las películas sobre sexo menos lúbricas jamás filmadas. Un filme construido sobre el concepto de “petite mort”, de depresión crónica postcoito, donde el orgasmo se convierte en obsesión, en pegamento para cubrir profundas grietas emocionales. McQueen hace una crónica tan irregular como desoladora sobre un adicto al sexo. Irregular porque, a pesar de no caer nunca en la caricatura ni en el morbo fácil, a veces “pierde el tono” embelesándose en secuencias de belleza cosmética o desviándose (cuando no lo ha hecho en toda la película) con tremendistas golpes de efecto dramático. Desoladora porque pocas películas son capaces de trasmitir con tanta intensidad, como la terrible imagen de una angustiosa mueca de placer, la tragedia de un hombre encarcelado por los barrotes de su propio deseo. 7,5.

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