“Jo, la de disgustos que me habría ahorrado yo si esta peli hubiera existido en los 90”. Este lamento, expresado por la fisioterapeuta a la que da vida Anna Castillo mientras abraza la cinta de vídeo de ‘Fucking Amal’ (1998), todo un icono generacional del cine de temática lésbica, resulta muy elocuente sobre el principal impulso que parece haber animado la producción de este remake (muy libre) de ‘Mi querida señorita’ (1972): “ahorrar disgustos” a las personas intersexuales, darles visibilidad, explicar al público no versado qué es esa “I” de LGTBIQ+.
En ese sentido, el empeño de Los Javis (productores de la película), el director Fernando González Molina (conocido por sus adaptaciones de las novelas de Dolores Redondo y Federico Moccia) y la escritora Alana S. Portero, quien debuta como guionista, resulta muy loable. Qué mejor altavoz que una plataforma con el alcance mundial de Netflix para difundir una reivindicación de este tipo.
Ahora bien, el problema surge cuando las buenas intenciones de un filme se sitúan muy por encima de sus valores cinematográficos, cuando deja de ser evaluada como una obra artística para pasar a considerarse una cinta “ne-ce-sa-ria”. Y eso es, precisamente, lo que ocurre en ‘Mi querida señorita’.
El filme, protagonizado por una esforzada pero limitada Elisabeth Martínez (su debut en la actuación) y con música de Zahara, se ve lastrado por un guion muy flojo, discursivo y retórico, aquejado de un exceso de didactismo y una tendencia a verbalizar los sentimientos de los personajes en vez de trasmitirlos; a (sobre)explicar en vez de mostrar.
Y es que el proceso de relectura de la película original, aunque coherente con el cambio de contexto histórico (está situada en 1999), resulta bastante superficial: hacer explícito lo que antes era ambiguo; convertir en melodrama costumbrista nostálgico (el filme recrea, de manera muy estereotipada, el ambiente de Chueca a finales de los 90) lo que era un audaz drama psicológico; apostar por un conservadurismo estético y narrativo para reescribir un clásico tan valiente y transgresor. En suma, agitar la bandera arcoíris en lugar de sacudir con ella las imágenes de la película y, con ellas, la sensibilidad e inteligencia del espectador.
Esperemos que el próximo remake de un clásico español que está por llegar, ‘Día de caza’, versión femenina de ‘La caza’ (1966) de Carlos Saura, a cargo de Pedro Aguilera (‘Demonios tus ojos’, ‘La influencia’), sea menos “necesario” y mucho más ambicioso y sustancioso.
