De unos años a esta parte, Wednesday se han convertido, por méritos propios, en uno de los grupos más importantes del rock underground contemporáneo. Su mezcla de country, grunge y punk es un cóctel que, pese al identificable sabor de todos sus ingredientes, logra encontrar una deliciosa personalidad propia. Y este domingo en la Sala Copérnico de Madrid, la banda de Carolina del Norte nos dio de beber hasta dejarnos con una embriaguez eufórica.
Rodeada de los cuatro miembros de su banda ̶ Alan Miller (batería), Xandy Chelmis (pedal steel), Ethan Baechtold (bajo) y Jake Puch (guitarra) sustituyendo a MJ Lenderman ̶, la vocalista Karly Harztman irrumpió en el escenario como un huracán. Su presencia es eléctrica, carismática y graciosa, por lo que no tardó nada en meterse a los asistentes en el bolsillo. De hecho, afirmó que nunca se había sentido tan cómoda tan rápido ante un público. Lo primero que hizo fue recordar que era la segunda vez que tocaban en la capital española, que la primera vez fue en aquella edición fallida del Primavera Sound y bromeó diciendo que lo habían cancelado por ellos.
Desde el principio la gente saltaba, cantaba y gritaba entre canción y canción, creando una atmósfera cálida y vibrante. El concierto comenzó con un trío de canciones de diferentes discos: ‘Reality TV Argument Bleeds’, de su último álbum; ‘Got Shocked’ de ‘Rat Saw God’ y ‘Fate Is…’ de ‘I Was Trying to Describe You To Someone’. Aunque, evidentemente, la mayor parte de la velada estuvo dedicada a ‘Bleeds’, del que sonaron 10 canciones (las dos únicas que no lo hicieron fueron las baladas ‘The Way Love Goes’ y ‘Caroline Murder Suicide’).
La intención, pues, estaba clara: los momentos tranquilos (‘Formula One’ fue el único) no interesaban demasiado. Estábamos allí para movernos y chillar, ya fuera con un número country-rock como ‘Phish Pepsi’, que nos trasladaba directos a un pub en algún lugar recóndito de Carolina del Norte, o con el shoegaze tétrico de ‘Toothache’.
Y nos movimos y chillamos y exorcizamos nuestros demonios con canciones como la maravillosa ‘Quarry’, en la que varias personas entre el público comenzaron a hacer crowdsurfing. Hartzman contó que acababan de estar en gira por Asia y por los países escandinavos, y que allí la gente, aunque hicieran “mosh pits”, era más reservada, mientras que aquí estaba encantada porque no tenía ni que pedirlo. Eso sí, al ver que el ambiente se hacía cada vez más punk, la cantante invitó a quien quisiera meterse en el pogo y bailar a lo loco hacia delante y a quien no, que se echara hacia los lados. Lo más importante para ella era que nadie se hiciera daño y que todo el mundo se lo pasara bien.
Este último tercio del concierto estuvo dedicado a sus canciones más dadas al frenesí rockero, tanto que incluso en ‘Elderberry Wine’, una canción que la propia cantante definió como un momento “sing-along”, había gente haciendo crowdsurfing. Hartzman se reía mirándolos mientras cantaba. La conexión entre la banda y el público era absoluta, lo que hizo que el espectáculo se convirtiera en un auténtico disfrute. Aún más desenfreno llegó con ‘Bitter Everyday’ y ‘Townies’, siendo esta última particularmente gloriosa.
Para terminar, Hartzman anunció que no habría bis porque tras las dos últimas canciones que le quedaban ya no podría seguir forzando la voz. Se entiende perfectamente pues eran ‘Bull Believer’ y ‘Wasp’. La primera es una de las mejores canciones de todo el catálogo de la banda, un tensísimo ejercicio de noise rock lleno de gritos furiosos. Antes de interpretarla, la cantante dijo que en los últimos tiempos cantarla le servía para canalizar su rabia por el momento incierto y horrible en el que se encuentra el mundo.
Mencionó las redadas del ICE en Estados Unidos, que asustan y horrorizan a cualquier persona que tenga dos dedos de frente; explicó su reciente partida de la agencia Wasserman tras aparecer el nombre de su CEO en los archivos de Epstein y mostró su indignación ante el encubrimiento absolutamente intolerable de los pedófilos. Terminó su discurso con un “Free Palestine”. Y ‘Wasp’, cantada entera con voz gutural, cerró el concierto con fuerza, dejando al personal con la adrenalina acumulada en el pecho y el vello erizado. Salimos todos de allí borrachos de euforia. De repente, los pogos cobraban un sentido político; el rock era la única cura posible ante la impotencia de un panorama desolador.
