Nathy Peluso ha hablado recientemente en un podcast sobre en ocasiones atravesar sentimientos de «no ser suficiente». Curiosamente, las reacciones ante su propuesta musical y su propia figura no pueden estar más polarizadas y se debaten entre un hate extremo y una adoración absoluta frente a su apuesta por el exceso. Quizá esta falta de consenso explica que Nathy Peluso sea percibida como una importante fuerza cultural que no recibe los streams más estratosféricos, pero sí el respeto absoluto de las instituciones musicales más prestigiosas y que agota entradas internacionalmente, las de una gira que estos días se despide para siempre tras dos años de rodaje.
No sé si a ‘Grasa‘ le “faltó” algo para calar en el imaginario popular, pues como obra pop daba Peluso al 200%. Desde luego, el público parece más implicado en la era salsera de Nathy Peluso de lo que lo estuvo con aquel disco, que no hizo el ruido que merecía. La única novedad del cierre de este Grasa Tour, visto ya en festivales españoles el año pasado, ha sido la inclusión del repertorio del EP ‘Malportada‘, integrado en una sección dedicada a la salsa que ya figuraba en el show original.
El público que asiste a la gira por primera vez descubre un show teatral y performático, sostenido narrativamente por una historia de mafias protagonizada por la propia Nathy Peluso, que interpreta a una fugitiva empeñada en salvaguardar la grasa y la “verdad de la milanesa”. Esta historia se narra a través de una minipelícula proyectada en pantalla y, paralelamente, también sobre el escenario, dotando al show de un evidente simbolismo y una profundidad conceptual que contrastan con el minimalismo de la puesta en escena, donde la verdadera acción es Nathy Peluso en sí misma, mientras la banda toca prácticamente en las sombras.
Sobre esa icónica alfombra de color azul eléctrico pasea Nathy Peluso -ataviada con un look de ecos piratas- canciones de toda su discografía, pasando de la fuerza de ‘Business Woman‘ a la emoción de ‘Envidia’, de la agresividad casi hostil de ‘La mentira’ -un trap distorsionado de alto nivel- al romanticismo de ‘Insensata’. De hecho, Peluso debutó en directo pistas de su EP de salsa como ‘Que lluevan flores’, su oda a la marihuana, aunque personalmente la traslación de ‘A Caballo‘ al directo me gustó menos, quizá por lo portentosa que es en sí la grabación.
La desbordante energía performática de Nathy Peluso, reflejada en la potencia atlética de sus coreografías y, sobre todo, en las fulminantes caras de asco que pone bailando, que en realidad son de confianza nivel Dios, tiene a la prensa aferrada al paquete semántico que se usa habitualmente para describirla: empoderada, arrolladora, avasalladora o, mi palabra favorita, volcánica, siempre recalcando que es mujer. Se habla menos de sus innovaciones vocales y líricas o del humor contenido en este concierto, que tanto juega con un camp específico y contemporáneamente argentino y latino.
Aunque el concierto del Grasa Tour funcionó como un show de pop entregado al exceso, la pasión y la autoestima -los discursos de Peluso dirigidos al público iban por ahí-, y casi no hace falta subrayar el poderío vocal de Peluso o la reacción masiva que generan su sesión con Bizarrap, ‘Ateo‘ o incluso esa ‘Malportada’ que va camino de convertirse en uno de sus grandes himnos, el concierto sí dejó la sensación de que algo faltaba como cierre de gira, que debería despedirse por todo lo alto.
Por supuesto, es un éxito en sí mismo culminar la gira en el Palau Sant Jordi; simbólicamente tiene un significado enorme, ya que Peluso empezó muy abajo: muchos la vimos actuar por primera vez en el Sónar, en el escenario más pequeño del festival. Ya entonces abarrotaba el espacio y mucho público se tenía que quedar fuera. Era imposible apartar la mirada de esa artista que ya era una bestia escénica, aunque su repertorio no fuera tan sólido como lo es hoy.
Aunque esta noche el Palau operase con aforo reducido, su ascenso es tan evidente como que Peluso no merece menos. Pero el cierre de gira no acabó de sentirse como tal, sino que pareció una extensión más del tour, solo que ampliada a un recinto mayor. Habría ayudado una mayor presencia de artistas invitados -solo apareció Lua Santana para cantar ‘Menina’-, porque aunque Peluso merece saborear este momento sola, también es bonito que sus colaboradores la acompañen y celebren.
Por otro lado, es cierto que los discursos que Peluso dirige al público, aunque “inspiradores”, suenan también demasiado guionizados y como venidos de otra época. Esta rigidez narrativa parece evitar que se produzcan momentos de espontaneidad memorables, más allá de alguna referencia al propio Palau o a San Valentín, que introduce la coreadísima ‘Vivir así es morir de amor’. O quizá con esta crítica estemos contribuyendo a la narrativa que mencionaba Peluso en aquella entrevista sobre no ser nunca suficiente, cuando solo con un ataque de melena y una pose de jefaza pistolera nos lo está dando absolutamente todo.
Mientras pedimos, quizá injustamente, más a una artista completa que se ha currado un álbum visual y ha resultado ser una pionera devolviendo la salsa al imaginario colectivo, podemos pararnos un momento a pensar en lo que significa que Nathy Peluso cierre gira en el Palau y próximamente en el Movistar Arena. Significa que, afortunadamente, ya vivimos en ese futuro que imaginábamos hace casi diez años cuando Nathy Peluso reconocía que quería ser un “icono” por el efecto que puede “causar en la sociedad”. Es la diosa a la que todos rezamos, aunque muchos prefieran ser ateos.