El genio tras ‘Hairless Toys’ de Róisín Murphy: la contracrítica

Por | 17 Jun 15, 23:03

roisin murphyHace un par de semanas viajé a una ciudad fantasma perdida en algún lugar de Europa del Este. En el coche, sonaba ‘Exploitation‘ de Róisín Murphy, una composición pop vestida de deep house progresivo en la que la irlandesa cuestiona, desde cierto sentido del humor, la «manipulación y explotación en el trabajo creativo y en una relación». Lejos de irritar al conductor con su mareado arreglo de sintetizador, lametazos de guitarra funk, complejos polirritmos e hipnóticos detalles de percusión, el tema proporcionaba al viaje, según este, la atmósfera de incertidumbre y fascinación ideal para nuestro destino, tan adecuada, de hecho, al propósito de la aventura, que la canción prácticamente terminaba diluyéndose en el paisaje como si el viaje mismo hubiese estado ocurriendo dentro de ella.

Si algo no se le puede echar en cara a Róisín Murphy es su capacidad para escribir canciones capaces de parar el tiempo y subyugar al oyente con su profundidad y calado intelectual y emocional. Ya desde los tiempos de Moloko, y no hablo solo de hits tipo ‘The Time Is Now’, sino de «deep cuts» como la apoteósica ‘100%’, Murphy ha destacado en el campo de la composición pop como autora de canciones cuya naturaleza multidimensional invita a infinitas escuchas. La última vez que escuché ‘Dear Diary’, incluida en ‘Ruby Blue‘, me percaté de varios detalles que hasta ahora había pasado por alto. Su escucha nunca me había resultado tan satisfactoria.

Murphy y su productor Eddie Stevens se han superado en ese sentido con su nuevo disco, ‘Hairless Toys‘, una obra que se desarrolla pausadamente y con un enfoque muy claro en la experimentación y en la creación de paisajes y ambientaciones electrónicas sutiles y evocadoras. Lejos de la inmediatez de ‘Overpowered‘, ese disco bailable que no va a volver a repetirse porque su autora es Róisín Murphy, la última obra de la irlandesa aborda la música electrónica de salón desde un ángulo de surrealismo y deliciosa versatilidad que nunca cesa en resultar fascinante.

Los burbujeantes e hipnóticos arreglos sintéticos de ‘Gone Fishing‘, además de sus oscuros coros y ambientaciones atmosféricas, ya son algo verdaderamente especial, sobre todo cuando Róisín halla en ellos la más hermosa de las melodías vocales, pero es cuando Murphy nos obliga a ponernos los cascos en ‘Exploitation’ que la cosa toma un cariz realmente serio. Estamos quizás ante la cumbre de ‘Hairless Toys’, un tema que florece, trepa y se desarrolla como la hiedra hasta envolver por completo al oyente con sus exquisitas improvisaciones jazzísticas. Es también un corte inquietante que nos da una imagen muy clara de Róisín convertida para este disco en una diva espectral, siempre fabulosa pero con un punto de tétrica sofisticación que la hace completamente irresistible.

«Nunca subestimes a la gente creativa y las profundidades a la que pueden llegar», entona Róisín en ‘Exploitation’. ‘Hairless Toys’ cumple con esa premisa pues Róisín logra en él alguno de los mejores resultados creativos de su carrera. ‘House of Glass’ es uno de ellos, «cocktail music» para extraterrestres con la sucesión de acordes más bella de todo el disco y un tema de sublime elegancia que se desarrolla hacia un clímax inesperado y excitante, casi de ciencia ficción. Es Róisín, de nuevo, retorciendo su visión del house en ángulos imprevistos. Lo mismo se puede decir del número space disco con retazos funk ‘Evil Eyes’.

‘Hairless Toys’ es ante todo una obra cerebral. De corazón desnudo en él hay poco, al menos, evidente; el decadente sueño lynchiano que es ‘Exile’ es uno de los pocos momentos en el disco en los que oímos a una Róisín devastada, plañendo sus melodías entre guitarras plúmbeas y ritmos ebrios. «Abandonada, sola, en la isla», lamenta Murphy, mientras los diversos arreglos instrumentales parecen querer adecuar su tono a la pena de la irlandesa. ‘Hairless Toys (Gotta Hurt)’ es otra balada que emociona desde la contemplación, cuando el drama ya ha pasado y lo único que queda es un residuo emocional que no se puede expresar con lágrimas.

Eso no quiere decir que ‘Hairless Toys’ no sea un disco de emociones. Evidentemente lo es (las letras son particularmente conmovedoras por momentos), pero Róisín no los despliega en el álbum crudamente. Hay algo distante en estas canciones, como si Murphy no quisiera en ellas descubrir su alma por completo y optara por preservar ante todo la extraña, casi alienígena peculiaridad de su sonido. Por eso, incluso en historias de tedio urbano como ‘Uninvited Guest’ Murphy aborda sus reflexiones existencialistas desde un jazz como de goma; y el corte final, ‘Unputdownable’, que la irlandesa dedica al placer de la lectura, proporciona en su producción cierta frialdad a la pasión con la que Murphy interpreta su letra.

Son esa combinación de frialdad y sentimiento, esa sofisticación en los arreglos y melodías, esa exquisitez interpretativa de Róisín y ese enfoque electrónico que otorga texturas deliciosas y «grooves» infecciosos a las delicadas a la par que sombrías canciones de Róisín algunos de los elementos que hacen de ‘Hairless Toys’ un gran disco. Probablemente no vaya a resonar en el alma de tantas personas como ‘Overpowered’ logró, pero quienes lo «entiendan» seguramente saben de qué hablo. Es un álbum sencillamente extraordinario, suene en tus cascos o en tu coche.

Róisín Murphy actúa esta semana en el Sónar.

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