Parezco un señor mayor farfullando con un palillo en la boca, pero no se me ocurre una expresión mejor, más ilustrativa: en tiempos en los que demasiadas series parecen películas alargadas, ‘The Pitt’ (HBO) parece todo lo contrario: una serie de toda la vida. Pero “de toda la vida” bien, como Madonna, la ensaladilla rusa o un alquiler de los 90.
En ‘The Pitt’ no se siguen los mandamientos de la ficción plataformera contemporánea: ni piloto adictivo, ni episodio central rompe-esquemas, ni capítulos (y capítulos) de relleno, ni final pirotécnico y abierto, ni planos secuencia acrobáticos, ni una fotografía más oscura que un vídeo de The Sisters of Mercy. Tampoco pasan 120 años de una temporada a otra (¿alguien se acuerda que pasó en ‘Euphoria’?).
En este sentido, la serie creada por el veterano R. Scott Gemmill no da la sensación de estar tan calculada. Va al grano con la precisión y rapidez de un médico intubando a un paciente al borde de la muerte. Gemmill es un creador de la vieja escuela. Bregado durante años en dramas procedimentales como ‘Urgencias’, ‘JAG: Alerta roja’ o ‘NCIS: Los Ángeles’, su dominio del ritmo y la fluidez narrativa es asombroso, combinando de forma extraordinaria tanto personajes (todos muy bien dibujados, desde los médicos hasta los pacientes) como líneas dramáticas.
Esta segunda temporada mantiene intactas las virtudes de la primera. Resulta igual de entretenida, emotiva e inspiradora. La puesta en escena conserva su eficacia, siempre al servicio de la historia y de los actores. Solo hay dos variaciones destacables. La primera es una mayor carga crítica en su discurso. No voy a desvelar nada: basta con señalar que la serie no esquiva las tensiones de la realidad sociopolítica de Estados Unidos ni teme tomar partido, incorporando conflictos que remiten de forma muy reconocible al presente.
La segunda modificación es más cuestionable. ¿A qué guionista se le ha ocurrido transformar al doctor Robby, de un médico brillante, sensible y carismático, que lleva sus traumas como buenamente puede, a un jefe gilipollas, atormentado y narcisista que está continuamente buscando que le hagan casito? ¿Por qué, de repente, su malestar existencial se ha puesto en primer término, monopolizando casi por completo los últimos episodios?
Sospecho que es decisión del propio actor, Noah Wyle, quien también es guionista, director y productor de la serie. Sospecho que su intención es darle más riqueza psicológica al personaje, confundiendo complejidad con afectación, profundidad con “intensitismo”, protagonismo con acaparamiento. Sospecho que, como sigan por ese camino en la tercera temporada, ya confirmada, se van a cargar al personaje.
