Qué «reinventa» la gira por teatros de Madonna y qué le falta para ser perfecta

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Qué «reinventa» la gira por teatros de Madonna y qué le falta para ser perfecta

Gente escuchando ‘Vogue’ en el avión, hordas de chicos agolpados frente a un puesto de merchandising con camisetas y sudaderas a precio de oro, chicas disfrazadas de Madonna -ahora de ‘Madame X’-, drag queens repartiendo flyers para las after-parties… Las previas de los conciertos de Madonna tienen ese aire de ceremonia que tantas veces ha buscado la autora de ‘Like a Prayer’. Sólo que ahora trasladado a pequeños recintos. Madonna dijo en 2015, durante la promoción de ‘Rebel Heart’, que en un plazo de 10 o 15 años quería hacer una gira por teatros, cansada de la frialdad de pabellones y estadios, donde eres una hormiga para tus fans y por otro lado el público no se aburre de pedirte la sucesión de “greatest hits” que ella se niega a ofrecer. Quizá influida por la muerte de Bowie, y de Prince, y de George Michael, y hasta de Avicii en este lapso -todos ellos mencionados en uno de los bonus tracks de su último disco-, ha decidido pisar el acelerador con estos planes. Como dijo este jueves en su concierto en el Coliseu dos Recreios de Lisboa, no hay que dar nada por hecho en esta vida, “tampoco a ella misma”, ¿así que para qué esperar 10 años por una cosa que te apetece hacer ya? Fotos: Stufish (Brooklyn, Lisboa).

Cuando Björk, Nick Cave o Bruce Springsteen hacen una gira por teatros es para ofrecer música en su expresión más cercana y visceral, pero Madonna está llevando parte de sus ambiciones maximalistas a recintos con capacidad para unas 2000 o 3000 personas, actuando varias veces por ciudad, en el caso de Lisboa hasta en 8 ocasiones con todas las localidades agotadas. Pese a que el concierto cuenta con sus momentos intimistas, Madonna no ha renunciado a los grandes montajes, al show, a las pantallas ni a la estructura del set en varios bloques, como ella misma patentó a finales de los años 80. Además, empeñada en convertirse en monologuista, no ha querido prescindir del humor como para quitar hierro y drama tanto al recinto como al disco que presenta, de marcado carácter político.

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Lo mejor de este ‘Madame X Tour’ es su puesta en escena. Las enormes proyecciones de fondo preparadas para la ocasión -no hay tomas de directo, olvidaos de ver primeros planos de Madonna en vivo-, junto con un apañado set minimalista formado por mesas y escalinatas, dan un juego en ocasiones absolutamente espectacular, generando sensaciones de ilusión óptica pocas veces vistas en un show de música pop. Es la verdadera reinvención de un show de móviles confiscados en bolsas (un aciertazo), con partes para ver de pie, y partes para ver sentado. La sensación de profundidad de campo es lo mejor del arranque politizado de las autotuneadas ‘God Control’ y ‘Dark Ballet’, la imagen como de personas cayendo desde las Torres Gemelas en ‘American Life’ es desoladora, y el claro highlight del concierto es ‘Frozen’, con una Madonna totalmente difuminada entre unas proyecciones de su hija Lourdes León bailando la canción. Casi parecía una metáfora sobre cómo su aura de reina del pop se diluye en la lejanía en favor de otros personajes de moda, siempre más jóvenes. Nada que no viéramos hace 70 años en ‘Eva al desnudo’.

Madame X’ ha sido un disco que ha producido reacciones encontradas, apareciendo en una decena de publicaciones de lo mejor del año, de MOJO a NME pasando por Idolator o Billboard, pero a su vez produciendo el rechazo frontal del público generalista, dejando -otra vez- las peores ventas de su carrera, y sobre todo la sensación generalizada de que Madonna no está sabiendo “envejecer con dignidad”. En ese sentido, hay que decir que la experiencia de ver esta gira en Lisboa probablemente deforme la realidad de lo que ha tenido que ser este mismo tour en Estados Unidos o lo que será en Londres. Este disco incorpora el sonido de las músicas del mundo, pero se gestó en Portugal, y dudo mucho que en otros países se vea a personas procedentes de Cabo Verde saltando de alegría cuando el nombre del país aparece en pantalla, que la reacción sea igual cuando las batukadeiras suben al escenario desde ambos laterales del público con ‘Batuka’ o cuando llega la sección más portuguesa, africana y latina. No solo es que las versiones de Celeste Rodrigues y Cesaria Evora funcionen, es que el público se levanta en ‘Killers Who Are Partying’ y celebra más esta canción o el final de la colectiva ‘Come Alive’ que la mismísima ‘Medellín’, con Maluma saludando proyectado desde una ventana y con una base corrupta que casi desencadena una buena tragedia.

