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‘Jóvenes altezas (Young Royals)’: Los princesos con granos de Netflix y la esperanza

Viendo los primeros avances, e incluso leyendo las informaciones que se venían publicando sobre ‘Jóvenes Altezas (Young Royals)’, uno se imaginaba una serie muy distinta, así que la sorpresa es mayúscula (y muy positiva) cuando decides darle una oportunidad. Hay titulares como “un cruce entre ‘Élite‘ y ‘The Crown‘”, y las comparaciones que se vienen a la cabeza sin verla son a otras series como ‘Riverdale’, la citada ‘Élite’ o ‘Euphoria‘, pero, de nuevo: nada que ver. ¿Y dónde está la diferencia? Pues ni en la familia real ni en el hecho de que sea una historia LGBT, sino en el cómo. Probablemente la combinación “monarquía + instituto + maricas” fuese lo necesario para que les dijesen que sí al pitch, pero al final no es la vuelta de tuerca de poner a un príncipe con un plebeyO -con “o”- lo más distinto que ofrece ‘Jóvenes Altezas’, sino su retrato tan natural como (voy a decirlo mucho en este texto, aviso) bonito que se hace del primer amor queer.

Creada por Camilla Holter, Lars Beckung y Lisa Ambjörn (quien también escribe los guiones junto a Pia Gradvall, Sofie Forman y Tove Forman, y dirige junto a Roja Sekersöz y Erika Calmeyer), la serie se convirtió rápidamente en un fenómeno en Suecia, y poco a poco el resto del globo -incluyendo nuestro país durante este verano- fue rindiéndose al encanto de sus protagonistas, encarnados por Edvin Ryding y Omar Rudberg (curiosidad: Omar es toda una estrella musical en Suecia, donde lleva cantando desde los 10 años, ahora solista después de pasar por la boyband FO&O). Pero no solo sus protagonistas (de quienes ahora hablaremos) están bien escogidos: la reconocida Pernilla August (‘The Investigation’) encarna a la mismísima Reina de Suecia, y también destacan la forma de (no) tratar el cuerpo lejos del canon de Felice (Nikita Uggla), la Sara de Frida Argento (también Asperger fuera de la ficción), el análisis de masculinidad y clase que se hace con August (Malte Gardinger) y la mirada a la migración de anterior generación a través de Linda (Carmen Gloria Pérez). Todos ellos se enfrentaron a un rodaje duro en plena primavera de 2020, con brote de COVID entre el reparto incluido.

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La historia de amor entre Willhelm, príncipe heredero de Suecia, y Simón, un chico de su internado que está allí becado, plebeyo y pelín rojo (“sossen”, como le dicen sus compañeros) es la principal baza de la serie, pero, como decíamos antes, no por el componente monárquico ni por lo subversivo que pueda ser juntar al príncipe con un chico. La subversión, en todo caso, viene de otro lado: de mostrar una naturalidad entre sus personajes en general, y entre sus protagonistas en particular, que echamos en falta en las series adolescentes. Para empezar porque éstos SON adolescentes, y porque la diversidad en sus físicos no recuerda a un catálogo de Benetton sino a la calle y a la realidad: hay granos, hay dientes torcidos, hay pesos más y menos normativos, y ni siquiera el príncipe protagonista es ese ideal guapísimo que se nos puede venir a la cabeza a la hora de pensar en el líder de una serie teen de Netflix (¡y encima siendo un príncipe azul!). A la paradoja de que sea una serie con protagonistas de la realeza la que ponga más los pies en la tierra, hay que sumarle otra: la forma en que se trata el enamoramiento entre Willhelm y Simón, que huye de la grandilocuencia (¡justo la que va sobre un monarca!) y de lo morboso para ofrecer un retrato tímido, natural, y, sí, bonito. Aunque pueda chirriar el uso de la palabra “bonito”, es algo en lo que coincidirá la vasta mayoría de espectadores seducidos por ‘Young Royals’.

Porque en ‘Young Royals’ no hay retratos del bullying homófobo (que, ojo, son necesarios) ni sets con Arón Piper y Manu Ríos haciendo remakes de Bel Ami (que, ojo, son bienvenidos), aquí hay otra cosa. Hay algo que quizás no vemos con tanta asiduidad, acostumbrados como estamos a saltar de la violencia al sexo hasta llegar a confundirlos. La serie huye de lo artificioso y de ese predominio de lo estilístico que hay en ficciones como ‘Élite’, la nueva ‘Gossip Girl’, o incluso ‘Euphoria’ y ‘Genera+ion’, valorando aquí la intimidad por encima de lo demás. Un ejemplo es el primer intento de acercamiento que tienen los personajes, o el cruce de dedos mientras toda la clase ve una película, o la escena de sexo en la que también podemos percibir la naturalidad, la tensión, las mariposas en el estómago (la química entre Ryding y Rudberg es increíble) y la intimidad. Se echa en falta la inexperiencia y la torpeza de esa “primera vez”, que lo haría todo más auténtico, pero aceptamos barco, todo sea por el objetivo final de conseguir esa “historia Disney”. No es, ojo, una “historia Disney” en el sentido tóxico que podemos tener en la cabeza, pero sí en el sentido ñoño. Para qué mentir, ‘Young Royals’ es ñoña, pero es ñoña de un modo que nos encanta, y que es bastante necesario.

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Porque si los cuentos de hadas siempre estaban reservados a las parejas heterosexuales, si la palabra “princeso” ha sido durante mucho tiempo usada para gracietas homófobas, es reconfortante pensar que hay chavales de trece años viendo una historia así en los protagonistas de una serie mainstream, y pudiendo verse a sí mismos en ellos. Es bonito pensar eso, hasta tal punto que me ha costado escribir este texto en un momento como éste, porque tanto mi texto como la serie parecían un poco naíf al lado de una realidad que se está volviendo cada vez más oscura, en un verano donde no hemos dejado de hablar de agresiones homófobas (y poco hemos hablado). Pero, sin olvidar lo que tenemos enfrente, o PRECISAMENTE por lo que tenemos enfrente, necesitamos la esperanza (un chiquito llamado Harvey Milk habló sobre esto mucho mejor que yo). Como he dicho, hay una generación que con trece años está viendo una serie como ésta y unos protagonistas como éstos a nivel mainstream. Es quizás la primera generación que puede hacerlo. Y nos va a tocar luchar para asegurarnos no solo de que no sea la última, sino de que sea la primera de muchas.

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