Electrónica y emoción en el martes del BAM

Por | 23 Sep 15, 20:16

El martes era, en teoría, el día más suave de todo el BAM, pero en la práctica la excursión valió la pena. Al menos, en sus dos terceras partes. Reconozco que acudía con cierta precaución al concierto de Jane Weaver, encargada de abrir la jornada a las siete de la tarde. Lo que había escuchado de ella no me había acabado de convencer: un pop electrónico demasiado inmaterial, poco preciso. Pero en directo resultó ser más recia, menos etérea de lo que esperaba. Algo más convencional también pero, paradójicamente, eso resultó sonoramente más satisfactorio. Todo gracias a su saber hacer y a una banda bastante mañosa. Jane está a medio camino entre la diva extravagante y la intérprete sobria y solvente; una suerte de mezcla entre Alison Goldfrapp y Sarah Cracknell, etilística y musicalmente hablando. Weaver se centró en su último álbum, ‘The Silver Globe’ y, aunque no resultó especialmente original, nos convenció y logró que el estribillo de su tema estrella, ‘I Need a Connection’, se nos quedara pegado en la cabeza durante un buen rato.

LoneLady ya protagonizó en esta web un Revelación o timo hace cinco años. Los que ha tardado en sacar nuevo disco, ‘Hinterland’. El galardón a la personalidad tampoco se lo iba a llevar; además, de manera palmaria: me pasé todo el concierto creyendo que se iba a arrancar en cualquier momento con ‘In For The Kill’. LoneLady parece querer ocupar un espacio entre La Roux y Robyn (su timbre se parece más al de la sueca), aunque no lo consigue. Sus canciones tienen todos los ingredientes para gustarme: apariencia de hit dance frío-pero-conmovedor, bajos postpunk -en algunos momentos robados a Talking Heads-, sintetizadores de los ochenta… pero en eso se quedan, en la apariencia, porque carecen de la chispa y la garra necesarias. Ella tampoco es que sea un derroche en escena (correcta cantando y a la guitarra, pero poco más) y su banda también cumple de manera adecuada, pero… No. No hubo manera de que me enganchara.

Sin ser tampoco especialmente singulares, Solids sí que me atraparon. El dúo de Montreal, con pocos mimbres (voz y guitarra más batería), sin aspavientos ni alharacas, lograron conectar con la audiencia de manera inemediata. Practican un rock alternativo, enraizado en los 90 y en el hardcore norteamericano de los 80, rotundo, veloz y emocional. Tan emocional que aparqué el bloc de notas, me planté en primera fila y me dejé llevar. Fue una gozada abandonarse al marasmo sónico, a los aporreos del batería, a su continúa expresión de felicidad. Salí sorda de un oído, pero más feliz de lo que había llegado. Fan.

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