Clásicos Que Nunca Lo Fueron: ‘Sniff’ de The Legendary Jim Ruiz Group

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Clásicos Que Nunca Lo Fueron: ‘Sniff’ de The Legendary Jim Ruiz Group

SNIFF-LEGENDARY

Título: Sniff
Artista: The Legendary Jim Ruiz Group
Sello: Minty Fresh / Siesta (1998)

Según la hoja de promo del sello Siesta que acompañaba a este disco de 1998, ‘Sniff’ contenía “un sinnúmero de canciones sobre amor y muerte escritas con el ingenio y la profundidad inherentes al Señor Ruiz”. Y la verdad es que es un buen resumen, si bien la balanza se decanta claramente por el amor… salvo que la muerte fuese la muerte del amor mismo, claro. En cualquier caso, “amor y música” habría sido aún más acertado, ya que en buena parte del pop indie más sofisticado de los 90 las referencias y autorreferencias musicales eran esa «nueva cosa» que aún poca gente llamaba «meta«. En las letras de estas doce canciones se suceden guitarras, grupos favoritos… y sobre todo la melancolía del amor.

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‘Sniff’, editado por el sello norteamericano Minty Fresh (y reeditado posteriormente por Siesta con dos bonus tracks) es uno de esos discos que remite a un tiempo más feliz en el que el indie pop con referencias al C86, la bossa nova y el pop escocés de los 80 sonaba fresco y no se había desgastado hasta convertirse en cliché. Un tiempo que ahora parece extraño, en el que las bandas alardeaban de un «background» culto (la misma hoja de promo alude al título de filólogo inglés de Jim o al prestigioso premio Moses Marston Award de la guitarrista del grupo “por sus logros en estudios de literarios en la Universidad de Minnesota”.)

El disco se inicia con ‘Last Time‘, una canción que empieza con aires de sintonía de serie de TV de los 70 y culmina en un estribillo de baile muy 90s. Guitarras y saxofones, combinados con trompetas y secuencias de acordes «bacharescas» que remiten directamente a los Pale Fountains, salvo por el lado «club» del estribillo, que aporta un toque más noventas, abriendo el disco con optimismo y ganas de fiesta. Pero de la «última vez» pasamos enseguida al «último verano», todo un tema clásico de añoranza en el pop que en ‘Last Summer’ Ruiz explota magistralmente.

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Con unas inflexiones vocales de la escuela de Jonathan Richman, ‘Last Summer’ está construida sobre una secuencia de acordes no por previsible menos devastadora. Es la ternura en la interpretación y en la melodía lo que la hace sublime, y el simple arreglo de batería, acústicas y bajo la que le da la apropiada desnudez: “Anoche tuve un sueño / estaba recordando el verano pasado”. Y entonces, en el segundo 00:34, aparece la segunda voz (“they cut the flowers down…”), la mejor armonía vocal de todo el disco a cargo de la adorable Stephanie Winter-Ruiz, un momento que derrite los corazones, en una de las más preciosas canciones sobre el verano de todos los noventa. “Y cuando caí con fuerza, entonces es cuando tú me levantaste”, concluye la letra, en referencia quizá de Jim a Stephanie, que por supuesto era su mujer.

El ritmo vuelve a acelerarse en ‘Big Foot’, todo un balazo impulsado por la dinamo imparable de esa batería que nunca me quedó claro si es una genial emulación o si realmente estaba sampleada del ‘Ça pourrait changer’ de Brigitte Bardot (en cualquier caso, pinchadas juntas encajan como un guante). De cualquier modo, otra portentosa canción, con especial mención a los arreglos de una de las mejores guitarristas de pop de los 90, la nunca reivindicada Allison LaBonne. Sus arreglos en todo el disco son inventivos, precisos y perfectos.

Siguiendo el patrón rápida/lenta, pasamos a ‘Baby where art thou?‘, que continúa marcando todas las casillas del indiepop 90s, en este caso la ineludible bossa nova, una excelente canción con impecables arreglos de flauta y piropos cinematográficos: “you’re just like a modern day Veronica Lake”. Optimismo en el amor que engarza perfectamente con ‘Until I Met You’, un raro caso de funk-pop con una brillante melodía y la calidez armónica de una excelente sección de vientos de aires muy sixties para celebrar el momento en que Jim conoció a Stephanie.

En el libreto de la edición en digipack, junto a la letra de esta canción aparecía la foto de Stephanie, en el local de ensayo, camiseta de rayas y pantalón corto, sujetando unas maracas, y con un póster de Elvis Costello al fondo. Como decía antes, estética indie avant le déluge: en el resto de retratos abundan los polos (prenda de vestir, por favor, no estamos hablando de tontipop), las guitarras de caja y Rickenbacker, y los Fender Twin Reverbs.

