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Un showman llamado Nick Cave

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Un showman llamado Nick Cave

Quizá hayas pasado por alto un detalle sobre la actual gira de Nick Cave que estos días recala en nuestro país (hoy actúa en el Palacio de Congresos de Madrid y ayer lo hizo en el Auditori del Fòrum de Barcelona, con todo el papel agotado). Es una gira de Nick Cave. No de Nick Cave & The Bad Seeds. Y sí, hay algunos Bad Seeds sobre el escenario: su siamés Warren Ellis toca violín, guitarras, acordeón, percusiones y lo que se le ponga por delante; Martyn Casey prosigue impertérrito al bajo, y el recuperado Thomas Wydler, ausente en sus conciertos desde inicios de 2013, retoma la batería. Eso sí, el anunciado Barry Adamson no hizo acto de presencia y fue sustituido en los teclados por un aparentemente desconocido Larry Mullins, más conocido por su alias Toby Dammit, bajo el que ha figurado como miembro de Swans o Iggy & The Stooges, aunque la lista que figura en su biografía es realmente mareante. Pero la formación es casi lo de menos cuando, como vimos anoche en la Ciudad Condal, este nuevo espectáculo está puesto al exclusivo servicio de ese carismático personaje que es Cave.

La escueta banda, por supuesto, brilla, pero está muy claramente dedicada a dar soporte al cantante y compositor australiano, que intercala momentos corales, en los que interviene todo el grupo con potencia, con interpretaciones más minimalistas o con Cave como solista, incluso. La suya es una presencia en escena de esas imponentes, que uno difícilmente olvida en su vida. Pero precisa de la cercanía del público para desplegar sus encantos, como si se retroalimentara de sus caras ensimismadas ante sus aspavientos o al tocar sus manos. Esto, que a priori se contradice bastante con el hecho de hacer una gira en «teatros y auditorios majestuosos del Viejo Continente», se solucionó en un instante: apenas a un pequeño gesto suyo, un tropel de público ocupó el espacio entre el escenario y la primera fila de butacas, desfilando poco a poco hasta ocupar ese área y también pasillos y escaleras. Después de estabilizarse la situación, tras algunos momentos de confusión y euforia (como cuando una joven se abrazó como una lapa a Nick o cuando el propio cantante reprobó a los guardias de seguridad que intentaban apartar al respetable), ya tenía manos que estrechar, caras a las que apuntar mientras cantaba, desafiante.

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Lo cierto es que, aunque resultó algo irritante para las primeras hileras de asientos que presumían que en adelante dejarían de visualizar al crooner (observando cómo, para más inri, el único objeto de muchos era hacerse un ridículo selfie con los artistas de fondo), ese acercamiento propició algunos de los momentos más memorables de la noche. Lo fue una verdaderamente increíble ‘Higgs Boson Blues’, cuando después de contonearse con las primeras filas, se adentró entre el público para cantar subido a una butaca, hipnotizando a los presentes con sus artimañas de predicador-seductor, poniendo las manos de algunos sobre su pecho mientras cantaba eso de «Can you feel my heartbeat?». Y lo fue también cuando, en una situación similar, alzaba sus manos pidiendo que cantáramos con él el estribillo de la final, casi susurrada como si de una nana se tratase, ‘Push The Sky Away’. Ahí fue cuando Nick Cave desplegó toda su teatralidad, gustándose y dejándose querer, si bien su actitud amenazante de otros tiempos ha tornado en una más amable, casi entrañable. Cave ya no es el rockero temible de antaño. El tiempo pasa para todos.

Es cierto que, como se anunció, esta es una gira especial, porque se adapta un poco a la solemnidad de los amplios recintos que visita. Y eso se refleja también en un repertorio atípico, en el que la alternancia de alta tensión y calma resulta a veces confusa. No hay duda de que los cortes de ‘The Boatman’s Call’ (¡hasta tres hay en el setlist!) o las sorprendentes interpretaciones de clásicos como ‘The Weeping Song’ o ‘The Mercy Seat’ con Cave solo al piano son perfectas para un patio de butacas. Pero uno se sentía raro asintiendo tontamente desde el asiento ante el ímpetu de una bárbara ‘Red Right Hand’, cuyos espasmos golpeaban con violencia en el espectador, o una brutal ‘Jubilee Street’ que cerraba la primera parte del set. Al final, antes del bis, el auditorio al completo se alzó para aplaudir y ya permaneció así hasta el final, poniendo un poco de cordura.

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En un setlist en el que su gran último álbum tenía buena parte del peso y en el que sorprendía la nula presencia de sus tres álbumes precedentes, cupieron casi todos los temas básicos de su discografía, e incluso algunos temas que ya ni soñábamos escuchar en vivo, como un ‘Stranger Than Kindness’ en el que recordó a Anita Lane (sin citar, eso sí, a Blixa Bargeld, ex Bad Seeds y co-autor del tema). Parece irremediable que el espectáculo deje algún leve resquemor, echando de menos este o aquel tema, o añorando, como decía, la fiereza, el sudor, de los viejos tiempos. Pero una señal inequívoca de que el show de este animal escénico es un claro triunfo es que sus más de dos horas de duración transcurren como un suspiro, y uno ansía que no se detenga. 8

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