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Independientemente de que “Killers”, ‘Come Alive’ o también ‘Crazy’ no se hayan entendido en otros lugares del mundo como en Portugal, el país donde proporcionalmente mejor ha funcionado el álbum con mucha diferencia (es disco de oro, roza el platino); es innegable que es ese tramo, el central, el de las músicas del mundo, el mejor de todo el set. Cuando simplemente oímos a Madonna cantar, cómoda y relajada. El escenario, recreando las calles de Lisboa, es precioso; la dirección artística, simplemente con algunos figurantes disfrutando de la música, posando, jaleando y bailando, como en las calles de la ciudad, es un 10 absoluto; y el minimalismo de las escalinatas formando un “círculo” y girando sobre sí mismas, durante la preciosa ‘Extreme Occident’ (con Gaspar Varela, bisnieto de Celeste, a la guitarra), no puede ser más elegante. Mención especial también para la “reinvención” de los interludios: ya no necesitamos aburridos vídeos pre-grabados, y el número de los bailarines transportando un ataúd tras ‘American Life’ o repitiendo pasos hasta la extenuación antes de ‘Frozen’ logran que no eches ni un poquito de menos a Madonna mientras se cambia.

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¿Qué falla, pues, en el show para que sea perfecto? Madonna está realizando precisamente ahora los conciertos más largos de toda su vida, en torno a las 2 horas y media de duración, y por el camino topa con algún problema de ritmo. El concierto tiene sus más y sus menos en cuanto a humor, a veces algo forzado. Madonna es una frontwoman muy divertida cuando no lo intenta tanto, y por ejemplo ese chiste sobre micropenes que dura un par de minutos ciertamente tuvo gracia… cuando apareció en su foro de Popjustice hace meses. En lo musical, hay partes que no están tan integradas, lo cual es una pena porque el show casi, casi funciona como un musical con principio, desarrollo y final. El remix de ‘Crave’ no casa bien con el concepto del concierto “los artistas están en este mundo para perturbar la paz” (James Baldwin), la versión a capella de ‘Express Yourself’ no funciona de manera tan temprana en el setlist, ’Future’ crece como himno contra el cambio climático pero pierde a piano; y sobre todo no necesitábamos volver a ver a Madonna haciendo el pino en ‘Human Nature’, y menos sabiendo que tiene «dos lesiones«, una en una rodilla, la otra por determinar. Ella misma bromea sobre ello con el público (“how are you? I’m injured”, indica a un seguidor al que vende una Polaroid por 3000 euros por una causa benéfica), lamenta no poder actuar con tacones sino con unas “horribles botas”, y alguna vez incluso cojea. Como si hubiera visto demasiadas veces ‘La vie en rose’, sobre la vida de su admirada Édith Piaf, parece dispuesta a desfallecer en el escenario, a morir en el intento.

Tras un retraso “debido a unas goteras producidas por las lluvias torrenciales de las cinco de la tarde”, aderezado con versiones en vivo de sus clásicos y clásicos del jazz por parte de cuatro de sus músicos, es la 1.15 de la madrugada cuando afrontamos el final del show con ‘Like a Prayer’ y el bis con ’I Rise’. Decían en los mentideros que ‘Like a Prayer’ había de ser el desenlace del set como cénit, pero con la base traumática de Eurovisión la canción no logra el éxtasis total del ‘MDNA Tour’, y contra todo pronóstico, ‘I Rise’ sí es un cierre perfecto. Madonna y sus bailarines levantan el puño en señal de lucha, también lo hace su público, mucho menos gay de lo esperado, con muchísimas chicas, parejas heterosexuales de avanzada edad, también gente muy joven -la poca que puede tener 300 euros de media para una entrada-; y finalmente la cantante se baja del escenario para desaparecer entre el patio de butacas mientras los fans se agolpan a su paso y el equipo de seguridad contiene a las masas muy a duras penas. Madonna vuelve a ofrecer algo muy diferente, por mucho que gran parte del público se haya empeñado en mirar hacia otro lado. 8,5.

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