‘El autor’: ¿merece tantas nominaciones a los Goya?

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‘El autor’: ¿merece tantas nominaciones a los Goya?

¿Cómo empezar una novela/película? ¿Cuál es la premisa que hará avanzar la acción y atrapará la atención del lector/espectador? A estas preguntas de taller de escritura creativa (o de escuela de cine) da una posible respuesta el director Manuel Martín Cuenca en la mejor secuencia de ‘El autor’: precisamente, la de la escuela de escritura creativa. La divertidísima bronca que le mete el profesor de la escuela (Antonio de la Torre) a su alumno menos aventajado (Javier Gutiérrez), aparte de una muestra del talento de estos dos actores, es un ejemplo perfecto de cómo arrancar una historia e impulsarla hacia delante (toda la narración se pone en funcionamiento a partir de esta escena), y de cómo ejecutar una elegante pirueta metalingüística: la “escritura” de la película comienza en un taller de escritura con un profesor gritando consejos sobre cómo escribir.

Tras captar brillantemente la atención del espectador, en adelante, como podría gritar el propio de la Torre, lo que hay que conseguir es que se mantenga. Y en eso falla ‘El autor’. Y lo hace a través de una involuntaria paradoja: a medida que el autor en la ficción va forzando la realidad para crear su propia ficción, el autor de la película va forzando la ficción hasta hacerla poco “realista”. El personaje de Javier Gutiérrez, como buen mediocre, se toma al pie de la letra los consejos de su profesor (incluido lo de “poner los huevos encima de la mesa”). Se obceca en buscar en la realidad la inspiración para su libro. Pero como esta no es suficiente, y carece del talento literario y la imaginación para trascenderla, decide manipularla para hacerla interesante.

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Pero, ¿cuál es el problema? Que esa manipulación de la realidad que lleva a cabo el autor no está bien resuelta por el director, dando lugar a situaciones y personajes algo forzados y poco creíbles. En especial el del suspicaz, ahorrativo y armado anciano. Se nota demasiado que su función en la película es más narrativa que dramática. Está “colocado” ahí como mero recurso de guión, para que todas las piezas encajen, no porque la historia lo requiera. En un taller de escritura dirían que es una solución no demasiado sutil. Además, es un recurso que afecta al final de la historia, transformándola en algo previsible y, con un epílogo, muy poco satisfactorio.

En lo que no falla Martín Cuenca es en la dirección de actores (atención a la poco conocida Adelfa Calvo) y, sobre todo, en la creación de atmósferas. Como ya ocurría en las anteriores ‘Caníbal’ y ‘La mitad de Óscar’, ‘El autor’ es una película de gran expresividad visual. La vetusta notaría donde trabaja el protagonista (que nos da más claves sobre su desazón que cien quejas verbales juntas), el piso blanco y vacío que alquila para escribir (una eficaz metáfora de la página en blanco), la deprimente portería del edificio (casi una extensión del estado emocional de su inquilina), o el asfixiante calor del verano sevillano resultan enormemente elocuentes y añaden capas de sentido a esta irregular crónica de una obsesión. 6,5.

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