Con la excepción de ‘La sociedad de la nieve’ (2023), Netflix aún no se ha lanzado a producir películas españolas con grandes pretensiones industriales y artísticas. Su ambición sigue siendo modesta: presupuestos ajustados, géneros muy exportables (thriller, comedia, romance juvenil) y directores, en general, con más oficio que personalidad autoral. ‘53 domingos’ encaja en ese esquema, salvo en un punto decisivo: la dirección. La película es una comedia y es barata, pero la dirige un cineasta nada plataformero, con mirada propia: Cesc Gay.
En realidad, ‘53 domingos’ nace como un encargo. Los directivos de Netflix debieron ver cómo ha funcionado ‘Sentimental’ (2020), que ha generado nada menos que siete remakes internacionales (entre ellos la reciente ‘The Invite’, con Seth Rogen y Penélope Cruz), y llamaron a Gay, que acababa de rodar la notable ‘Mi amiga Eva’ (2025), para que adaptara al cine y al castellano su otra obra de teatro: ‘53 diumenges’.
El resultado es una comedia de dramaturgia algo rígida y, por momentos, artificiosa, en la línea de ‘Sentimental’, pero también muy entretenida y disfrutable. En primer lugar, por el texto. Como es habitual en los guiones de Gay, la historia parte de una premisa de fuerte componente emocional que conecta muy bien con el público, en este caso, el de mediana edad: tres hermanos se reúnen para decidir qué hacer con su padre, que muestra síntomas de senilidad. A partir de ese conflicto dramático, el director despliega toda su destreza narrativa, especialmente en unos diálogos muy ágiles, afilados y llenos de ingenio.
En segundo lugar, por el reparto. Gay es un excelente director de actores. De hecho, rara es la película suya en la que no hay algún intérprete nominado a los Goya por su trabajo en ella. En ‘53 domingos’ juega con un trio de ases: el habitual Javier Cámara (han rodado seis filmes juntos), Carmen Machi y Javier Gutiérrez, quienes interpretan a los tres hermanos (también aparece Alexandra Jiménez, en el papel de cuñada y narradora).
Aunque todos están bien, da la impresión de que se encuentran algo constreñidos por el texto y por una puesta en escena que, en su intento de no parecer excesivamente teatral, resulta un tanto artificiosa, con los actores moviéndose y haciendo cosas constantemente mientras hablan, como si no hubiera sillas en la casa.
Por último, la película vuelve a poner de relieve una de las grandes virtudes de Cesc Gay: su capacidad para abordar las relaciones sentimentales, los conflictos íntimos y, en general, los dilemas existenciales en clave de comedia dramática, logrando un equilibrio muy afinado entre emoción y diversión. Es en ese lugar, en la aparente ligereza que esconde una observación muy precisa de las relaciones humanas, donde sigue estando lo mejor de su obra.
