‘One More Time with Feeling’: Nick Cave se humaniza

Por | 09 Sep 16, 2:36

nick cavePoca, muy poca información teníamos sobre qué era exactamente ‘One More Time With Feeling‘. ¿Un documental musical sobre el proceso creativo? ¿Una filmación deluxe de las canciones del recién aparecido ‘Skeleton Tree‘? ¿Un retrato artístico de Nick Cave? ¿O más bien un retrato íntimo y personal? ¿Una entrevista sobre la trágica pérdida de su hijo Arthur? Finalizada la película, no resulta fácil de decir, porque todas ellas tienen por respuesta un “sí, con matices”. El realizador neozelandés Andrew Dominik (‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’, ‘Mátalos suavemente‘) parece dejarse llevar por el aire de pura improvisación que, explica el propio Cave, fue el germen de su nuevo disco. Un freewheeling cinematográfico que, en un momento, incluso cuestiona la propia motivación de la película en boca de su protagonista.

Por una parte, Dominik muestra el proceso creativo, dentro y fuera del estudio, de Cave con los Bad Seeds. A la vez, en un ejercicio extraño de metacine, el equipo de rodaje, sus técnicas y el propio director pasan a convertirse en personajes. Por supuesto, los números musicales que presentan las canciones de su nuevo disco, algunos rodados con un efectismo realmente espectacular que justifica el 3D, vertebran el filme, pero es tan importante lo que pasa antes de que suene la claqueta como lo que sucede después. Pero hasta el uso del sonido y el intercambio de puntos de vista narrativos (a veces la voz en off de Cave parecen sus propios pensamientos), un montaje en apariencia caótico, el impresionante y solemne (con alguna licencia) blanco y negro, los (falsos) planos secuencia que nos pasean por el estudio de grabación y sus “tripas”… parecen querer poner al espectador dentro del rodaje. Sí, es cierto, suena a rollo arty de proyecto final de carrera de una Escuela de Imagen y Sonido. Pero, probablemente gracias a la espectacularidad de los medios empleados, lo cierto es que funciona.

Y Dominik no se conformaba con rodar una película simplemente bonita o técnicamente audaz. Sabía que había una historia latente y luchó por que emergiera. Lejos de sortear el hecho de que el año pasado uno de los hijos gemelos de Cave, Arthur, apareciera muerto al pie de un acantilado, cerca de su casa, el director pregunta, incita y hasta provoca. Está ahí, desde el primer plano, y poco a poco va minando el hermetismo hasta que, como si de un sol negro se tratase, cada elemento del film gira alrededor de esa tragedia. Sin amarillismo, con cierta prudencia e incluso con humor, aunque sin renunciar a lo descarnado, Dominik empuja a Cave y a Susie, su mujer, a hablar de las implicaciones personales y profesionales de esta pérdida, logrando los momentos más poderosos del film. Miradas insostenibles, reflexiones verbalizadas de manera preclara, permiten entender lo que supone un drama de estas características, no ya para una estrella del rock, sino para cualquier ser humano. Uno de los grandes méritos de la película, sin duda, es revelar al humano frágil y desorientado detrás de la imagen intocable de un mito del rock.

Pero esto, también, es un trampantojo. Obviamente la película se centra en la figura del creador australiano y de hasta qué punto la tragedia ha cambiado su manera de enfocar la vida y el arte. Pero cuando dejamos la butaca y uno comienza a rememorar sus palabras, cuando pensamos en el número musical final que llega con los mismos títulos de crédito, la película cobra otro sentido. Efectivamente, se trata de un homenaje póstumo. Todo esto habla, en realidad, de Arthur. 8.

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