Soleá Morente se vacía de emoción sin complejos en la Sala Apolo de Barcelona

Por | 11 May 18, 23:59

Al entrar anoche en La [2] de Apolo, sonaba la voz del Maestro Morente, evocando el ambiente litúrgico de sus conciertos. El concierto que ofrecía a continuación su hija mediana, Soleá, también recordó, con una evidente modestia y muy a su manera, a aquellos soberbios espectáculos. Me explico, antes de que alguien se vuelva loco: lo que quiero decir es que lo que ofrece Soléa Morente –junto a casi todo el grupo Napoleón Solo, más el tocaor con maneras rockeras Edu Espín y el coro formado por Lorena Álvarez, Rocío Morales y Remedios “La Negri”– alterna momentos solemnes y evocadores con otros más festivos y hedonistas. Foto: Jordi Calvera, facilitada por Sony.

Entre los primeros, claro, se contaron la poderosísima recuperación de ‘Dormidos’, de su disco con Los Evangelistas, la granaína ‘Eso nunca lo diré’ y la adaptación de Cohen que su padre llamó ‘Esta no es manera de decir adiós’. Pero eso también comprende la espectacular apertura con ‘La alondra’, la soleá con Auto-tune ‘La misa que voy yo’ (aún más poderosa en directo), una espectacular ‘Anoche me preguntabas’, la preciosa ‘Por qué será’ o una inesperada adaptación de ‘Palabras para Julia’ de Paco Ibáñez, en los bises. Mostrando así, la completa coherencia de su discurso desde sus inicios al magnífico ‘Ole Lorelei’.

Pero, como decía, el show de Soleá Morente y su grupo equilibra perfectamente esa faceta con la festiva: por supuesto, ‘Baila conmigo’ es el punto culminante de su nuevo show, logrando hacer bailar hasta al más sieso, pero igualmente disfrutables son ‘Ya no sólo te veo a tí’ y ‘Olelorelei’ –la canción–, o ’Dama errante’ y la explosiva ‘Tonto’, con la que cierra el set. Hasta se animó a recuperar el divertidísimo pasodoble de Luis Troquel, ‘Suelo español’. Una mezcla extraña con la que consigue mantener el interés, emocionar y, sobre todo, divertir de cabo a rabo del concierto.

Lo logra gracias a una banda heterogénea pero muy sólida, a ratos muy poderosa, y a sus tablas, entrega y carisma, aparte de una voz preciosa. Ni siquiera la falta de control que, posiblemente por cierta emoción y nerviosismo, le jugó alguna mala pasada, y cierta descoordinación que mostraba que aún tienen que engrasarse más –este era apenas su tercer concierto juntos– lograron deslucir una hora y pico tan emotiva como divertida en la que de veras se vació, y nos sacó de Apolo con una incontenible sonrisa en la cara y ganas de más rumba. 7,5.

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