‘Los invisibles’: no tengo miedo al futuro

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‘Los invisibles’: no tengo miedo al futuro

Puede parecer frivolidad y estoy seguro de que muchas veces lo es, pero los homosexuales no tenemos complejo de Peter Pan por gusto, sino por miedo a afrontar un vacío del que no tenemos referentes porque nuestros mayores, a diferencia de los vuestros, simplemente no existen. Y no porque no estén ahí (aunque a algunos les joda tampoco nos curamos con la edad), sino porque a diferencia de las parejas heterosexuales que pudieron llegar a viejos dentro de una sociedad que aceptaba su estado, los homosexuales de determinada edad han estado condenados a vivir toda la vida un amor escondido, prohibido, o lo que es peor, ignorado. ¿Acaso existen los que de ellos nadie habla?

Acabar con esa invisibilidad forzada es precisamente lo que consigue el título francés ‘Los invisibles’, ganador del César al Mejor documental y reconocido en festivales como Cannes que estos días podemos visionar en España dentro de la sección oficial del Atlántida Film Festival. Una ocasión única para darnos cuenta de que en un país en el que muchos afirman que no tenemos ya nada que reivindicar, todavía nos falta derribar algunos tabúes que nos permitan crecer como sociedad.

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Porque sí, es decisión de cada uno querer mirar a los ojos a un rostro arrugado y cansado para escuchar sus vivencias, allá cada cual con su manera de afrontar la edad, pero nadie debería estar privado de compartir su amor en público ni tampoco de permitir a los que vienen detrás empaparse de esa tradición oral que de generación en generación pasan los abuelos a sus nietos en un gesto hoy totalmente impensable para los de nuestra condición.

Y aunque sea sólo a través de unos pocos testimonios y en una pantalla de televisión, esto es lo que ofrece la película de Sèbastien Lifshitz, un realizador que lejos de conformarse con la autocomplaciente narración pasiva de simple oyente de batallitas de viejas aprovecha la ocasión no sólo para hacer justicia a toda esa generación que, entre lágrimas, reconoce haber perdido su juventud; sino también para montar un relato histórico nada académico sobre cómo los luchas por las libertades homosexuales en Francia a principios de los años 70 tuvieron como consecuencia una apertura de miras que todavía hoy no ha concluido su conquista total. Peleas públicas y privadas que tuvieron como protagonistas a estos valientes que ahora, solos o en pareja, confirman que independientemente de con quien te acuestes la vejez no es el final, sino simplemente otra cosa. 8,5

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