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‘Compliance’: obediencia ciega

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‘Compliance’: obediencia ciega

Compliance’ empieza con un guiño –la productora se llama poli malo / poli malo- y una advertencia sorprendentemente enfática, en mayúscula y grandes letras: INSPIRADO EN HECHOS REALES. El guiño se entenderá después, y la advertencia, por su contundencia y por cómo avanza la trama, habrá que ponerla en suspenso, desconfiar de ella. Una vez terminada esta película que estos días se estrena el festival de cine online Atlántida Film Fest surge una gran duda: ¿será este un caso donde la realidad, por muy inverosímil que parezca, supera a la ficción; o ese “inspirado” de la advertencia es una coartada para introducir “licencias dramáticas” que adornen o completen la realidad?

Incluso podemos ir más lejos: ¿debemos estar conformes (“compliance”) y aceptar dócilmente lo que nos dice el director por ser la figura de autoridad de la película o hay que cuestionar la información que nos da?

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Aunque parezca mentira, sí, todo lo que se narra es real. La película sigue de forma bastante fiel lo ocurrido en un McDonalds de Kentucky en 2004. ¿Por qué, entonces, no parece real? Por una razón: porque el director no consigue que todo parezca verosímil. El cine de ficción es una representación. Da igual que lo que cuentes tenga una base real, lo que importa es cómo lo cuentas para que el espectador se lo crea. En la pantalla una bofetada real puede ser más difícil de creer que una fingida. Depende de cómo lo ruedes. Ese es el mayor problema de ‘Compliance’: que algunas veces parece una bofetada fingida. Y eso crea indefinición. ¿Qué es esta película: una sátira, un thriller psicológico, un drama realista?

Lo que sí es evidente es la capacidad del director Craig Zobel para atrapar e incomodar al espectador con muy pocos elementos, apenas un teléfono y un escenario (la trastienda de un establecimiento de comida rápida). El miedo al desempleo, la sumisión a la autoridad, el poder de la palabra, la fragilidad moral y la incapacidad para pensar por uno mismo son los ingredientes que desencadenan una situación monstruosa, un ejemplo práctico del célebre experimento de Milgram. El restaurante de fast-food donde todo ocurre es la eficaz metáfora de una sociedad dócil y manejable. Los numerosos planos detalle de los restos de comida basura evidencian lo que la gente es capaz de tragar sin plantearse qué es lo que traga y por qué lo hace.

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Aunque el guión no sea demasiado sutil (lo primero que dice la empleada acusada es “no puedo perder el trabajo”) y el personaje al otro lado del teléfono sea algo estereotipado (hubiera sido mejor no ponerle cara ni contexto), la película se sustenta por la excelente labor de sus intérpretes. En especial Pat Healy y su turbadora voz, y la desconocida Ann Dowd, que borda su papel de rígida e insegura encargada del restaurante. Alguien capaz de, sin darse cuenta, traspasar todo límite moral solo por complacer y “seguir las reglas”. 7.

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