La cara A se cierra con ‘Katerine’, una de esas piezas metamusicales que comentaba: una canción dedicada al cantante francés del mismo sobrenombre en la que participa el propio artista con un breve recitado en su idioma. De nuevo sabor tropical, pero esta vez con Stephanie a la voz principal en plan Astrud Gilberto, y con una letra en la que declara su amor por el esplendoroso galo. Aunque Stephanie canta “estoy enamorada de una voz, / la voz de alguien que nunca he visto”, no tenía mal instinto. Katerine en 1998 era, además de todo un «darling» del underground pop internacional, un apuesto rubiales de fino talle, poco que ver con su maravilloso look «abandonado» de la actualidad. “No me enamoraré hasta que conozca a Katerine / No será en las páginas de las novelas, ni en la gran pantalla francesa / Ni en el mundo de los modelos de alta costura / Sino en el mundo de los sueños, ahí es donde conoceré a Katerine.”

La cara B se abre con ‘Uncle Wieny’, una sorprendente píldora de pop con inflexiones fronterizas en los arreglos de guitarra y trompetas mariachis, en la que Ruiz esboza un recuerdo de la familia hispano-californiana de su padre (“buenas días [sic], buenas noches, buenas tardes Pasadena / to Uncle Charlie, my Aunt Sally, and my dear sweet abuela”). La voz en esta canción quizá más que nunca remite a Jonathan Richman.

Otra de las grandes joyas de este disco es ‘Goodbye To All That’, quizá mi favorita, una canción llena de acordes de sombría belleza y una letra de nostalgia, con esa inocencia que sólo se tiene cuando, incluso antes de los 30, empiezas a sentir añoranza hasta por los momentos malos de la adolescencia. “Me levantaba por las mañanas besado por el sol / que no me decía lo amargo que me había vuelto… pero eran las canciones las que me hacían sentir bien”. Y la canción se convierte súbitamente, en su segunda parte, en una preciosa glosa de todos esos héroes que sonaban enlatados en su habitación: Tracy Thorn, Ben Watt, los Housemartins, Billy Bragg, Aztec Camera, Orange Juice, Monochrome Set… que le hicieron tan feliz. (“incluso Lloyd Cole”).

Tras el pop sencillo y romántico de ‘Without You Gurl’, llega un dúo entre Jim y Stephanie, ‘My Foolish Heart’, con ese detalle de guitarra eléctrica que siempre me recordó a ‘Spring Rain’ de los Go-Betweens. Es puro pop americano con raíces en los musicales, como una piecita de Rodgers & Hammerstein, y final en clave country. Allison LaBonne, de nuevo, excelente.

El disco se aproxima al final con un «reprise» muy exquisito de ‘Big Foot’, rebautizada ‘Big Foot (I remember Wes)’, con órgano hammond muy 60s jazz-lounge, y guiño en el título a Wes Montgomery, uno de sus ídolos. No se suele señalar nunca la influencia de los guitarristas de jazz sobre el pop indie, pero la hay indudablemente: las guitarras de caja con sonido limpio punteadas de forma limpia y redonda de la guitarra de jazz pasaron al pop independiente a través de gente como Roddy Frame, por ejemplo. En esta canción se produce una de esas raras fusiones de ambos estilos (y si odias la palabra «fusión», imagínate cómo quedaría con «maridaje»).

‘Sound Of Music’ nos conduce al precioso final. Delicioso y melancólico, a ritmo de 3×4 casi folkie, es otra de las sorpresas de este disco: “rompiste mi corazón en minúsculos pedazos / y nunca me olvidaré, porque todavía te quiero. Siempre te llevaré conmigo, mi amor”. Los estribillos, cantados en armonía con Stephanie, y ese cierto tono compungido que baña toda la canción, hacen pensar quizá en una premonición de la ruptura que la pareja sufriría no mucho después de la publicación del disco, y que hizo que Jim Ruiz abandonase la música durante nada menos que 14 años. Un final amargo para un disco hermoso.

La edición del disco del sello Siesta se completaba con dos extras: ‘Bobby Stinson’s Guitar’, o lo que es lo mismo, más pop metamusical, lleno de sorna: “la gente me pregunta qué me parecen Soul Asylum o Husker Du / yo digo: me dan igual, no me importan / no conseguirías hacer que me importasen. Porque tengo la guitarra de Bobby Stinson” (el guitarrista de los Replacements, que era de Minneapolis, igual que Jim Ruiz). La otra canción es ‘Something Strange Happens’. Como la anterior, no acaba de encajar con el sonido prístino de las doce canciones del disco, ambas tienen un color mucho más borroso y una producción bien diferente, y sin embargo son igualmente preciosas. Esta última destaca especialmente por un maravilloso órgano Hammond de sonido ocre.

La leyenda de Jim Ruiz se interrumpiría, así pues, durante casi década y media. Y sin embargo, tras todo ese tiempo, el milagro ocurrió el año pasado, con la publicación (en compañía de su nueva mujer, Emily Ruiz, que además es baterista) de su precioso tercer disco, ‘Mount Curve Avenue’, otra maravilla que recupera y reaviva el espíritu de este mítico ‘Sniff’.

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