No lo entiendo pero me gusta: el nuevo cine «raro» griego

Por | 29 Abr 15, 20:57

Grecia, 2009. Explota la crisis financiera. El déficit público pasa de un 3,4% a un 12,7% y la deuda se eleva hasta el 113,4% del PIB. Las medidas de austeridad más duras de la historia de la Unión Europea se ponen en marcha.

Cannes, 2009. Un desconocido director griego, Yorgos Lanthimos, pone patas arriba el festival con una película tan desconcertante como impactante: ‘Canino’. La «Greek Weird Wave», como ha sido denominada en los medios anglosajones, se pone en marcha.

Mientras el pueblo griego incendiaba las calles de Atenas encadenando huelga general tras huelga general, su cine más radical, los hijos de ‘Canino‘, asaltaban los festivales de medio mundo. Desde un lenguaje simbólico y a través de una rigurosa puesta en escena a lo Haneke o por medio de un realismo frontal a lo hermanos Dardenne, los cineastas griegos ofrecieron (y siguen ofreciendo) uno de los más estimulantes diagnósticos acerca del colapso moral de su país provocado por la crisis financiera. Estos son algunos de los ejemplos más destacados.

‘Miss Violence’: sonreír al vacío

miss-violenceHa sido de las últimas en llegar (es de 2013 y sigue inédita en España), pero su impacto y repercusión (mejor director y actor en el festival de Venecia) recuerdan al de ‘Canino’. Cuando la fórmula parecía dar síntomas de agotamiento, por culpa también del propio Lanthimos (‘Alps‘ se veía lastrada por cierto manierismo), Alexandros Avranas demostró que todavía se le podía extraer jugo (o sangre) a esta manera de narrar. Partiendo de un inesperado suceso violento, el director articula una trama sórdida (atención a la escena del baile de la niña) y de gran fuerza simbólica acerca del gran tema de este nuevo cine «raro» griego: la desestructuración del núcleo familiar como metáfora del colapso de la sociedad helena. Cine de textura hanekiana y voluntad provocadora que alumbra el sótano donde habitan los monstruos de la crisis.

‘Boy Eating the Bird’s Food’: el chico que se comió su propio semen

boy-eating-the-birds-foodDistinto lenguaje, parecido resultado. El debutante Ektoras Lygizos se aleja de los rasgos estilísticos que han caracterizado el cine de sus colegas y se decanta por una revisión del clásico ‘Hambre’ de Knut Hamsun en clave dardenniana. Por culpa de una controvertida decisión narrativa, de la inclusión de una escena muy explícita pero de discutible valor metafórico y no muy bien justificada dramáticamente, ‘Boy Eating the Bird’s Food’ corre el peligro de ser despachada como una película que busca la provocación fácil. Nada de eso. Como si de una nueva ‘Rosetta’ (1999) se tratara, la cámara se pega a este cantante de ópera, a este conmovedor pájaro enjaulado al que no dejan cantar, para ofrecer una desoladora fábula sobre las consecuencias de la crisis financiera. Un peregrinaje por las ruinas del estado del bienestar filmado de manera tan desenfocada como el futuro de su protagonista.

‘Attenberg’: somos unos animales

attenbergDe ‘Ghost Rider’ de Suicide a ‘Tous les garçons et les filles’ de Françoise Hardy. De la combinación de varios planos de un hotel que parece en permanente temporada baja hasta el sostenido plano fijo de un degradado complejo industrial. Así empieza y termina ‘Attenberg’ («mala» pronunciación de Attenborough, el naturalista de los documentales de la BBC), la segunda película dirigida por Athina Rachel Tsangari, productora de los filmes de Yorgos Lanthimos (que aquí hace un pequeño pero jugoso papel como actor). Entre una y otra canción, entre una y otra secuencia, discurre el camino de iniciación -sexual, vital- de la protagonista (fabulosa Ariane Labed, una actriz que dará que hablar). Un complicado proceso de aprendizaje protagonizado por una joven que parece salida de la familia de ‘Canino’, una chica indefensa y sin habilidades sociales lanzada a un mundo extraño e inhóspito por el padre/Estado agonizante. No tiene la fuerza simbólica ni la capacidad de impacto de la película de Lanthimos, pero es una digna descendiente.

‘L’: apatrullando la ciudad

lUno de los aspectos más sobresalientes de ‘Canino’ era su oblicuo y desconcertante sentido del humor. El debut de Babis Makridis (no por casualidad escrito por Efthymis Filippou, guionista de ‘Canino’) conduce al espectador por esa senda tragicómica ofreciendo una de las comedias más despojadas, desapegadas, desecadas y todos los «des» que se nos pueden imaginar de los últimos años. La historia de un hombre que vive en su coche y, como dice el propio director, «pierde la sensación de estabilidad», es un ejemplo extremo de humor beckettiano, de comicidad dislocada solo apto para amantes de la carcajada a destiempo, las narraciones inhóspitas y las metáforas retorcidas. Que la opera prima de un director de cine que no sabe conducir esté protagonizada por un experto conductor de automóviles habla muy a las claras de qué clase de película es ‘L’.

‘Xenia’: odisea a ritmo de Patty Pravo

xeniaQuien la haya visto (se pasó en el último festival de Gijón) se preguntará por qué incluyo una película como ‘Xenia’ en esta selección. El filme de Panos H. Koutras, gran admirador de Almodóvar o Fassbinder, no puede estar más lejos de las premisas narrativas y estilísticas que caracterizan a esta Greek Weird Wave. ‘Xenia’ es una película de gramática convencional y algo rutinaria, que nada tiene que ver con el rigor formal y la carga simbólica del cine de Lanthimos y compañía. Sin embargo, tiene un interesante punto en común: la rapidez de reflejos que demuestra su director a la hora de detectar (y denunciar) las amenazas que se ciernen sobre la sociedad griega. En este caso, el viaje iniciático que emprenden unos hermanos griego-albaneses en busca de su padre a ritmo de Patty Pravo y Raffaella Carrà le sirve a Koutras para: alertar sobre el ascenso del fascismo en su país (la xenofobia y homofobia de los simpatizantes de Amanecer Dorado), denunciar la situación de exclusión que sufren los hijos de los inmigrantes albaneses (a pesar de haber nacido en Grecia) y reflejar la decadencia de un país en ruinas.

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